El género de tu oponente importa, sobre todo cuando pierdes


“I’m out to prove that a guy 55 years old, with one foot in the grave, can play with the best woman in the world and maybe beat her.” – Bobby Riggs, 1973

Por Claire MollierAurora García-Gallego, Tarek Jaber-LopezSarah Zaccagni.

En 1973, el tenista Bobby Riggs acaparó titulares en dos ocasiones. Primero, derrotó a Margaret Court en lo que la prensa más tarde apodó la “Mother’s Day Massacre”. Luego, en el mucho más famoso “Battle of the Sexes”, perdió ante Billie Jean King. Este partido se convirtió en un poderoso símbolo de la lucha por la igualdad de género en el tenis. De manera más amplia, también puso de relieve cómo pueden reaccionar los hombres cuando pierden contra una mujer.

¿Podría la economía experimental haber predicho este tipo de reacciones? Más en concreto: ¿es la reacción de hombres y mujeres diferente ante los resultados de una competición en función del género de su oponente?

Esta pregunta es el punto de partida de nuestra investigación.

La iniciativa de este proyecto surgió a partir de una competición de kárate. Observamos algo que parecía intuitivo, pero aun así sorprendente: los hombres tendían a preferir combatir contra otros hombres, incluso cuando las mujeres tenían el mismo color de cinturón y eran objetivamente similares en habilidad. Cuando un hombre perdía contra una mujer, parecía que le avergonzara especialmente la derrota. Investigaciones recientes basadas en partidas de ajedrez muestran una caída en el rendimiento de los hombres tras una derrota. Sin embargo, dado que pocos deportes son completamente mixtos, los contextos reales ofrecen información limitada sobre cómo el género del oponente influye en las reacciones ante la victoria y la derrota. Esto nos llevó a una pregunta sencilla que pudimos testar en el laboratorio: ¿afecta el género del oponente a la disponibilidad de las personas a volver a competir?

En nuestro experimento de laboratorio se pidió a los participantes que sumaran conjuntos de cinco números de dos cifras sabiendo que se les remuneraría por su resultado. Debían elegir si preferían ser remunerados según un esquema de pago por suma correcta – en concreto, recibir 0,50 euros por respuesta correcta - o según un mecanismo de torneo. El torneo ofrecía mayores ganancias potenciales, pero también era más arriesgado, ya que solo el ganador recibiría 1,50 euros por cada respuesta correcta, mientras que el perdedor no ganaría nada. Tras dos rondas de prueba, los participantes tuvieron que decidir si preferían continuar compitiendo, siempre contra el mismo oponente, o si preferían cambiar a un esquema de pago por suma correcta en el que no había competencia alguna. En la siguiente ronda, antes de la fase final del experimento, se preguntó a los participantes si querían competir nuevamente y se les expuso diferentes brechas hipotéticas de puntos. En la figura 1 se muestra las diferentes brechas hipotéticas de puntos que se presentaron a los participantes antes de la última ronda del experimento. Estas brechas representaban posibles diferencias de puntuación entre el participante y su oponente (por ejemplo, -5, 0, +5 puntos), y los participantes debían indicar si estarían dispuestos a competir nuevamente en cada uno de estos escenarios. Este diseño permitió analizar cómo la magnitud de la derrota o victoria previa influye en la decisión de reengancharse en la competencia, dependiendo también del género del oponente.

Figura 1: Brechas hipotéticas de puntos

Antes de que se revelaran los resultados, se preguntó a los participantes sobre sus expectativas respecto a su propio rendimiento. “¿Crees haber ganado la competición de sumas?” Encontramos un patrón familiar: los hombres eran sustancialmente más “seguros de sí mismos” que las mujeres, pues el 75% de los hombres esperaba haber ganado, frente a solo el 55% de las mujeres.

