¿Puede la IA destruir todo el empleo? ¿Y que hacemos si pasa eso? – El Capital Básico Universal

En el último año o dos mi trabajo está cambiando de manera considerable con la inteligencia artificial generativa. Desde estimar parámetros de un modelo de redes por variables instrumentales, hasta generar ejemplos y contraejemplos en un modelo que relaciona aversión al riesgo con adquisición de información, o revisar varios artículos en busca de errores lógicos o de análisis empíricos (y encontrar varios que habrían sido bastante embarazosos). Por no hablar de examinar cientos de páginas de un trabajo burocrático espantoso que me habría llevado varios días (y un dolor de cabeza monumental), y que la máquina liquidó en minutos. El ahorro de mi propio tiempo y el de otros ha sido monumental. La pregunta natural es si esto quiere decir que un buen porcentaje de nuestro trabajo en toda la sociedad se volverá irrelevante, y qué podemos hacer para mitigar las consecuencias negativas y apalancar las positivas.

Una forma sencilla de pensar en el problema la podemos encontrar en esta entrada de Autor y Thomson en Digitalist Papers, a su vez basada en este interesantísimo artículo de JEEA.

El texto comienza con un ejemplo ilustrativo muy potente. Hace unas décadas, accounting clerks y inventory clerks parecían primas hermanas. Las dos ocupaciones son intensivas en tareas rutinarias, codificables, candidatas naturales a ser absorbida por la tecnología. Pero el resultado fue sorprendente. En EE. UU., los contables vieron que los salarios subían mientras el empleo caía. En los inventarios ocurrió lo contrario, los salarios bajaron y el empleo se expandió.  Esto rápidamente destruye el esquema simplista de que la automatización desplaza trabajo, van a caer salarios y empleo. Autor y Thompson proponen mirar el mecanismo por otro lado. La automatización no solo afecta a la demanda de trabajo sino que también cambia quién está cualificado para hacer lo que queda.

Cuando la tecnología elimina tareas simples de una ocupación, lo que queda tiende a ser más complejo. Por tanto, la ocupación se vuelve más selectiva, sube el listón, de manera que menos gente puede entrar, y aumenta el salario de quienes permanecen. Cuando la tecnología elimina tareas complejas, lo que queda es más sencillo. Por tanto, cae la barrera de entrada, entra más gente, y aunque la productividad suba, el aumento de competencia puede presionar salarios a la baja. La lección es que no debemos preguntar qué trabajos destruirá la IA. La pregunta relevante es qué tareas (expertas o no) automatizará la IA en cada ocupación?

Por tanto, la IA puede aumentar la desigualdad, a base de subir las rentas en ocupaciones que se vuelven más exclusivas, y democratizar el acceso a otras, abriendo ocupaciones antes elitistas a más gente con herramientas que absorben parte de las habilidades necesarias. El texto incluso advierte contra políticas facilonas, del tipo “reentrenemos a todos los expuestos a IA”, porque algunos de esos trabajadores podrían estar en ocupaciones donde la automatización eleva salarios (si se automatiza lo inexperto).

Una vez tenemos el marco planteado (basado en el trabajo académico), la entrada se vuelve más especulativa, y plantea dos posibilidades. El primer escenario es uno en el cual no sabemos imaginar los trabajos del futuro. No es una confesión de impotencia, sino una regularidad histórica. En 1900 era difícil imaginar un mundo con más empleo en servicios, software, salud, y demás actividades que hoy nos parecen obvias. Piensen en Los Supersónicos (los Jetson), aquella serie de dibujos animados de los 60. Una familia que vive en edificios suspendidos en el aire, van al trabajo en aeroautos, trabajan tres horas al día tres días a la semana. Pero también se comunican por videollamada, o tienen robots para hacer muchos trabajos. La cuestión es que solemos mirar la tecnología pensando en lo que automatiza (lo que dejaremos de hacer), pero eso nos hace ciegos a lo realmente transformador: la creación de nuevas tareas que antes no existían y que generan nueva escasez. Este punto conecta con la literatura general económica sobre tareas (Acemoglu–Restrepo y compañía), pero añadiendo que lo que vuelve nueva a una tarea es que exige capacidad humana no abundante, a menudo en combinación con herramientas.

El segundo escenario es la posibilidad de una IA que iguale o supere toda capacidad cognitiva humana. Esto es aún más especulativo. Si la IA hiciera todo mejor y más barato, el marco de tareas marginales podría parecer irrelevante. Pero ellos insisten en que incluso entonces la pregunta económica clave persiste. ¿Cuáles son ahora las escaseces, confianza, legitimidad, poder de decisión, control de capital, acceso a datos, coordinación social, regulación? Pensar así evita dos trampas. Una es pensar que si la IA lo hace todo, el trabajo desaparece y ya. La otra es pensar que siempre surgirán trabajos nuevos, despreocúpate. Puede pasar una mezcla rara. Podemos tener mucha abundancia tecnológica y, a la vez, nuevas escaseces institucionales y distributivas.

