Empleabilidad y universidad productiva

Cada cierto tiempo se reabre el debate sobre qué puede hacer la universidad para fomentar la empleabilidad de sus estudiantes en el mercado de trabajo. Basta con leer algunos titulares recientes: "La empleabilidad empieza por alinear la formación con el mundo real"; "La universidad pública mantiene abiertos 224 grados y másteres con menos de cinco alumnos".

Buena parte de la controversia descansa sobre el hecho que en los últimos años los graduados universitarios han visto reducido sus salarios relativos, la satisfacción, el número de trabajos y el retorno de la inversión en educación (ver aquí, aquí, o aquí).  No obstante, existen evidencias sólidas que apuntan a que la buena parte del problema recae en la estructura de la demanda trabajo y la flexibilidad del mercado laboral (ver aquí y aquí).

La empleabilidad es un criterio importante para guiar la política universitaria, pero no es un fin en sí mismo, ya confunde una consecuencia con la esencia. En resumidas cuentas, la universidad desempeña cinco funciones fundamentales: investigar, enseñar, transferir, señalizar y conectar; y esto nos permite distinguir entre universidades productivas, improductivas y destructivas.

Las cinco funciones de la universidad

La primera capa de la función de la universidad reside en su concepción humboldtiana. La universidad es el espacio educativo donde se investiga, se enseña y se forma capital humano al mismo tiempo. No es solo un lugar donde se transmite conocimiento ya asentado, sino una institución donde el conocimiento se crea, se contrasta y se incorpora a la docencia. La investigación no es un adorno reputacional, ni un lujo reservado a unos pocos departamentos excelentes: es lo que distingue a la enseñanza universitaria de la mera instrucción superior, como hemos repetido en NeG incansablemente aquí, aquí o aquí. Una institución que no investiga puede impartir clases avanzadas y formar graduados útiles en el corto plazo, pero formará capital humano adaptado al conocimiento de hoy, no necesariamente al de mañana.

Sobre esa primera capa se añade la visión orteguiana. Ortega y Gasset recordaba que la universidad no solo investiga y forma profesionales, sino que también transmite cultura. Hoy probablemente hablaríamos de transferencia en un sentido amplio. No solo transferencia tecnológica, sino también transmisión de marcos intelectuales, criterios de juicio, lenguaje común y capacidad para situar el conocimiento especializado dentro de una conversación social más amplia. Una universidad que investiga, pero no transfiere corre el riesgo de encerrarse en sí misma. Una universidad que enseña técnicas sin esa capa cultural forma especialistas competentes, pero quizá cada vez menos capaces de comprender el mundo en el que operan. La universidad no solo prepara para hacer cosas: prepara para entender qué sentido tienen, en qué contexto se insertan y cómo pueden cambiar.

La tercera capa es la señalización. El título universitario reduce las asimetrías de información entre empleado y empleador. Como explicó Stigler en su trabajo clásico sobre información en el mercado de trabajo, una parte del problema económico consiste precisamente en que la información relevante es costosa de observar y transmitir. El empleador no observa directamente la capacidad, la disciplina, la perseverancia o la competencia técnica del candidato; el título universitario funciona entonces como una señal de que ciertas habilidades han sido adquiridas y evaluadas. Por eso no importa solo la formación recibida, sino también quién la certifica. Dicho de otro modo: en el valor de la universidad cuenta tanto la educación como la credibilidad de la institución que la acredita. Y esa credibilidad, a largo plazo, no puede sostenerse sin exigencia, sin investigación y sin transmisión de conocimiento.

La cuarta capa es el capital social y relacional. La universidad no solo acumula capital humano; también crea y transmite capital social, insertando a los estudiantes en redes, normas y comunidades que condicionan sus oportunidades futuras. Como resumen útil, Coleman y  Bourdieu toman las universidades como ejemplos privilegiados de espacios de producción de capital social. Esas redes pueden ampliar oportunidades, pero también servir para reproducir posiciones heredadas y transmitir intergeneracionalmente ventajas sociales y educativas, tal como señala una investigación más reciente (ver aquí). Precisamente por eso importa tanto qué tipo de universidad construimos y cómo se accede a ella. Una buena universidad no debería limitarse a reproducir jerarquías sociales, sino ampliar el acceso a comunidades de conocimiento, cooperación y movilidad.

Y ahí aparece su dimensión pública más importante: una universidad favorece la igualdad de oportunidades porque abre el acceso a instituciones que generan conocimiento relevante, forman capital humano real, dialogan con la sociedad, crean redes valiosas y emiten señales creíbles.

Los tres tipos de universidad

Desde esta perspectiva, la empleabilidad importa, claro, pero no define lo que es una universidad ni agota la rentabilidad social de la universidad. La empleabilidad es una consecuencia de algo más profundo: enseñar a crear conocimiento, o al menos a trabajar con él críticamente; enseñar a pensar, no solo a ejecutar; enseñar a adaptarse, no solo a encajar. Y eso exige investigación. Por eso conviene ser cuidadosos con la política universitaria, como recordábamos aquí. Para ello, resulta útil distinguir entre distintos tipos de universidad apoyándonos en la intuición de Baumol distinguía entre actividades productivas, improductivas y destructivas, que nos deja una taxonomía muy parecida a clasificación de Carnegie:

La universidad productiva es la que cumple con las cinco funciones en sentido pleno: investiga, enseña, transmite cultura, forma capital humano, genera capital social valioso y emite una señal creíble porque detrás del título hay conocimiento vivo, exigencia y capacidad de adaptación. En ella, la empleabilidad no es el objetivo inmediato, pero sí una consecuencia natural: quien aprende en contacto con la investigación aprende también a pensar, a formular problemas nuevos y a adaptarse mejor a cambios tecnológicos y económicos.

