Por qué los occidentales somos “raros”, y cómo eso podría explicar nuestra prosperidad

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Marc Canal Noguer (@MCanalN)

Joseph Henrich es lo que los ingleses llaman un “polymath”, una persona con un conocimiento profundo sobre muchos temas. En su nuevo libro, The WEIRDest People in the World: How the West Became Psychologically Peculiar and Particularly Prosperous (La Gente más Rara del Mundo: Cómo Occidente Devino Psicológicamente Peculiar y Particularmente Próspero), combina antropología, psicología, biología y cultura evolutiva, religión, historia y economía para ofrecernos una nueva teoría del todo que tiene números de situarse rápidamente en el pedestal de las grandes teorías.

La Gran Divergencia, esto es, la inusual prosperidad de Europa Occidental y luego Estados Unidos (a los que me referiré como “occidente”) particularmente a partir de la Revolución Industrial, ha sido y sigue siendo objeto de intenso debate. Hay multiplicidad de teorías al respecto, incluyendo, entre otras, el descubrimiento de América (aquí), la calidad de las instituciones (aquí), el contexto intelectual de la Ilustración y el desarrollo de una “cultura del crecimiento” que se retroalimentó con la revolución científica (aquí), el nacimiento de unas “virtudes burguesas” que pudieron florecer gracias a crecientes cotas de libertad (aquí), o las variaciones de precios de los factores y la disponibilidad de energía barata (aquí). Fran Beltrán nos ofrecía una excelente explicación de dos de ellas aquí.

Esas teorías distan de ser incompatibles entre sí, y los acontecimientos históricos raramente son monocausales. Lo interesante del libro de Henrich no es que nos ofrezca una teoría más, es que nos ofrece una explicación que podría subyacer a la mayoría de las anteriores.

Dada la naturaleza de tal empresa, es importante remarcar que Henrich no predica orgullo occidental, sino más bien humildad. Uno de sus puntos principales es que la mayoría de estudios y experimentos se hacen con sujetos occidentales, y que sus conclusiones están muy sesgadas. Es decir, en occidente asumimos que todos los seres humanos son como nosotros. Eso nos lleva a pensar, por ejemplo, que podemos imponer nuestras instituciones y costumbres en cualquier país y que conducirán a los mismos resultados, una piedra con la que hemos tropezado repetidamente en la historia.

Estructuraré esta reseña a través de las que creo que son las tres preguntas principales a las que el libro responde y que más o menos se corresponden con el orden de los capítulos. Las preguntas son: 1) ¿somos los occidentales raros (“WEIRD”)?; 2) ¿cuál es el origen de la rareza occidental?; y 3) ¿qué consecuencias tiene eso sobre la prosperidad?

¿Somos los occidentales raros (“WEIRD”)?

El término WEIRD no es nuevo de este libro. Lo inventó el propio Henrich junto con sus colaboradores hace ya años, y es un juego de palabras. Por un lado, weird significa “raro” en inglés. Por otro, se corresponde con las siglas Western Educated Industrialized Rich Democratic (Occidental Educado Industrializado Rico Democrático). La primera proposición del autor es que la psicología varía a través de las distintas culturas, y que la psicología occidental tiene unos rasgos muy específicos. Entre otras cosas, los WEIRD somos individualistas, analíticos, estamos obsesionados con nosotros mismos y con el éxito personal, tenemos poca deferencia hacia nuestros mayores y la tradición, confiamos en extraños, respetamos autoridades externas e imparciales (por ejemplo, el gobierno), y nos mueve la culpa (“guilt”) – medida contra estándares individuales y autoimpuestos. Los non-WEIRD, en cambio, dan más importancia al grupo, familia o clan, se centran menos en la autorrealización, respetan más a los mayores y la tradición, tienen menores niveles de confianza en los extraños, y son movidos por la vergüenza (“shame”) – medida contra estándares impuestos por la sociedad o comunidad.

