Cuando cursaba bachillerato, un profesor decidió que la mejor forma de amenizarnos un viernes a última hora era encasquetarnos un documental sobre el futuro de la población mundial. El mensaje era claro: íbamos a ser 10.000 millones, el planeta no iba a dar abasto, y aquello sólo podía acabar en catástrofe. Hambrunas, guerras por recursos, el fin de la civilización. Algunos de mis compañeros salieron del aula convencidos de que tener hijos era poco menos que un crimen contra la humanidad. Quién nos iba a decir que, apenas diez años después, la preocupación en buena parte del mundo sería la opuesta: que no nacen suficientes. En este post, examino qué implica en términos económicos envejecer como sociedad y cuánto puede costarle a España en las próximas décadas.
La gran transición
El mundo está viviendo un cambio demográfico sin precedentes. La fecundidad global ha caído de alrededor de 5 hijos por mujer en la década de los cincuenta a unos 2,25 en 2023, apenas por encima de la tasa de reemplazo de 2,1 hijos por mujer necesaria para mantener estable el tamaño de la población (Figura 1). Como resultado, más de dos tercios de la humanidad vive ya en países donde la fecundidad ha caído por debajo de este umbral. Para más inri, cálculos alternativos basados en registros administrativos sugieren que las tasas de fecundidad estimadas en los World Population Prospects de Naciones Unidas (la fuente de referencia más utilizada para datos demográficos globales) podrían estar sobreestimadas y apuntan a que el mundo podría encontrarse ya por debajo del nivel de reemplazo.
Figura 1: Las tasas de fecundidad han caído en todo el mundo, y la mayoría de economías están ya por debajo o cerca del nivel de reemplazo

España se sitúa entre los países más afectados por este fenómeno: con una caída de más del 60% en las últimas seis décadas, los últimos datos de nacimientos para 2024 sitúan la tasa de fecundidad española en 1,1 hijos por mujer. Una sociedad que experimentara esta tasa de fecundidad de forma sostenida vería cada generación reducirse aproximadamente un 45% respecto a la anterior: 100 abuelos tendrían, en promedio, sólo 30 nietos.
Envejecer antes de enriquecerse
Una de las particularidades de la transición demográfica contemporánea es que, en muchas economías, la caída de la fecundidad está ocurriendo en etapas más tempranas de desarrollo económico en comparación con la experiencia histórica de economías que hoy se consideran avanzadas (véase aquí y aquí). La evidencia sugiere que no sólo cuándo empieza la transición, sino sobre todo a qué velocidad ocurre, está cambiando: las transiciones desde regímenes de alta a baja fecundidad más recientes tienden a ser sustancialmente más rápidas.
Estas transiciones demográficas abren una ventana de oportunidad conocida como el “dividendo demográfico”: un periodo en el que la población en edad de trabajar crece más rápido que la población dependiente, lo que libera recursos que antes se destinaban al cuidado infantil, permite mayor inversión en capital humano y físico, y facilita el crecimiento económico. Hoy, sin embargo, la aceleración de las transiciones demográficas implica que muchas economías tendrán poco margen antes de que los ratios demográficos se vuelvan desfavorables. En consecuencia, presiones tradicionalmente asociadas a economías ricas (como caídas en la fuerza laboral) se adelantarán a contextos donde aún no se han alcanzado los niveles de productividad, riqueza y capacidad fiscal e institucional que podrían amortiguar la transición a una sociedad envejecida.
¿Por qué el declive demográfico debería preocuparnos?
A largo plazo, la literatura vincula el tamaño de la población al crecimiento económico porque las personas generan ideas. Más personas se traducen en más investigadores, más investigadores producen más innovaciones, y más innovaciones se traducen en niveles de vida más altos. Esta intuición, formalizada en modelos de crecimiento endógeno, implica que poblaciones más grandes pueden sostener un progreso tecnológico más rápido al expandir la oferta de potenciales innovadores.
Sin embargo, dos tendencias amenazan este motor del crecimiento. En primer lugar, a medida que cae la fecundidad, se reduce el potencial “reservorio” de ideas: menos gente significa menos mentes trabajando en resolver problemas y desarrollar nuevas tecnologías. En segundo lugar, la evidencia sugiere que las ideas se están volviendo más difíciles de encontrar: hoy hacen falta más investigadores para mantener el mismo ritmo de innovación que en el pasado.
A corto y medio plazo, sin embargo, más apremiantes son las presiones económicas generadas por cambios en la estructura poblacional. Cuando la fecundidad cae con rapidez, eventualmente las cohortes nacidas durante periodos de alta natalidad (p. ej., la generación del baby boom) se jubilan, pero las que entran al mercado laboral para reemplazarlas son mucho menos numerosas. Dicho de otra forma: el relevo generacional no cuadra. Como resultado, la proporción de población en edad de trabajar cae, reduciéndose la fuerza laboral disponible y con ella la capacidad productiva de la economía.
Para entender las consecuencias, es útil descomponer el crecimiento del PIB per cápita en tres componentes: cambios en el PIB por ocupado (productividad), cambios en la tasa de empleo y cambios en la proporción de población en edad de trabajar sobre la población total (Figura 2). En las últimas dos décadas, el componente demográfico ha jugado un papel menor comparado con los cambios en la productividad y el empleo en la mayoría de economías avanzadas. Sin embargo, mirando hacia el futuro, este factor demográfico se volverá cada vez más negativo a medida que las sociedades envejezcan, lastrando así el crecimiento del PIB per cápita. En ausencia de repuntes significativos en la fecundidad, el ratio de población en edad de trabajar se estabilizaría eventualmente en un nivel permanentemente inferior, y una menor proporción de trabajadores en relación con la población total implicaría, ceteris paribus, un nivel más bajo de ingreso per cápita.
Figura 2: Históricamente, los cambios demográficos han jugado un papel modesto en el crecimiento del PIB per cápita

