Entre pizarras y puñales: la vida académica como novela

En mi última entrada antes de las vacaciones les decía que el verano me parecía un tiempo propicio para lecturas calmadas. Debo confirmar que, al menos en esta ocasión, la predicción se ha cumplido. En las últimas semanas he tenido tiempo para leer Se acabó el recreo, del italiano Darío Ferrari (véase una reciente entrevista aquí), una novela que combina la sátira y la comedia negra. Su protagonista —un profesor universitario con más cinismo que horas lectivas — se enfrenta al mundo académico como quien pelea contra un monstruo kafkiano armado con una grapadora. El relato avanza a través de una investigación doctoral entre clases, seminarios y evaluaciones absurdas, lleno de reuniones delirantes y de ese fino arte que es sobrevivir a un sistema que premia la mediocridad eficaz y castiga la brillantez improductiva. Ferrari no pretende retratar la universidad con ternura, sino con acidez. Y acierta plenamente porque Se acabó el recreo no es solo una novela: es una venganza literaria que muchos profesores universitarios habríamos querido perpetrar contra la burocratización de nuestro trabajo.

“La vida académica es la vida mejor”

A pesar de lo anterior, no hace falta parafrasear la letra del Mägo de Oz para reconocer que, comparados con el común de los mortales, los académicos somos unos privilegiados. Nuestra vida profesional discurre en la mayoría de las ocasiones en un entorno intelectualmente estimulante donde muchas veces los niveles de exigencia nos los ponemos nosotros mismos. Eso no implica que no nos enfrentemos a diario a situaciones frustrantes —impartir docencia en materias que no nos apetecen, constatar que nuestros esfuerzos docentes no son valorados por los alumnos destinatarios, afrontar con buena cara críticas constructivas sobre nuestra investigación o padecer el rechazo de algún paper enviado con ilusión a alguna revista. En Nada es Gratis ya hemos hablado de los sabores y sinsabores de la vida académica (recomiendo especialmente este, este y estepost de Luis Corchón para desterrar algunos mitos) por lo que no es este el tema de la entrada de hoy. En su lugar me gustaría centrarme en el mundo universitario como objeto novelable y especialmente en uno de sus principales protagonistas: el homo academicus.

Hay una broma clásica que dice que los egos de los profesores universitarios son tan potentes que, si se conectaran entre sí, generarían suficiente energía como para iluminar un campus entero durante una semana. Aunque (un poco) exagerada, esta idea es la que subyace en la novela académica como género literario donde la vida universitaria, en apariencia plácida y aburrida, se nos presenta llena de pasiones contenidas, competencias larvadas y, sobre todo, absurdamente sometida a liturgias arcaicas y a una burocracia que haría palidecer al mismísimo Larra. Por eso, cuando la literatura se asoma a este ecosistema, lo que devuelve no es tanto un espejo fiel como un retrato con lente cóncava. Obviamente, no es este el lugar para hacer una revisión exhaustiva de este género (el lector interesado puede encontrarla en esta reseña muy bien documentada publicada por Sara Barquinero hace unas semanas en El País) por lo que me limitaré únicamente a recorrer brevemente solo cuatro recomendaciones entre las obras que he leído o releído últimamente.

Changing Places: a tale of two campuses

En primer lugar, creo que pocas novelas han retratado con tanto humor (y fina crueldad) el mundo académico como esta joya (traducida al castellano como Intercambios, 1975) del recientemente fallecido David Lodge. Dos profesores —uno británico, otro estadounidense— intercambian sus puestos por seis meses. Lo que parece una simple anécdota se convierte en una radiografía brutal y divertida de las diferencias culturales y de las patologías comunes de la academia: egolatría, mediocridad y una competitividad pasivo-agresiva que haría las delicias de cualquier guionista de thrillers. Lodge, él mismo profesor universitario, dibuja con precisión el ambiente institucional y el entorno circunstancial de los personajes, completando su trilogía de novelas de campus con otras obras muy recomendables: Small World: an academic romance (El mundo es un pañuelo, 1984) y Nice Work! (¡Buen trabajo!, 1988), en las que presenta un retrato coral de una intelligentsia que, por momentos, se toma tan en serio que hasta resulta ridícula.

Stoner

En las antípodas del tono de Lodge y mucho más dura de leer se encuentra esta obra maestra de John Williams, escrita en 1965 pero recientemente republicada en España y plenamente vigente. El protagonista es Stoner, un profesor de literatura que desarrolla su carrera sin apenas dejar huella institucional, pero cuya vida interior y dignidad silenciosa nos conmueven profundamente. Stoner es la antiestrella del campus: no publica apenas, no intriga, no brilla. Y sin embargo, su figura representa una especie de integridad moral que contrasta con la mezquindad de sus jefes y colegas. La tragedia por la que discurre toda su vida, llena de pequeños sinsabores cotidianos donde lo personal y lo profesional se entrelazan, es la de tantos académicos atrapados entre la sincera vocación docente e investigadora de calidad y una institución que, a menudo, premia todo lo contrario.