Lo extraordinario del libro es que esa no es una simple opinión de Henrich, sino que el autor dedica alrededor de 100 páginas a demostrarlo a través de datos y experimentos naturales y de laboratorio llevados a cabo por él mismo y sus colaboradores o por otros científicos sociales. Cada uno de los datos o experimentos individuales podría no ser suficientemente persuasivo, pero el volumen de evidencia que presenta es realmente abrumador y convincente.

Uno de los experimentos que engloba varios de los rasgos descritos es el dilema del pasajero. Usted va dentro de un coche con su amigo, y su amigo es quien conduce. Atropella a un transeúnte, y usted sabe que su amigo conducía al menos a 35 millas por hora, cuando la máxima velocidad permitida es 20mph. Es el único testigo, y el abogado de su amigo le dice que si testifica que su amigo conducía a 20mph le puede salvar de consecuencias legales severas. ¿Qué piensa?

a. Su amigo tiene derecho a esperar que testifique, como buen amigo, y usted diría que iba a 20mph

b. Su amigo no tiene derecho a esperar que testifique, y usted no diría que iba a 20mph

En Canadá, Suiza o EEUU, más del 90% de las personas eligen b. En Nepal, Venezuela o Corea del Sur, menos del 50% lo hacen. En la Figura 1.4 del libro aparece un mapa con el porcentaje de personas que eligen la respuesta b en 43 países.

En los lugares donde es más probable que elijan la respuesta a, también es más probable que las personas den a sus amigos información reservada de una compañía, mientan sobre un examen médico a un amigo para rebajar la prima de su seguro o exageren la calidad culinaria del restaurante de un amigo en una crítica publicada.

Como digo, ese es solo uno entre decenas de ejemplos que no solo son muy informativos, sino que además son muy entretenidos de leer. Todos esos experimentos están meticulosamente descritos en el libro y suelen incluir todas las técnicas y controles estadísticos necesarios. Henrich se esfuerza en ser riguroso, e incluso a menudo apunta las limitaciones de los estudios a los que se refiere. Por ejemplo, constantemente discute la posibilidad de estar ante un caso de “causalidad inversa”, algo poco común en libros divulgativos.

¿Cuál es el origen de la rareza occidental?

Para responder a esa pregunta, según Henrich, tenemos que remontarnos al primer milenio después de Cristo, concretamente entre los años 300 y 1000 d.C. Es en esa época cuando se establecen los cimientos de nuestra divergencia psicológica, y el responsable de ello es la Iglesia Católica.

Durante esos siglos, la Iglesia Católica desarrolla e implementa lo que el autor denomina Programa de Matrimonio y Familia (Marriage and Family Program, MFP). Este programa consiste, sobre todo, en favorecer la monogamia y prohibir las bodas entre primos y familiares – en el siglo XI uno no se podía casar con su primo sexto. Los motivos por los que la Iglesia toma esa dirección quedan relegados a una nota al pie, puesto que eso no es lo que le interesa al autor. Lo relevante es que sucedió, y fue eso lo que rompió las redes familiares o clanes, liberó a los individuos de ciertas responsabilidades y beneficios familiares, y los incentivó a ser más móviles geográficamente, priorizar su éxito individual, comerciar con “extraños”, participar en organizaciones fuera de la familia (universidades, gremios y corporaciones), y desarrollar instituciones imparciales (por ejemplo, contratos) que sustituyeran las redes informales familiares, entre otras cosas. Desde la perspectiva de la cultura evolutiva, nuestra psicología coevolucionó con esos cambios a través de un proceso de competencia entre variaciones psicológicas y culturales, y de aquellos polvos históricos nuestros lodos psicológicos. En otras palabras, evolucionamos de la forma en que lo hicimos porque, en ese contexto histórico, funcionaba.

Esta parte del argumento es sin duda más problemática, y ello no es culpa de Henrich sino de la magnitud de la tarea. Hay una amplia literatura sobre la alargada sombra económica y política de la historia, pero también es conocida la complejidad de establecer relaciones causales en períodos de cientos de años, así como de demostrar la persistencia de efectos institucionales sobre comportamientos y mentalidades.

