Por María Cervini-Plá y Alina Machado
En marzo de 2020, la vida universitaria cambió de un día para otro. Las aulas se vaciaron y las clases pasaron a un formato online. Lo que empezó como una solución improvisada para continuar el curso académico durante la pandemia, terminó convirtiéndose en un gigantesco experimento natural sobre cómo aprendemos y sobre quién se adapta mejor a un entorno digital.
Durante la pandemia —y en los años posteriores— se multiplicaron los estudios que analizaron cómo la educación online podía ampliar la brecha educativa entre distintos grupos socioeconómicos. La investigación también se ha centrado en otros aspectos: el impacto de la enseñanza a distancia sobre la salud mental de los estudiantes, su rendimiento académico, sus expectativas laborales y salariales, e incluso su valoración de la experiencia universitaria. Un área de especial interés ha sido el desempeño de los docentes en entornos virtuales y cómo estos cambios se reflejan en sus evaluaciones.
En un artículo reciente analizamos si la educación online afectó de manera distinta el desempeño académico de hombres y mujeres. Para ello, utilizamos una base de datos excepcional que contiene el historial académico completo de todos los estudiantes de la Universidad de la República (Udelar), la mayor institución de educación superior en Uruguay, en la que estudia más del 86% de los universitarios del país. Además, contamos con información sobre las características personales y socioeconómicas de los estudiantes.
La pregunta que nos hicimos era sencilla: ¿se vieron afectados de la misma forma hombres y mujeres por este cambio radical de modalidad? La respuesta es que sí, las mujeres mejoraron su desempeño más que los hombres. En el artículo nos preguntamos si todas las estudiantes universitarias mejoraron y cuáles son los principales mecanismos detrás de esta mejora relativa respecto a los hombres.
El contexto universitario uruguayo
Uruguay tiene un sistema universitario particular en la región: la educación pública es totalmente gratuita, lo que, en principio, debería favorecer la igualdad de oportunidades. Sin embargo, la realidad es más compleja. Solo el 40% de los estudiantes logra finalizar la educación media, con lo cual son menos aún quienes ingresan a la universidad. Los aprendizajes de estos jóvenes ingresantes son muy heterogéneos y esto se refleja en los resultados de las primeras pruebas obligatorias. A esto se suma que muchos estudiantes trabajan mientras estudian, lo que ralentiza su avance académico e incluso les lleva a abandonar la universidad.
Antes de la pandemia, las clases eran presenciales y el uso de plataformas digitales se limitaba a complementar la enseñanza en algunas facultades. Todo cambió en marzo de 2020, cuando, justo al comenzar el curso, se detectó el primer caso de COVID-19 en el país y toda la enseñanza universitaria pasó a la modalidad virtual durante prácticamente dos años.
Nuestros datos y metodología
Para analizar el impacto de este cambio, seguimos a 3.800 estudiantes que ingresaron en 2018 y 2019 a tres facultades representativas de distintas áreas: Economía y Empresa (ciencias sociales), Ingeniería (STEM) y Enfermería (ciencias biológicas).
Durante cuatro años registramos su trayectoria académica: cuántas asignaturas aprobaron y sus calificaciones por año. Esta información a su vez, la unimos con la información al ingreso a la universidad: si trabajaban, si recibían becas o cuál era el nivel educativo de sus padres. En otras palabras, teníamos todo lo necesario para entender qué pasó antes y después de la pandemia.
Metodológicamente, utilizamos una estrategia de diferencias en diferencias, que nos permitió comparar la evolución de los hombres respecto de las mujeres, antes y después del cambio a la educación online. Esto lo hicimos considerando las trayectorias individuales y también controlando por las variables socioeconómicas que mencionamos anteriormente. De esta forma identificamos cuánto mejoró o empeoró cada grupo en relación con el otro, como si la pandemia hubiera sido un “experimento” que nos ayudara a identificar el efecto de la virtualidad.
Ellas mejoraron en comparación a ellos
Los resultados muestran que las mujeres se adaptaron mejor que los hombres al nuevo entorno online. Como muestra la Tabla 1, cuando la enseñanza se imparte de forma online, las mujeres aprueban más cursos y mejoran su rendimiento académico promedio, medido a través de su nota media (GPA, por sus siglas en inglés). Las variables dependientes están expresadas en desviaciones estándar. Si lo llevamos a números concretos, el efecto equivale a un incremento aproximado del 7,3% en la cantidad de cursos aprobados y del 7,6% en la escolaridad promedio de las mujeres en comparación a los hombres con respecto a la media previa a la educación online. Esto no significa que todo haya sido negativo para los varones; de hecho, su desempeño en términos de cursos aprobados y nota media también fue positivo. El punto es que, en términos relativos, a ellas les fue mejor.
Tabla 1: Rendimiento académico de las mujeres en la educación online
Este patrón se repite en las tres facultades analizadas, aunque es especialmente marcado en Ingeniería, una disciplina tradicionalmente dominada por hombres. Sin embargo, no todas las mujeres se beneficiaron por igual. Cuando desagregamos los datos, encontramos que la mejora se concentra entre aquellas que viven en hogares con mayores recursos y entran a la universidad inmediatamente después de acabar el bachillerato. En contraste, el efecto desaparece entre las estudiantes beneficiarias de becas, aquellas cuyos padres poseen un nivel educativo bajo y las que trabajaban al ingresar a la universidad. Esto sugiere que, aunque la educación online puede ofrecer oportunidades, las desigualdades socioeconómicas siguen siendo determinantes. Sin un ordenador adecuado, buena conexión a internet y un espacio tranquilo para estudiar, las ventajas potenciales de la virtualidad se esfuman rápidamente.
¿Por qué se adaptaron mejor las mujeres?
Para entender las razones detrás de este resultado, utilizamos una encuesta realizada a los estudiantes durante la pandemia. Las respuestas ofrecen algunas pistas interesantes.
En primer lugar, las mujeres valoraron más que los hombres ciertos aspectos positivos de la educación online, como no tener que desplazarse hasta la universidad o la posibilidad de organizar mejor su tiempo desde casa. También reportaron haber participado más en las clases virtuales, quizá porque el entorno online reduce la presión social o la intimidación que puede existir en clases presenciales.
En segundo lugar, es posible que las mujeres tengan, en promedio, mejores habilidades de organización y concentración, algo fundamental cuando no hay una estructura externa que marque el ritmo. En la enseñanza presencial, los horarios, la asistencia a clase y la interacción con los profesores actúan como mecanismos de control. En cambio, la educación online exige una mayor autogestión. Estudios psicológicos previos sugieren que, de media, las mujeres tienden a desenvolverse mejor en este tipo de tareas, lo que podría explicar parte de la diferencia.
Un tercer factor tiene que ver con la composición de las clases y la competencia directa. Como se mostró recientemente en este blog, en disciplinas como STEM, donde los hombres son mayoría, las mujeres pueden sentirse menos cómodas participando activamente en un aula física. La modalidad virtual podría reducir este efecto, creando un entorno más equitativo que favorezca su desempeño.
Recomendaciones de política
La educación online ya no es solo una solución de emergencia. Cada vez más universidades están adoptando modelos híbridos que combinan clases presenciales y virtuales. En este contexto, nuestros hallazgos ofrecen algunas lecciones importantes.
En primer lugar, es fundamental reducir la brecha digital, garantizando que todos los estudiantes tengan acceso a dispositivos y buena conectividad. En segundo lugar, es necesario apoyar a quienes tienen menores recursos. Por último, es necesario también disminuir las brechas de género en las clases presenciales, potenciando entornos más inclusivos que estimulen la participación de todos.