The Secret History

Casi un thriller detectivesco, más que una novela académica en sentido estricto, El Secreto (1992), de Donna Tartt se ha ganado un lugar en esta lista por su cínica visión del campus. En ella, un grupo de estudiantes de filología clásica en Nueva Inglaterra se ve envuelto en un asesinato. Pero más allá del crimen, lo que Tartt disecciona es el narcisismo intelectual, la fascinación por el saber como forma de distinción y el peligro de vivir en una burbuja académica tan cerrada que termina siendo asfixiante. Los profesores aparecen aquí como dioses menores, venerados por sus alumnos, pero también moralmente ambiguos. Una representación que todavía resuena en muchos departamentos universitarios: la autoridad del saber y el mos maiorum como forma de poder simbólico.

Dear Committee Members: a novel

Otra autora brillante, Julie Schumacher, nos deja esta recomendable y original pequeña joya epistolar. En Queridos miembros de la Junta (2014) un profesor de escritura creativa —cínico, irónico, desencantado— redacta cartas de recomendación para colegas y alumnos. Sin embargo, lo que hace en realidad es despacharse a gusto sobre su departamento, su universidad, su exmujer y la vida en general. El formato, lejos de ser un obstáculo, se convierte en un recurso genial para mostrar la vida académica desde su rincón más absurdo: el de la burocracia autocomplaciente y la mezquindad institucional. Schumacher acierta al convertir al profesor en una especie de narrador sin filtro, que dice lo que todos piensan pero nadie se atreve a poner por escrito. Y lo hace con un humor acerbo que recuerda que, en el fondo, la universidad también es una tragicomedia.

La vida académica no es una novela... pero se le parece

Todos los que hemos pasado suficiente tiempo en las aulas, seminarios, comités y reuniones sabemos que la universidad, más que una torre de marfil es un edificio de apartamentos mal insonorizados donde los conflictos son pequeños pero constantes. ¿Por qué fascina tanto la novela académica? Porque mezcla ingredientes irresistibles: inteligencia (real o fingida), ambición, envidias, amoríos discretos, traiciones minúsculas y una jerarquía tan rígida como absurda. Como decía un personaje de Lodge, “el problema de la universidad es que nadie dimite: simplemente envejecen en sus despachos”. Nuestro mundo académico está poblado por profesionales que se creen semidioses en su campo. Y eso, para la literatura, es oro puro: el narcisismo ilustrado es mucho más interesante que el banal. En este sentido, la novela de campus no es un género menor, sino un experimento controlado donde el homo academicus muestra lo peor —y a veces lo mejor— de sí mismo. Y ahora, si me disculpan, tengo que ir a una reunión de departamento. Ya saben: se reparten asignaturas, se discuten presupuestos, se reabren viejas rencillas y, con un poco de suerte, alguien pierde los nervios. En el fondo, toda una novela.

Gracias por leer nuestro blog. Nada es Gratis se financia en parte con las cuotas de los socios de la asociación homónima, pero para llevar a cabo sus actividades necesita la aportación desinteresada de todos aquellos que deseen apoyar su labor.
Dona aquí.
Hay 3 comentarios
  • Primero fueron las herramientas, luego los papers, y luego las herramientas para contar los papers. Así nació el Homo academicus. En la Academia de Akademos, el Homo catedráticus marca territorio con índices; el Homo asociadus arregla proyectores y cobra en promesas; el Homo doctorandus duerme en cuevas de PDF; el Homo becarius destila café con nervios; el Homo burocratius invoca formularios; el Homo bibliotecarius conoce las catacumbas del catálogo. Arriba, el solemne Homo decanus preside… hasta los idus de marzo: cuchicheos, acta urgente y—¡zas!—evoluciona a Homo cesante. En la pizarra del bosque de corcho y memorias USB queda la ley del recinto sagrado: «publicar o extinguirse; citar o morir».

  • Gracias, Javi, por esta entrada. El libro de Ferrari lo tengo en la pila de pendientes, pero me has hecho recordar que las maravillas de David Lodge hay que releerlas periódicamente. Yo todavía no sé cual es mejor de las tres, pero la forma en que se retratan las relaciones entre la universidad y la empresa en Nice Work me parece insuperable (en un artículo del Economist de esta semana citan a Vic Wilcox como ejemplo del empresario amante de su coche).

Los comentarios están cerrados.