En cualquier caso, el autor, fiel a su compromiso empirista, nos vuelve a ofrecer una cantidad asombrosa de datos, gráficos y estudios para establecer esas dos relaciones causales: entre la intensidad de las relaciones familiares (“kinship intensity”) y los cambios psicológicos, y entre la exposición de los pueblos a la Iglesia Católica y la debilitación de las relaciones familiares.

Seguro que hay formas de cuestionar y refutar muchos de los argumentos de Henrich, pero el rigor del autor en las proposiciones y evaluación de las mismas requiere por lo menos el mismo nivel de rigor en las respuestas, y no simples intuiciones.

¿Qué consecuencias tiene eso sobre la prosperidad?

Todo lo anterior ya daría para un libro interesantísimo, pero Henrich va un paso más allá. En la parte final del libro nos cuenta cómo la variación psicológica iniciada accidentalmente hace más de mil años por la Iglesia Católica acabó siendo un factor determinante en la prosperidad económica sin precedentes de occidente en la parte final del segundo milenio. La base del argumento es que fue esa variación psicológica en las sociedades europeas preindustriales la que favoreció el desarrollo de instituciones, leyes, normas, principios y rasgos culturales conducentes a tal prosperidad. Aquí es importante remarcar que Henrich no describe una relación causal unidireccional. El autor reconoce que ese conjunto de instituciones también contribuyó a reforzar la psicología WEIRD, en una suerte de espiral positivo.

Cualquier teoría sobre crecimiento económico de largo plazo tiene que explicar, en última instancia, la innovación y el cambio tecnológico resultante de la misma. Como apuntaba al principio de esta reseña, hay múltiples tesis a este respecto, pero la mayoría de ellas aceptan que un contexto de normas estables y generales, la existencia de instituciones imparciales, los contratos, la competencia empresarial (y de ideas), una mentalidad abierta a la innovación y al comercio, o la promoción de incentivos al progreso, entre otros, son ingredientes fundamentales. Por razones de espacio, me es imposible describir en detalle la riqueza de las relaciones que establece Henrich, pero es sencillo ver cómo, por ejemplo, la necesidad de progresar fuera de la familia o clan favorece la aparición de mercados impersonales, con la consecuente necesidad de contratos que regulen esas relaciones con “extraños”; o cómo la revolución científica o el simple concepto de “progreso” de los siglos XVI y XVII, que rompen con el cuerpo de conocimiento aristotélico y la adoración de los clásicos, es más probable que surjan en una sociedad individualista que no siente devoción por la tradición y que se permite cuestionar a sus mayores.

Con todo, me dejo muchos aspectos del libro, todos ellos interesantes. Como ejemplos, Henrich discute cómo la monogamia suprime altos niveles de testosterona y con ello la agresividad, o por qué el Protestantismo es la más rara (“WEIRD”) de las religiones, una especie de Catolicismo con anabolizantes en lo que a rasgos psicológicos se refiere. En suma, una tesis sólida, y un libro para aprender algo nuevo en cada página.

Hay 8 comentarios
  • Muy interesante, estaremos a ver si hay traducción para meterle mano de forma más exhaustiva.
    No se si en algún lugar contempla algo similar a la teoría de Gregory Clark como explicación al orígen de la Revolución Industrial, expuesta en su libro: A Farewell to Alms.
    Sostiene que la Revolución Industrial tuvo lugar a causa de un cambio en la naturaleza humana.
    Tras un análisis de documentos testamentales, comprobó que eran realmente los ricos, las clases altas desde época medieval, quienes “perpetuaron la especie” en Inglaterra.
    Los ricos tenían más hijos supervivientes que los pobres, generándose inevitablemente una movilidad social descendente de forma continua. La progenie de las clases altas llenarían el vacío dejado por los pobres asumiendo así sus ocupaciones.
    Las conductas que contribuirían a la riqueza pudieron propagarse con ellos, y pudiendo nacer lo que denominamos valores de clase media que promovieron el aumento de las jornadas laborales, la alfabetización, el ahorro, la no violencia, o la caída del precio del dinero entre otros aspectos.