Una implicación muy interesante, si nos tomamos en serio la hipótesis de que la IA puede erosionar la escasez del trabajo humano (no solo desplazar empleos puntuales), es que la política pública debe dejar de centrarse en “proteger puestos” y pasar a preguntarse cómo repartir ingresos cuando el mercado laboral distribuya peor. Ante esa incertidumbre radical, proponen usar mecanismos aseguradores, que funcionen tanto en un escenario de ajuste gradual como en uno extremo donde el trabajo pierda gran parte de su valor económico. En ese marco encaja la idea de un Capital Básico Universal (CBU). Esto no es simplemente un cheque compensatorio, sino una forma de dar a todos los ciudadanos una participación en la renta del capital, que podría capturar una porción creciente de la riqueza si la IA eleva la productividad.

La motivación se entiende mejor si se imagina una economía donde el cuello de botella no es la mano de obra, sino la propiedad de activos (infraestructura, datos, modelos, derechos sobre productividad). El texto insiste en que RBU y CBU no son lo mismo. Una renta básica (RBU) es un flujo: transfiere ingresos para sostener consumo y asegurar un mínimo. El CBU es sobre todo un stock. Se entrega un activo, o un derecho sobre rendimientos de activos, para construir patrimonio y reducir la dependencia del salario. En algunas versiones se propone una dotación al llegar a la edad adulta. En variantes europeas, se discuten dotaciones más modestas financiadas por impuestos sobre transferencias de capital y conectadas a fondos cívicos/soberanos que pagan dividendos o entregas a cierta edad.

¿Por qué importa esto bajo Autor–Thompson? Porque la preocupación central no es solo el desempleo friccional, sino un problema estructural si la renta se desplaza de trabajo a capital. En ese mundo, socializar parte del capital o de sus rendimientos no sería “caridad”, sino un modo de sostener el contrato social cuando el empleo deje de ser el principal mecanismo de reparto. El CBU buscaría resolver al menos tres problemas. Uno es ofrecer cobertura cuando la automatización “abarate” algunas habilidades y presione salarios. Otro es permitir la participación en el crecimiento si los excedentes se convierten en beneficios y no en sueldos. Y la tercera es reforzar la legitimidad democrática en escenarios donde la mayoría no pueda demostrar contribución laboral continua, fomentando ciudadanía y no como beneficiario pasivo.

Luego vienen diseños posibles y sus costes. Se puede hacer dotación a una edad (digamos a los 25) financiada por un fondo de riqueza ciudadana. O podemos tener “baby bonds” desde el nacimiento para combatir la desigualdad patrimonial. O un fondo soberano con dividendo universal como hizo Alaska con el petróleo (como prueba de concepto). O un CBU “nativo IA” financiado con impuestos a rentas digitales/datos o aportaciones de beneficios empresariales como semilla de un fondo diversificado. Conviene señalar que el CBU no sustituye al Estado del bienestar (sanidad, educación, seguros sociales, políticas activas). Venderlo como solución total sería peligroso. La razón para defender CBU (y no solo RBU) es estructural. Si la brecha nace de la propiedad de activo, el CBU pretende cambiar el reparto de la propiedad y, con ello, el modo en que se comparte la prosperidad.

Déjenme acabar con una pequeña precaución. La política suena muy bien teóricamente. Pero puede fallar de manera espectacular. Cuando se privatizaron las empresas tras la caída del comunismo en Rusia, algo que recomendaron insistentemente economistas y organismos multilaterales, no se mejoró la eficiencia, ni la distribución de la renta. Se generaron fortunas multimillonarios para unos pocos magnates, que se quedaron con todas aquellas acciones a precios de saldo. La gente vendió esos activos para tener efectivo para gastarlo y sobrevivir, o vivir mejor. No me cabe duda de que Autor y Thomson dirían que ese diseño tiene muchos fallos y se puede hacer mejor. Pero ya sabemos lo que pasa cuando un economista dice “this time is different”. Aun así, y siguiendo la filosofía de este blog, pongamos esto encima de la mesa, pilotemos algo parecido, e igual nos sorprendemos.

Hay 3 comentarios
  • Muy interesante. Lo que plantean los autores es que seamos propietarios de empresas de algoritmos o robots? Y ese CBU como se distribuirá, en función de que parámetros?

    Muchas gracias, saludos

    • Gracias. Correcto, la idea es que los ciudadanos sean accionistas de las empresas de IA. Los autores plantean diversos escenarios, como dar una serie de acciones a la gente al nacer, pero esa parte del detalle habría que decidirla de manera democrática. Uno podría, por ejemplo, dar más acciones a la gente que pierde el empleo por culpa de la IA. Mi preocupación, como digo en la entrada, es que pase como en Rusia con las privatizaciones después de la era soviética. Que le des las accciones a la gente, que no entiendan bien lo que valen, y las vendan a bajo valor a gente que después se conviernten en multibillonarios. Por eso me gusta más la idea que también proponen de hacer como un fondo soberano. El gobierno tiene muchas acciones y con la rentabilidad paga los servicios públicos o una renta básica.

  • Enormemente sugerente, enhorabuena. Por fin encuentro un antídoto ante el miedo al inmenso efecto que vemos con la IA en todos los órdenes. Pienso que supondría una refundación de parámetros básicos del capitalismo y del sistema democrático. Alucinante.

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