Por Gema Lax Martinez, Jesus Sanchez Ibrahim y Carlos Victoria Lanzon.
La humanidad ha convivido con la guerra a lo largo de toda su historia. En la actualidad, existen más de un centenar de conflictos armados activos en distintas partes del mundo, especialmente en África, Oriente Medio y el Sudeste Asiático, aunque también en Europa oriental. Las pérdidas humanas son dramáticas. En la guerra de Ucrania, las estimaciones apuntan a cerca de dos millones de bajas entre militares y civiles desde el inicio del conflicto. Por su parte, más de 70.000 personas han muerto en la Franja de Gaza desde octubre de 2023.
Al margen de estas trágicas consecuencias, las guerras también afectan profundamente a las relaciones entre quienes las sufren. Sabemos, por ejemplo, que reducen la confianza y refuerzan las hostilidades entre grupos. Pero, en determinadas circunstancias, también pueden fomentar la acción colectiva y reforzar la cohesión social. Este artículo publicado en este mismo blog revisa la literatura sobre la relación entre conflicto y capital social, cuyos resultados son claramente ambiguos.
La Desbandá
En un reciente artículo abordamos esta cuestión desde la teoría de redes, utilizando datos históricos y un enfoque empírico, a partir de un suceso de la historia de España del que se acaban de cumplir 89 años.
El 6 de febrero de 1937, las tropas sublevadas, con apoyo de la aviación nazi, bombardearon la carretera que unía Málaga y Almería. Este episodio, conocido como la Desbandá, es considerado por la historiografía como el más cruento de la Guerra Civil española. Más de 150.000 civiles que huían de los pueblos fueron atacados por tierra, mar y aire, y más de 5.000 perdieron la vida. No es la primera vez que en el blog se analiza la Guerra Civil, bien sea ahondando en sus causas (aquí, aquí, aquí o aquí) o en sus consecuencias a largo plazo.
Este hecho tuvo además otra consecuencia. Los pueblos por los que pasaba la carretera y de los que procedían muchas de las víctimas quedaron súbitamente aislados entre sí. Esto plantea una pregunta natural: ¿pudo ese aislamiento traumático entre municipios reforzar su cohesión interna? Si así fuera, cabría esperar que variables cuyo comportamiento depende positivamente de esa cohesión, lo que en teoría de redes se conoce como complementariedades de red, crecieran más en los pueblos afectados que en aquellos que no lo fueron.
Nuestra respuesta es afirmativa. Los efectos que observamos son además muy persistentes. Los pueblos más cercanos a la carretera muestran una participación electoral, una variable que comúnmente se utiliza para medir el grado de cohesión social, significativamente mayor durante las siete primeras elecciones de la democracia, es decir, más de cuarenta años después de la masacre.
La intuición detrás de este resultado es la siguiente. La decisión de votar no es solo individual: depende en gran medida del entorno social. El bombardeo y el posterior aislamiento reforzaron los lazos dentro de los pueblos afectados, haciendo sus redes sociales más densas. En comunidades más cohesionadas, participar se vuelve más fácil y habitual, y la abstención, menos probable. En este sentido, interpretamos que el trauma compartido reforzó un compromiso colectivo con la participación democrática. Y ese refuerzo del tejido social perduró en el tiempo y se transmitió entre generaciones.
Este patrón no se limita al voto: encontramos efectos positivos similares en otras medidas de capital social, como el número de asociaciones cívicas creadas y las donaciones de sangre, lo que refuerza la idea de que el episodio tuvo consecuencias duraderas sobre la vida colectiva de estas comunidades.
¿Bombardeo o desarrollo?
El mapa que acompaña este texto muestra el tramo que fue bombardeado en 1937 y deja claro el principal reto de nuestra estimación. La carretera discurre muy cerca de la costa. Décadas más tarde, esa misma franja litoral fue escenario del gran boom turístico de los años sesenta. Esto plantea una duda razonable: ¿podrían los efectos que observamos deberse simplemente al mayor desarrollo económico asociado al turismo, y no al bombardeo en sí?
Para abordar este problema utilizamos varias estrategias. La más importante consiste en aprovechar características puramente geográficas que ayudan a predecir la intensidad de los ataques, pero que no guardan relación directa con la participación electoral u otras medidas de capital social. En concreto, utilizamos la orografía de los pueblos y su distancia a aguas suficientemente profundas para la navegación militar.
Estas variables no deberían afectar por sí mismas al comportamiento político de los ciudadanos, pero sí influyeron en la intensidad de los ataques. En zonas con un terreno menos accidentado, los civiles tenían menos posibilidades de esconderse. Y cuanto más cerca estaba un pueblo de aguas navegables, más fácil era para los barcos cañonearlos desde la costa.
Los testimonios de las propias víctimas, además de transmitir el horror de aquellos días, confirman esta lógica:
“La criminal aviación fascista hizo su aparición. […] Volaban tan bajo que se les podía ver las caras a los pilotos”.
Amparo Gallardo Ruiz (Majada Neila et al., 2006, p. 103)
“[…] los obuses de los cañones de los barcos de guerra que disparaban a ras de tierra, o más bien a ras de mar, desde 200 metros”.
Adolfo Sánchez Vázquez (Majada Neila et al., 2006, p. 99)
La estimación del efecto del bombardeo a través de estas variables geográficas refuerza nuestra interpretación: el aumento en la participación electoral responde al impacto del ataque y no a diferencias posteriores en el desarrollo económico. Los resultados son también robustos a diversos análisis alternativos, entre los que se encuentra el considerar únicamente como instrumento la distancia a aguas profundas (una característica geológica ajena al comportamiento social o político), eliminar las ciudades más pobladas de la muestra o analizar una carretera placebo entre el País Vasco y Navarra.
Conclusiones
El bombardeo de la carretera Málaga–Almería causó pérdidas humanas y materiales de enorme magnitud. Pero también tuvo efectos indirectos sobre las comunidades afectadas. El aislamiento forzado debilitó los vínculos entre pueblos, al tiempo que reforzó las relaciones dentro de cada uno de ellos. Ese fortalecimiento del tejido comunitario generó formas de capital social que, como mostramos, perduraron durante generaciones.
Nuestras conclusiones no tienen, en ningún caso, una interpretación normativa. Las guerras destruyen y dividen, y causan un sufrimiento inmenso. Sin embargo, comprender cómo las sociedades reaccionan ante episodios extremos permite identificar los mecanismos a través de los cuales pueden surgir la solidaridad, la empatía y la cohesión social. En un contexto internacional marcado por crecientes tensiones bélicas, este trabajo aspira modestamente a contribuir a esa comprensión.

