¿Por qué nadie consigue detener las pateras?

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Fuente: Dan Kitwood/Getty Images.

Por Apurav Bhatiya.

La migración irregular es uno de los temas más politizados de Europa. Aunque la mayoría de las personas migrantes llega por vías legales, los cruces maritimos, ya sea por el Mediterráneo hacia España o Italia, o por el Canal de la Mancha hacia el Reino Unido, se han convertido en una de las formas más polémicas de migración irregular. Desde 2018, más de 150.000 personas han intentado cruzar el Canal de la Mancha en lanchas neumáticas o botes hinchables sobrecargados. Si bien estas cifras son inferiores a las registradas en España o Italia, por ejemplo, España contabilizó unas 57.000 llegadas en 2023 (Walsh y Cuibus, 2024), pero estos cruces reciben una atención mediática y política desproporcionada por su visibilidad y su carga simbólica.

La preocupación pública por la migración irregular marca la agenda política, influye en las elecciones y alimenta el auge del discurso populista centrado en el control fronterizo (Guriev y Papaioannou, 2022). Sin embargo, la migración irregular es difícil de observar y medir en tiempo real: ocurre de forma esporádica y fuera de la vista. La investigación reciente ha estudiado qué factores impulsan o frenan estos movimientos: las políticas de aplicación de la ley (Gathmann 2008; Feigenberg 2020; Bazzi et al., 2021), las vías legales de entrada (Lessem, 2018; Kovak y Lessem, 2020), los propios cálculos de riesgo de los migrantes (Auriol et al., 2023), la influencia de la cobertura mediática (Di Maio et al., 2024) y las intervenciones humanitarias (Battiston, 2022; Deiana, Maheshri y Mastrobuoni, 2024).

Durante años, la palabra clave en la política migratoria ha sido “disuasión”: diseñar medidas que desanimen la entrada irregular. En el Reino Unido, gobiernos de distinto signo han aprobado una serie de leyes y planes con el objetivo de disuadir los cruces en las llamadas "embarcaciones pequeñas" ("small boats"). Se ha intentado excluir de la condición de refugiado a quienes lleguen en estas embarcaciones, que a partir de ahora denominaremos con el habitual termino español de "pateras"; se han endurecido las penas por entrada ilegal hasta los cuatro años de prisión y se han impuesto cadenas perpetuas a los traficantes de personas. Las autoridades britanicas también han recibido poderes excepcionales, similares a los de la lucha antiterrorista, para “desmantelar” las redes de tráfico. Y, más recientemente, se ha propuesto deportar a las personas que lleguen de manera irregular a “terceros países seguros” como Ruanda.

Estrategias similares se han probado en otras partes de Europa: España ha firmado acuerdos con Marruecos y Senegal para reforzar las patrullas marítimas, mientras que Italia ha negociado repetidamente con Libia y Túnez la interceptación y devolución de embarcaciones. Londres ha destinado millones de libras adicionales a financiar a la policía, la guardia costera y los equipos de vigilancia franceses, y ha llegado incluso a establecer un acuerdo de “uno por uno” con Francia para devolver migrantes y crear un canal supuestamente controlado de entrada al Reino Unido. Pero la gran pregunta permanece: ¿sirven de algo estas estrategias de disuasión?

Si cambiamos de perspectiva y miramos el problema desde el punto de vista de las personas migrantes, la historia se entiende mejor. La mayoría de los individuos que cruzan el Canal de la Mancha huyen de la persecución o de situaciones extremas en sus países de origen. Ante la falta de vías legales para solicitar asilo en el Reino Unido, muchos terminan pagando a traficantes de personas sumas enormes en comparación con sus ingresos o ahorros para realizar el viaje. En el camino a menudo sufren extorsión, violencia, trabajos forzados, detenciones o explotación sexual y laboral. Algunas familias se separan y muchos menores viajan solos. Para cuando llegan al norte de Francia han pasado por un calvario físico, emocional y económico. En los campamentos de la costa francesa las condiciones son terribles: poco o ningún refugio, agua potable, comida o saneamiento. Las ONG locales, con muy pocos recursos, son casi la única fuente de apoyo.

Al final de ese largo y penoso recorrido solo queda cruzar el Canal de la Mancha en patera. En los días despejados, los acantilados blancos de Dover se ven desde Calais: la promesa de una vida mejor está justo enfrente. Las amenazas de cárcel, deportación o devolución no pesan tanto como la esperanza de alcanzar seguridad y oportunidades en el Reino Unido. Ni siquiera el riesgo de muerte en el mar vence esa determinación.

En una investigación reciente analizamos los datos del del Proyecto Migrantes Desaparecidos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), centrándonos en los incidentes mortales registrados en el Canal de la Mancha entre 2018 y 2024. Durante ese periodo se documentaron 128 incidentes y 231 muertes, siendo 2024 el año con el mayor número de víctimas. La mayoría falleció por ahogamiento, aunque también hubo muertes por hipotermia, accidentes y otros peligros derivados del hacinamiento y las precarias condiciones de las embarcaciones.

El análisis espacial muestra que la mayoría de las muertes ocurren a lo largo de la costa norte francesa, especialmente cerca de Calais, lo que confirma que el peligro más grande está justo en el punto de partida. El Canal es corto, sí, pero el cruce dista mucho de ser seguro: cada intento tiene un coste humano real.

Para comprobar si estas tragedias afectan a los cruces posteriores, vinculamos los datos de mortalidad de la OIM con la serie temporal oficial de llegadas diarias en embarcaciones pequeñas publicada por el Ministerio del Interior del Reino Unido entre 2018 y 2024. Se trata de una de las pocas medidas de alta frecuencia que permiten observar los flujos de migración irregular casi en tiempo real.

Usando un diseño de tipo event study, analizamos si los incidentes con resultado de muerte modifican la probabilidad de cruces posteriores o el número de personas por patera que cruzan el Canal en los días siguientes. Los resultados son claros: las muertes en ruta no tienen ningun efecto significativo sobre las llegadas posteriores, ni influyen en el grado de ocupación de las pateras. En otras palabras, aunque los fallecimientos sean noticia y se hagan publicos, no disuaden a quienes esperan su oportunidad.

Como recoge Kelly (2025) en su libro, citando a un migrante: “Cuando pierdes la vida muchas veces, el miedo se vuelve pequeño”. Quien ha soportado dificultades extremas, no se va a frenar por amenazas de detención, deportacióno cárcel. La disuasión, como estrategia de política migratoria, está condenada a fallar: nunca podrá competir con la esperanza.

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Hay 1 comentarios
  • Interesante entrada, gracias.

    La vida tiene valor en base a cierto grado de bienestar o de sentido común. Los países o territorios y sus jurisdicciones determinan qué valor tiene la vida. Nacer o quedar atrapado en una jurisdicción opresora de matices kafkianos nos condena a una vida sin futuro, dolorosa, estéril y sin sentido.

    Einstein se equivocaba, la fuerza más poderosa del universo no es el interés compuesto, sino la autoconservación, pero no olvidemos que dicha autoconservación aspira al progreso y a una vida digna que supere la miseria y la condena diaria de una existencia plagada de calamidades.

    Las pateras son la expresión de la desesperación por lograr salvar un proyecto de vida, de no conformarse, y zafarse del estigma y el olvido de una sociedad occidental dormida que desde el sillón apenas se conmueve un segundo antes de cambiar de canal.

    Saludos.

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