    • Gracias por tu comentario.

      No, me parece que no cita la teoría de Clark. Clark es sin duda uno de los pesos pesados en el debate sobre la “Gran Divergencia”, pero creo que ha ido perdiendo terreno respecto a las tesis de Mokyr, Allen, Acemoglu… El propio Allen tiene una crítica bastante larga y detallada de su tesis (http://faculty.econ.ucdavis.edu/faculty/gclark/Farewell%20to%20Alms/Allen_JEL_Review.pdf, en inglés).

      Henrich tiene un primer libro, por cierto, The Secret of Our Success (aunque me parece que tampoco está traducido, habrá que espabilar a alguna editorial!), donde cuenta en detalle su teoría de la evolución cultural desde el punto de vida psicológico/antropológico.

      Y por último, si te gusta el tema de la Gran Divergencia y la evolución cultural, te recomiendo mucho a Joel Mokyr.

  • Interesante.
    Una pregunta: en el primer párrafo del apartado “¿Somos los occidentales raros (“WEIRD”)?”, cuando se describen las características de las sociedades “non-weird” uno parece estar leyendo la descripción de la sociedad japonesa… luego, más adelante, también se pone como ejemplo Corea del Sur. Pero, ¿no son ésos países precisamente los más parecidos a la sociedad occidental, al menos en términos de innovación, industrialización y prosperidad?
    Gracias.

    • Gracias por leer el artículo y por tu comentario!

      Buena observación. No me había fijado en cómo puntúan esos países en particular en muchas de las “métricas” usadas para definir WEIRD, y he vuelto rápidamente al libro (en cualquier caso te recomiendo que lo leas tú mismo, está lleno de tablas y gráficos con información sobre países individuales). En varias de las métricas, Japón no está tan lejos de muchos países occidentales como uno pensaría, por ejemplo.

      En cualquier caso, dos puntos adicionales importantes que no pude mencionar por razones de espacio:

      1) Henrich dice que el proceso de evolución cultural es dinámico, y que particularmente desde los procesos de globalización del siglo XX muchas sociedades non-WEIRD se han ido occidentalizando en algunos de sus rasgos. Intuitivamente, no es descabellado pensar que países como Japón, China o Corea han evolucionado en ese sentido, pero no tengo datos al respecto

      2) Algo muy relevante en los estudios de persistencia cultural/institucional es entender que los resultados son en media. Por supuesto no hay ninguna teoría que explique todos los casos individuales, y hay muchas otras variables que influyen. El caso de Corea, por ejemplo, difícilmente es explicable a través de un proceso evolutivo de cientos de años, dado que el cambio fue bastante radical a mediados del siglo XX. En ese caso influyeron muchos otros factores

  • Algo de esto ya salia un poco de refilon en “La mente de los justos” de Jonayhan haidt. Muy interesante libro tambien.

  • Muchas gracias por la reseña. Ofrece elementos de juicio realmente interesantes para leer el libro con la atención que se merece. Es de esperar que se traduzca pronto al español y así disfrutemos de su contenidos quienes no tenemos el nivel de inglés suficiente para acceder al original.

  • Sobre esta cuestión, Deirdre McCloskey publicó desde 2006 a 2016 tres volúmenes importantes sobre esta cuestión. LO contrató con Chicago UP al jubilarse y tardó a unos cinco años por volumen. Trabajo de gran nivel
    Bourgeois Virtues 2006.
    Bourgeois Dignity 2010.
    Bourgeois Equality 2016.

    El actual declive del sistema político y económico coincide con el declive de los valores burgueses.

    Saludos

    • Buenísima la trilogía de McCloskey, y su historia personal es muy interesante también. Si te gustaron los de McCloskey, te recomiendo los de Joel Mokyr. Por ejemplo, “A culture of growth”. Como teaser: creo que la única vez que he escuchado a McCloskey no decir que alguien está completamente equivocado sobre la Gran Divergencia es cuando habla sobre Mokyr.

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