Lo local se hace escuchar en los mercados globales

Por Juan de Lucio (UAH) y Marco Palomeque (UCM)

La globalización es uno de los fenómenos más complejos y definitorios del mundo contemporáneo. Desde sus primeras manifestaciones ligadas al comercio y las finanzas, hasta las actuales formas de conexión digital y cultural, el concepto ha evolucionado y su comportamiento se ha visto afectado por la tecnología y la política, entre otros factores.

En economía de la cultura está pendiente responder a la pregunta sobre si la globalización ha derivado en una homogeneización cultural o si, por el contrario, la globalización es capaz de abrir espacios para la pluralidad y la identidad local.

En un reciente artículo exploramos una posible respuesta a esta pregunta desde el ámbito musical, aquí, utilizando el consumo de grandes éxitos musicales en 52 países. En concreto, se utiliza información de 324.000 millones de reproducciones de canciones en Spotify entre 2016 y 2022 correspondientes a 22.000 canciones diferentes, 15.000 artistas de 117 nacionalidades y más de 1.100 géneros musicales.

El análisis de diferentes medidas de diversidad muestra que la globalización digital ha incrementado la diversidad global de la música, pero también ha reforzado la especialización local: cada país consume más canciones propias, en su idioma y de sus géneros característicos. Sin embargo, aunque dentro de un país se escuche música especializada, el efecto global es que la diversidad de música consumida a escala global se incrementa. En otras palabras: el mundo escucha más músicas distintas, pero cada país se concentra más en sus estilos propios.

Entre 2016 y 2022, ver Gráfico 1, la presencia de artistas locales en las listas nacionales, panel izquierdo, se multiplicó por más de dos, pasando del 12% al 29% de las canciones más escuchadas. En términos de reproducciones, el peso de los artistas nacionales alcanzó el 30 % del total. Lo mismo ocurrió con los otros dos indicadores de “localidad”. Las canciones en idiomas nacionales, panel central, subieron del 44% al 65%. Los géneros musicales originarios del país (por ejemplo, el flamenco en España, el sertanejo en Brasil, el cuarteto en Argentina) aumentaron del 30% al 43%, panel derecho.

Gráfico 1: Porcentaje de canciones locales según el indicador de referencia

Tres factores explicarían esta evolución. En primer lugar, el abaratamiento de la producción y distribución musical permite que artistas locales lleguen a grandes audiencias sin depender de discográficas multinacionales. En segundo lugar, en un mundo globalizado e incierto, las personas buscan anclarse a referencias culturales propias. Finalmente, las plataformas digitales, a través de sus recomendaciones, tienden a reforzar las preferencias lingüísticas y culturales de cada usuario, lo que podría favorecer los éxitos locales.

Así, fenómenos como Bad Bunny, Rosalía, Peso Pluma o el auge del K-pop muestran que la música global no se construye solo desde Estados Unidos o el Reino Unido, sino desde una red de centros culturales regionales cada vez más potentes.

Esto ocurre porque cada país aporta su propio conjunto de artistas y géneros especializados. Aunque los mercados locales se concentren en unos pocos éxitos nacionales, cada nación contribuye a la diversidad global al añadir su pieza cultural al mosaico musical internacional.

Esta dualidad —diversidad global y especialización local— no solo redefine la industria musical, sino que ofrece una metáfora potente para entender las transformaciones económicas y sociales del siglo XXI.

En primer lugar, este proceso observado en la cultura musical puede ser similar al de la especialización productiva en el comercio internacional. Cada país se especializa en aquello que sabe hacer mejor, y el resultado es un mayor número de bienes disponibles para todos. En este caso, cada país se “especializa” en su propia música, y el resultado es un mercado global más variado. Aprendemos así que la diversidad del siglo XXI no consiste en producir todas las variedades en todos los sitios, sino en compartir lo que cada uno hace mejor.

En segundo lugar, la globalización tecnológica, como la producida en la música (todas las canciones se canalizan por las mismas plataformas y algoritmos), coexiste con la diversificación de los contenidos, ya que las barreras de entrada se reducen y cada país explora su propio repertorio. En las industrias audiovisuales, los contenidos locales (pe. series coreanas, Bollywood, anime japonés) alcanzan audiencias globales. El resultado es un ecosistema más complejo, donde la uniformidad del canal convive con la pluralidad del mensaje.

En conjunto, la principal enseñanza del estudio es que la globalización no borra las fronteras culturales, sino que les proporciona nuevos significados. Todos usamos las mismas plataformas tecnológicas, pero no consumimos lo mismo: cada usuario, país o cultura aporta su singularidad al conjunto. Así, el mundo digital no ha creado una sola corriente cultural dominante, sino muchas.

Este resultado invita a repensar cómo entendemos la globalización. Frente al “efecto Hollywood” o “efecto McDonald’s”, en el que unos pocos actores globales impusieran sus productos y estilos al resto del mundo, nuestros resultados son motivo de esperanza pues la tecnología facilita también globalizar lo local.

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