Por Alessio Gaggero, Joan Gil y Dolores Jiménez-Rubio
Imaginen la siguiente situación: un hombre de 65 años, jubilado, que siempre ha sido "un poco despistado", algo impulsivo y con dificultades para organizarse. Durante toda su vida, estos rasgos se han atribuido a su carácter. Sin embargo, lo que pocas veces se considera es que estos comportamientos podrían deberse al trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) y reflejar una elevada predisposición genética que, además, podrían estar afectando no solo a su propia salud, sino también a la de su pareja. Esto es precisamente lo que investigamos en nuestro último trabajo.
El TDAH es una de las condiciones de salud mental más frecuentes, tradicionalmente asociada a la infancia. Sin embargo, los síntomas persisten en la edad adulta en aproximadamente dos tercios de los casos, con una prevalencia entre el 2% y el 5% en adultos. Y aquí viene lo interesante: aunque globalmente se diagnostica más a hombres que a mujeres, esta diferencia de género tiende a desaparecer con la edad. Pese a ello, las consecuencias del TDAH en adultos mayores han recibido muy poca atención, en parte por un reconocimiento tardío entre la profesión médica. Nuestro estudio pretende llenar este vacío.
¿Por qué usar genética y no diagnósticos clínicos?
En este blog se ha discutido anteriormente cómo factores externos aparentemente inocuos pueden afectar al rendimiento cognitivo (véase aquí). En nuestro caso, nos centramos en un factor interno: la predisposición genética al TDAH, medida a través de índices de riesgo poligénico (polygenic score o PGS). ¿Por qué usar esta medida en lugar de un diagnóstico clínico? Por varias razones. Primero, el diagnóstico de TDAH en adultos mayores es especialmente problemático porque las herramientas diagnósticas se diseñaron pensando en niños y adolescentes, y los síntomas evolucionan con la edad. Segundo, los índices poligénicos no están sujetos a sesgos como suele ser el caso en muchos diagnósticos clínicos basados en cuestionarios de conducta: es un indicador objetivo basado en variantes genéticas asociadas al trastorno. Tercero, al estar determinada en la concepción, permite evitar problemas de causalidad inversa. En definitiva, el PGS captura mejor el espectro completo de la severidad de los síntomas que una simple variable binaria de "diagnosticado/no diagnosticado".
Datos y estrategia empírica
Utilizamos datos longitudinales del English Longitudinal Study of Ageing (ELSA), una muestra representativa de personas mayores de 50 años y sus parejas residentes en Inglaterra. Esta base de datos es especialmente valiosa porque proporciona información detallada sobre salud, bienestar, salud mental y, de manera crucial, datos genéticos tanto de los encuestados como de sus parejas. Nuestra muestra final incluye 7.183 individuos y más de 40.000 observaciones persona-año a lo largo de nueve oleadas.
Analizamos cinco indicadores de salud y bienestar: calidad de vida (medida por el índice CASP-19), limitaciones funcionales (índice ADL), dificultades de movilidad, depresión mayor (escala CES-D-8) y aislamiento social (escala UCLA de soledad). Nuestra estrategia empírica se basa en el modelo de Grossman de producción de salud, estimando por mínimos cuadrados ordinarios la asociación entre el PGS para TDAH y los resultados de salud, controlando por un amplio conjunto de covariables sociodemográficas, componentes principales genéticos (para controlar la estratificación poblacional), y efectos fijos de tiempo y región.
Para el análisis de efectos cruzados entre parejas, extendemos el modelo conceptualizando la familia como productora conjunta de salud, siguiendo a Jacobson (2000), lo que nos permite capturar las interdependencias en la producción de salud dentro del hogar.
¿Qué encontramos?
Los resultados son claros y consistentes. Los adultos mayores con una mayor predisposición genética al TDAH presentan peor calidad de vida, más limitaciones físicas, mayores dificultades de movilidad y niveles más elevados de depresión. Para dar una idea de las magnitudes: un aumento de una desviación estándar en la predisposición genética al TDAH se asocia con un incremento del 11,3% en el índice de limitaciones funcionales y del 9,6% en el índice de dificultades de movilidad. En cambio, no encontramos una asociación estadísticamente significativa con el aislamiento social.