Japón ofrece un adelanto de este futuro. Se han escrito ríos de tinta sobre las "décadas perdidas" del país nipón, atribuyendo su estancamiento económico a una combinación de crisis bancarias mal gestionadas y fallos de política monetaria. Sin embargo, cuando uno controla adecuadamente por el factor demográfico, el desempeño económico de Japón no resulta peor que el de otras economías avanzadas: su crecimiento del PIB por ocupado desde los años 2000 ha sido similar al de Alemania, Francia o la misma España. La principal diferencia es que el tamaño relativo de su población en edad de trabajar ha caído en picado desde la década de los noventa.
Este cambio en la estructura poblacional también tiene implicaciones fiscales que pueden entenderse a través de un marco de Cuentas Nacionales de Transferencia, que descompone el ciclo vital según las contribuciones que cada grupo de edad realiza al sistema (mediante impuestos y cotizaciones) y las transferencias que recibe (educación, salud, pensiones y otros servicios públicos). Durante la infancia y la vejez, las personas consumen más recursos públicos de los que aportan, generando un déficit que es financiado por la población en edad de trabajar (quienes, a su vez, aportan más en impuestos de lo que reciben en transferencias públicas). En sociedades que envejecen, el equilibrio entre estos dos grupos se deteriora sistemáticamente: hay cada vez menos gente pagando y más gente recibiendo. En sistemas de pensiones de reparto como el español, donde las cotizaciones de los trabajadores actuales pagan las pensiones de los jubilados de hoy, las cuentas cada vez salen peor.
El coste del envejecimiento
En el último Transition Report del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD), cuantificamos el impacto económico del envejecimiento poblacional mediante un modelo de crecimiento neoclásico que incorpora cambios en la estructura demográfica de la población. Para aislar el efecto del envejecimiento, comparamos dos escenarios: en el primero, la proporción de población en edad de trabajar evoluciona según las proyecciones demográficas; en el segundo, mantenemos esta proporción fija en su nivel de 2023, como si la estructura de edades se congelara en el presente. La diferencia entre ambos escenarios captura el "coste" del envejecimiento: la ralentización del crecimiento económico atribuible exclusivamente al cambio en la estructura de edades de la población. Este mismo ejercicio puede aplicarse retrospectivamente al periodo 2000-2023, lo que permite comparar cuánto ha restado (o sumado) el factor demográfico al crecimiento en el pasado reciente versus cuánto restará en el futuro.
Los resultados sugieren que España será una de las economías avanzadas más afectadas en las próximas décadas (Figura 3). Entre 2000 y 2023, el factor demográfico restó en promedio 0,16 puntos porcentuales anuales al crecimiento del PIB per cápita español – una contribución negativa pero modesta. Sin embargo, entre 2024 y 2050, este lastre se multiplicará por cinco hasta alcanzar aproximadamente 0,84 puntos porcentuales anuales. Teniendo en cuenta que el crecimiento medio anual del PIB per cápita español en las últimas dos décadas ha sido del orden del 0,8% anual, la materialización de este lastre demográfico adicional (de 0,68 puntos porcentuales) sobre la misma base de crecimiento histórico reduciría el crecimiento del ingreso por persona a apenas una décima porcentual anual.
Figura 3. El lastre demográfico sobre el crecimiento económico se intensificará dramáticamente en las próximas décadas

¿Y ahora qué?
Ante este panorama, la pregunta es inevitable: ¿Qué pueden hacer economías como la española para mitigar el coste del envejecimiento? Políticas pronatalistas, inmigración y aumentos de la participación laboral y/o la productividad son algunas de las opciones que se suelen plantear. El siguiente paso es ponerles números y ver hasta qué punto pueden compensar, pero esa parte la guardo para otro post.
Sea como fuere, hay un hecho innegable: la realidad demográfica favorable del siglo pasado no va a volver. Nos guste o no, hoy vivimos en un mundo envejecido que plantea desafíos a los que nunca antes nos habíamos enfrentado. ¿Serán las futuras generaciones capaces de revertir la caída de la natalidad? Quizás. Pero para nuestra generación ya es demasiado tarde, y habrá que aprender a lidiar con las consecuencias.