Lo que es aún más llamativo es que los hombres que esperaban ganar pero que terminaron perdiendo contra una mujer mostraron una disposición significativamente mayor a volver a competir contra esa misma mujer. Por el contrario, los hombres que ya habían vencido a una mujer estaban menos dispuestos a competir nuevamente, en comparación con cuando habían vencido a otro hombre. Estas evidencias sugieren los siguientes mecanismos psicológicos: tras ganar a una mujer, los hombres prefieren evitar competir de nuevo porque una posible derrota futura podría resultar costosa en términos reputacionales. Sin embargo, tras perder contra una mujer, los hombres prefieren buscar una segunda oportunidad para restaurar su estatus. En otras palabras, los hombres no compiten únicamente porque creen que van a ganar, sino que también compiten para evitar la vergüenza o incluso para “vengarse”.

Encontramos otro resultado que apunta a una respuesta conductual más que puramente estratégica: cuando hombres excesivamente seguros de sí mismos perdían contra una mujer, su rendimiento mejoraba en la siguiente ronda. Una posible explicación es que las creencias poco realistas o inexactas sobre las habilidades propias pueden servir como una fuerza motivadora, especialmente cuando un hombre siente la necesidad de “restaurar” su estatus frente a una oponente mujer. Esta motivación puede estar impulsada por la vergüenza, el orgullo o por la necesidad de venganza.

Nuestros datos replican un patrón bien documentado en la economía experimental: las mujeres son inicialmente menos competitivas que los hombres. Esto no implica que las mujeres sean menos capaces, ya que su rendimiento suele ser similar al de los hombres. Sin embargo, las mujeres tienden a abandonar los torneos con mayor frecuencia. Nuestro estudio contribuye a la literatura existente analizando cómo reaccionan las personas en una situación competitiva dependiendo de si su oponente es un hombre o una mujer.

Nuestros resultados muestran que las mujeres competitivas (aquellas que eligen competir desde el inicio) son, en rondas posteriores, tan competitivas como los hombres. Además, sus decisiones de volver a competir están menos influenciadas por el género del oponente. Las mujeres parecen responder a la competencia de una manera más consistente, y el género del oponente no desencadena el mismo tipo de respuesta conductual que observamos en los hombres. En otras palabras, las mujeres parecen ser más indiferentes al género del oponente en situaciones de competencia.

Estos hallazgos se conectan con una pregunta más amplia en la economía laboral que es ¿por qué las mujeres siguen estando infrarepresentadas en los puestos de mayor jerarquía? En 2020, tan solo el 28,3% de los directivos a nivel mundial eran mujeres (UN Women, 2023). Estudios previos muestran que las mujeres tienen mayor probabilidad de abandonar el proceso hacia los puestos superiores, mientras que los hombres tienden más a reingresar en la competencia incluso cuando sus cualificaciones no son necesariamente mejores (Buser y Yuan, 2019; Ellis et al., 2016; Price, 2010). Esto puede generar una pérdida de eficiencia cuando candidatos menos cualificados terminan ocupando los puestos más altos, en lugar de que los ocupen los más cualificados.

Al incluir la repetición de la competencia, nuestro diseño resulta especialmente relevante. En la mayoría de los casos, las personas no solicitan una promoción una sola vez, ya que las probabilidades de obtenerla en el primer intento suelen ser reducidas. Se trata de un proceso. En carreras con numerosos elementos competitivos como, por ejemplo, promociones, esquemas de bonificaciones, etc., estas pequeñas diferencias adquieren una importancia significativa: los hombres tienen más oportunidades de mostrarse y acumular experiencia. Las mujeres con el mismo talento pero menos predispuestas a competir acaban así teniendo menos oportunidades. Esto crea un sistema autoperpetuado en el que las mujeres están infrarepresentadas en la cúspide, no por falta de capacidad, sino porque son más propensas a evitar las competiciones desde el principio.

Nuestros resultados también apuntan a una conclusión más matizada: las mujeres competitivas (aquellas que eligen el torneo al inicio) se muestran en rondas posteriores tan competitivas como los hombres. Además, su decisión de volver a competir no parece depender del género de su oponente, a diferencia de los hombres. Esto sugiere que, una vez que las mujeres se auto-seleccionan en entornos competitivos, su persistencia y disposición a competir son comparables a las de los hombres. Dado que estas mujeres son precisamente las más propensas a entrar en puestos altamente competitivos, nuestros hallazgos indican que los obstáculos a los que se enfrentan en el camino hacia los puestos de mayor jerarquía no parecen surgir únicamente de sus propias preferencias.

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