Seguridad laboral a golpe de termómetro: frío, calor y políticas de adaptación

En los últimos años, cada verano (y, cada vez más, también algunos inviernos), España se llena de titulares sobre cómo las temperaturas extremas están afectado la seguridad laboral. Por ejemplo, este verano, un trabajador agrario en Lleida murió tras sentirse indispuesto mientras trabajaba en una finca en plena ola de calor. A finales de junio, también falleció en Barcelona una trabajadora de la limpieza tras terminar su turno en las horas más tórridas del día. Además, esto no parece ser “solo” una historia de olas de calor: también conviene recordar el otro extremo del termómetro. En enero de 2021, con Filomena, la prensa también se llenó de noticias sobre caídas, accidentes de tráfico y siniestros en el trayecto al trabajo, que, no olvidemos, también se consideran accidentes laborales.

No hay que olvidar que los accidentes laborales tienen costes económicos y sociales enormes: mayor gasto sanitario, absentismo, jubilaciones anticipadas, pérdida de productividad y, sobre todo, una peor calidad de vida para quienes los sufren. Con el cambio climático, estamos viendo cómo las temperaturas extremas, tanto el calor como el frío intensos, dejan de ser un simple “contexto” para convertirse en un riesgo laboral directo. Sin embargo, aún no se les presta la atención que merecen dentro de las políticas de prevención.

En un trabajo reciente, junto con Giulia Montresor y Catia Nicodemo, intentamos responder a las siguientes preguntas. Primero: ¿Qué efecto tienen el frío y el calor extremos sobre la seguridad laboral? Y segundo: ¿puede una política de adaptación, como un sistema de alertas por calor, mitigar esos efectos?

Para responder a estas preguntas, utilizamos, por un lado, el Registro de Accidentes de Trabajo de la Seguridad Social (microdatos de todos los accidentes reportados), con información sobre la fecha, características del trabajador (edad, género, nacionalidad), empleo (sector, ocupación, tipo de contrato) y del accidente (lugar, causa, gravedad, fatalidad, días de baja). Nos centramos en trabajadores y trabajadoras del sector privado, de entre 20 y 64 años. Combinamos esta información con datos meteorológicos diarios de alta resolución (E-OBS), que nos permiten calcular promedios provinciales diarios de temperatura máxima, mínima y media, así como otras variables climáticas relevantes como precipitaciones y viento.

Temperatura y accidentes laborales: una relación en forma de U

Primero, para estimar el efecto causal de la temperatura sobre los accidentes laborales, aprovechamos la variación diaria, plausiblemente exógena, en la temperatura máxima entre provincias. Es decir, comparamos días similares en términos de calendario y lugar, pero con distinta temperatura máxima. Estimamos un modelo Poisson con efectos fijos, donde la temperatura entra en forma de tramos (desde menos de 0°C hasta más de 40°C, en intervalos de 5°C). El modelo también controla por otras condiciones meteorológicas (como la precipitación y el viento), además de efectos fijos que absorben patrones de calendario y de lugar.

El primer resultado se ve de un vistazo en la Figura 1: la relación entre temperatura máxima diaria y accidentes laborales tiene forma de U. Cuando la temperatura máxima cae por debajo de 0°C, los accidentes laborales aumentan alrededor de un 15% respecto a un día “templado” de 15-20°C. No es un efecto menor y se concentra especialmente en los accidentes ocurridos durante los desplazamientos al trabajo.

Figura 1: Efecto de la temperatura máxima diaria en los accidentes laborales

En el otro extremo, los días con temperaturas máximas entre 35 y 40°C también muestran un incremento en los accidentes, aunque más moderado, de alrededor del 5%. Aquí el mecanismo cambia: el impacto del calor se concentra en el propio lugar de trabajo, especialmente en ocupaciones al aire libre. Además, en estos rangos de temperatura aumentan significativamente los accidentes mortales y las lesiones claramente asociadas a la exposición térmica (por ejemplo, episodios compatibles con golpes de calor).

Lo interesante es que los grupos más afectados no son los mismos en episodios de frío y de calor. En el caso del frío, los incrementos se concentran relativamente más en mujeres, trabajadores de mayor edad, nacidos en España y con contrato indefinido. En el caso del calor, el impacto es mayor para hombres, trabajadores manuales y temporales, y quienes realizan tareas al aire libre. Este tipo de heterogeneidad es crucial: sugiere que el riesgo térmico no es uniforme, y que las medidas de prevención probablemente tampoo deberían serlo.

¿Nos adaptamos con el tiempo?

Podría pensarse que, con los años, trabajadores y empresas “aprenden” a lidiar con episodios extremos y que el impacto del calor y del frío se va diluyendo. Sin embargo, no encontramos que que el riesgo asociado a temperaturas extremas haya disminuido entre 2004 y 2019. Tampoco encontramos que estos efectos sean más pequeños en regiones más expuestas a condiciones extremas. Esto es importante: sugiere que, por ahora, el sistema laboral no está reaccionando de forma endógena a este riesgo creciente. Por tanto, parece claro que ha llegado la hora de recurrir a la política pública.

Una política de salud pública que mejora la seguridad laboral

En la segunda parte del trabajo, nos preguntamos si una política diseñada originalmente como medida de salud pública, como un sistema de alertas por calor, puede también mitigar los efectos negativos del calor extremo sobre la seguridad laboral.

Para responder a esta pregunta, aprovechamos una reforma muy concreta: la actualización en 2015 del sistema español de alertas por calor, dentro del Plan de Prevención de los Efectos del Exceso de Temperaturas sobre la Salud, en vigor desde 2004.