¿Son estos efectos iguales para todos? No. El análisis de heterogeneidad revela un patrón muy marcado. Las asociaciones adversas son considerablemente más pronunciadas en las mujeres, especialmente en movilidad y depresión. Además, tener estudios superiores, estar casado/a y disponer de mayores ingresos actúan como factores protectores. En otras palabras, la educación, la renta y la convivencia en pareja proporcionan oportunidades para el tratamiento médico o psicológico que mitigan parcialmente los efectos del riesgo genético de TDAH. Sin embargo — y esto es revelador — la renta no protege contra el aislamiento social, un resultado coherente con la evidencia previa que muestra que las personas con TDAH tienen mayor probabilidad de estar solteras, divorciadas o experimentar mayores niveles de soledad.
Como se ha puesto de manifiesto reiteradamente en la literatura, las diferencias de género en salud tienen raíces profundas y multifacéticas. Nuestros resultados añaden una dimensión genética a este debate, mostrando que las mujeres son particularmente vulnerables a las consecuencias del TDAH en la vejez, una condición que históricamente se ha asociado con varones y se ha estudiado principalmente en niños.
El hallazgo más llamativo: los efectos de desbordamiento en la pareja
Quizás el resultado más novedoso e interesante de nuestro estudio se refiere a los efectos cruzados entre parejas. Y aquí el patrón es inequívoco y asimétrico. Encontramos que el riesgo genético de TDAH de los maridos afecta negativamente la salud de sus esposas en todas las dimensiones analizadas: calidad de vida, salud física, depresión y aislamiento social. En cambio, el riesgo genético de TDAH de las esposas no parece afectar significativamente la salud de sus maridos.
Figura 1: Análisis de efectos cruzados entre parejas

Este patrón asimétrico tiene diversas explicaciones posibles. La literatura médica ha documentado que el TDAH en adultos se asocia con desregulación emocional, mayor irritabilidad y dificultades para mantener relaciones interpersonales estables. Además, la naturaleza comórbida del TDAH con otros trastornos psicológicos — como ansiedad, depresión o trastornos por uso de sustancias — tiende a deteriorar la relación de pareja. Nuestros resultados sugieren que las mujeres absorben en mayor medida las consecuencias de convivir con una pareja con alta predisposición genética al TDAH, posiblemente debido a roles de género en el cuidado y la gestión emocional del hogar.
Además, estos efectos adversos sobre las mujeres son más intensos cuando sus parejas tienen un menor nivel educativo, lo que refuerza la idea de que la educación puede proporcionar herramientas para una mejor gestión del trastorno. Sin embargo, la renta del hogar ofrece una protección más limitada.
Implicaciones de política
Estos hallazgos tienen implicaciones claras para la política sanitaria y social. Primero, subrayan la necesidad de ampliar el diagnóstico y tratamiento del TDAH más allá de la infancia y la adolescencia. Dado el envejecimiento de la población — un tema recurrente en este blog (véase aquí) —, es fundamental que los sistemas sanitarios incorporen protocolos específicos para la detección y el manejo del TDAH en adultos mayores.
Segundo, las políticas de salud mental deberían adoptar una perspectiva de género más explícita. Nuestros resultados muestran que las mujeres son doblemente vulnerables: por sus propios riesgos genéticos y por los de sus parejas. Esto tiene implicaciones directas para la carga de cuidados, la estabilidad de las relaciones de pareja y el bienestar familiar en su conjunto.
Tercero, la dimensión familiar del TDAH no puede ignorarse. Las intervenciones que se centran exclusivamente en el individuo diagnosticado pasan por alto los efectos de desbordamiento sobre la pareja. Programas de apoyo que incluyan a ambos miembros de la pareja podrían ser más eficaces para mejorar los resultados de salud a nivel del hogar.
Finalmente, el papel protector de la educación y, en menor medida, de la renta, sugiere que las desigualdades socioeconómicas amplifican las consecuencias del riesgo genético de TDAH. Las políticas que reduzcan estas desigualdades — mejorando el acceso a la educación y a los servicios de salud mental — podrían mitigar parte de los efectos adversos documentados en nuestro estudio.
En definitiva, el TDAH no es solo "cosa de niños". Sus consecuencias se extienden a lo largo de la vida y más allá del individuo afectado, alcanzando a quienes conviven con él. Reconocer esta realidad es el primer paso para diseñar políticas más inclusivas y efectivas.