El sistema funciona durante el verano (del 1 de junio al 15 de septiembre) y establece umbrales provinciales de temperatura mínima y máxima. Cuando se superan esos valores, se activa una alerta oficial. A partir de ahí, las comunidades autónomas en alerta implementan medidas, principalmente de caracter informativo, como  recomendaciones para hidratarse con frecuencia, evitar el alcohol o buscar espacios frescos o con sombra. Estas acciones se centran especialmente en los grupos más vulnerables: personas mayores, niños, embarazadas o quienes padecen enfermedades crónicas.

Antes de la reforma de 2015, los umbrales de temperatura se determinaban únicamente con criterios climatológicos (usando percentiles históricos de temperatura en cada provincia). La reforma recalibró estos umbrales incorporando evidencia epidemiológica (riesgo de mortalidad), es decir, buscó que las alertas estuvieran mejor alineadas con el riesgo real para la salud.

La estrategia de identificación compara provincias donde, tras la reforma, los umbrales se redujeron (y, por tanto, las alertas se activaron con mayor frecuencia, ver Figura 2) con provincias donde los umbrales no cambiaron. Usando un diseño de diferencias en diferencias, encontramos que la reforma redujo los accidentes laborales alrededor de un 6,6% de media. Y no parece un efecto pasajero: con el tiempo, la caída se hace más clara, hasta rondar el 9% cuatro años después (ver el event-study de la Figura 3).

Figura 2: Efecto de la reforma del 2015 del Plan de Prevención de los Efectos del Calor sobre la Salud sobre la probabilidad de una alerta por calor

 

Figura 3: Efecto de la reforma del 2015 del Plan de Prevención de los Efectos del Calor sobre la Salud sobre los accidentes laborales

El análisis nos permite además identificar quién se beneficia más. La reducción es especialmente fuerte entre trabajadores temporales y en las lesiones explícitamente vinculadas a la temperatura. Por tanto, al mejorar el sistema de alertas, se activan con mayor frecuencia respuestas preventivas que ayudan a reducir el riesgo, sobre todo en contextos de alta exposición térmica, donde el margen para prevenir daños es mayor.

Conclusión

Este estudio muestra de forma clara que las temperaturas extremas aumentan el riesgo de accidentes laborales, y que ese riesgo no afecta por igual a todos los trabajadores. El frío incrementa los accidentes durante los desplazamientos, con mayor impacto en mujeres, personas mayores y quienes tienen contratos indefinidos. El calor, por su parte, eleva los riesgos en el lugar de trabajo, especialmente entre trabajadores manuales, temporales y al aire libre.

A pesar de la creciente exposición térmica, no hay evidencia de adaptación espontánea: ni empresas ni trabajadores parecen haber ajustado sus comportamientos. Las regiones más acostumbradas al calor o al frío no presentan mejores resultados, y los efectos se mantienen estables a lo largo del tiempo.

La buena noticia es que la política pública puede marcar la diferencia. La reforma del sistema de alertas por calor en 2015, que ajustó los umbrales de activación según el riesgo real para la salud, redujo los accidentes laborales en verano en torno a un 6,6 %, con efectos especialmente marcados entre trabajadores temporales y en lesiones directamente relacionadas con la temperatura.

Todo esto apunta a una conclusión clara: adaptarse al cambio climático en el mundo del trabajo es una necesidad. Y esta adaptación no ocurrirá sola. Requiere intervención pública, regulación y, sobre todo, políticas que pongan el foco en los colectivos más expuestos. Medidas como el ajuste de horarios, mejoras en la climatización de los lugares de trabajo, reforzamiento de las normas de seguridad y campañas específicas en sectores de alto riesgo pueden marcar la diferencia.

La reciente legislación (Real Decreto 4/2023), que promueve la adopción de medidas preventivas frente a fenómenos meteorológicos extremos, y la extensión del plan de prevención de temperaturas extremas al invierno (Plan Nacional de actuaciones preventivas por Bajas Temperaturas), son pasos en la dirección correcta.

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Hay 4 comentarios
  • Elegante y precioso resultado de su investigación que se agradece y por las que se les felicita.
    Les invitaría a su desarrollo pero "a la inversa", esto es, siendo un sector productivo potente en nuestro medio, el de alimentación y su distribución, evaluar la exposición térmica, aplicación de equipos de protección y, accidentes - lesiones, en trabajadoras y trabajadores en ambientes industriales de frío extremo, incluso <0°C. La experiencia peofesional en ellos no es demasiado positiva.
    Cordialmente.

    • Muchas gracias, Sergio, por su comentario y por la sugerencia. Sin duda, analizar los riesgos laborales en el sector de la alimentación, especialmente en entornos de frío extremo, sería muy interesante.

  • Puede parecer una tontería, pero representa el incipiente cambio climático y su repercusión en el aumento de la frecuencia de condiciones extremas para los trabajadores, siendo un riesgo elevado, no representa, como digo, un incentivo para según la exposición humana a dichos trabajos optar por el sector de automática y la robótica como elementos auxiliares para el trabajador o directamente para su sustitución dado el elevado riesgo que supone trabajar bajo esas condiciones en las horas indicadas.

    Saludos.

    • Muchas gracias por tu comentario, Jordi. Estoy de acuerdo contigo en que, en este contexto, la automatización y la robótica pueden desempeñar un papel importante, ya sea como apoyo al trabajo humano o como alternativa en entornos de alto riesgo, entre ellos aquellos con temperaturas extremas.

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