La universidad improductiva enseña y forma a profesionales, crea capital social y señaliza, pero no crea conocimiento nuevo y, por lo tanto, no tampoco lo puede transferir. Es útil en un sentido limitado: forma para el estado actual de la técnica, como podría hacerlo un college puramente docente o una formación profesional superior. No es necesariamente mala; simplemente no cumple la función universitaria completa. Su problema aparece cuando el entorno cambia. Si no investiga, no prepara para moverse en la frontera del conocimiento, sino para desempeñarse dentro de un conocimiento ya estabilizado.

La universidad destructiva ni investiga ni enseña adecuadamente, pero sigue distribuyendo títulos. Tan solo señaliza (aunque pobremente) y, en el mejor de los casos, genera capital social y relacional. Consume recursos, tiempo y expectativas, y además erosiona la confianza en la propia institución universitaria. También puede adoptar la forma de una universidad supuestamente excelente que concentra reputación, redes y credenciales, garantía de empleabilidad, pero funciona sobre todo como mecanismo de exclusión social, frenando el ascensor social y expulsando talento. Cuando una institución sirve más para blindar insiders que para descubrir y formar talento, su efecto agregado también puede ser destructivo.

Universidad y empleabilidad

Poner el foco de la universidad en la inserción laboral tiene un riesgo evidente, que se ilustra con el ejemplo de los exámenes de la China imperial. Aquel sistema podía seleccionar con gran eficacia a quienes dominaban el conocimiento consagrado, pero precisamente por eso orientaba enormes cantidades de talento a la repetición de un canon estable y, con el tiempo, a la perpetuación de ciertas élites administrativas. Una institución así puede funcionar durante mucho tiempo si el mundo apenas cambia. Pero cuando llegan transformaciones disruptivas —hoy podríamos pensar en la inteligencia artificial— repetir conocimiento heredado deja de ser suficiente. Sin investigación, la universidad corre el riesgo de convertirse en una máquina de preparar brillantemente para el mundo de ayer. Por eso, para ahondar en el debate de la empleabilidad universitaria no basta con analizar la inserción laboral inmediata de sus egresados: hay que analizar qué funciones cumple la universidad y con qué intensidad.

La empleabilidad importa, claro, pero conviene no pedirle a la universidad lo que corresponde también al mercado de trabajo y a las instituciones ya agentes sociales que lo regulan. Un primer avance sería entender que la universidad productiva forma, enseña a pensar y prepara para adaptarse; no puede prometer por sí sola empleo automático ni ajuste perfecto con la demanda de cada momento. No obstante, la universidad puede mejorar ciertos aspectos relacionados con la empleabilidad de sus egresados como reforzar los sistemas de prácticas, mejor orientación, información más transparente y mecanismos de aprendizaje continuo que permitan actualizar competencias cuando cambian la tecnología y la economía. Pero también una mayor predictibilidad en la finalización de los estudios (aumentado la tasa de aprobados, ver aquí y aquí), grados más cortos y generalistas con asignaturas comunes en el primer año para disminuir los costes de cambios de carrera.

Un segundo paso sería dejar de evaluar la universidad como suma de trayectorias individuales y empezar a evaluar universidades y departamentos como instituciones, en función de cómo cumplen sus cinco funciones básicas. Eso permitiría identificar qué centros son productivos, cuáles son meramente improductivos y cuáles resultan destructivos, y ajustar en consecuencia la financiación, el diseño institucional y las expectativas sociales. Esto permitiría avanzar hacia una universidad que investiga, enseña, transmite, conecta y selecciona buenos estudiantes y profesores, que no solo prepara mejor para el mercado de trabajo de hoy, sino para la sociedad de mañana.

Esta es mi última contribución como editor antes del cierre de NeG y quiero despedirme agradeciendo el análisis, debate e interés a los lectores, colaboradores y al equipo editoral del blog.

Hay 2 comentarios
  • Estimado Jordi, visto tu perfil, marcadamente norteamericano, como el mío. Hoy, vivo en Zaragoza (a medias) y puedo hablar en primera persona de la calidad de la enseñanza universitaria zaragozana. Lamento decir que todo lo que escribes está bien, pero no toca lo mollar. El profesor, pieza angular de todo el proceso, es, hoy por hoy, mediocre en la mejor de las circunstancias en España. Personas que han recibido una formación insuficiente en un periodo de nuestra historia carente de valores, liderazgo y mucha "confusion" social. En consecuencia, no son los líderes que todo centro universitario debiera tener, sino unos meros funcionarios que buscan cubrir sus necesidades básicas, exceptuando contadas personas. Y yo vengo de una educacion elitista. Hoy, la frase "Quod natura non dat, Salmantica non præstat" no aplica pero porque no es un problema de alumnos (que también) sino de los "maestros" que en primer lugar no saben "enseñar", porque, no han sido enseñados. El contraste de la educacion anglosajona con la Española es noche y día, y me dá mucha pena habida cuenta de la enorme cultura y tradición educativa que hemos tenido a lo largo de siglos de historia. Soy medio Español, medio norteamericano, con el corazón roto por cómo España se desintegra, y la base es la formación (educación) académica. En fin, compartir algunas reflexiones. Un saludo, Jose Frederick

    • Hola, Jose Frederick. Muchas gracias por tu comentario. Coincido en buena parte con tu diagnóstico, y de hecho traté ese problema en un post anterior, que enlazo aquí. En España, las antiguas escuelas universitarias y escuelas técnicas —centros esencialmente docentes— quedaron absorbidas por facultades y escuelas superiores tras la reforma de 2007 y la implantación del sistema de grados de Bolonia, aunque su lógica institucional ha sobrevivido en muchos centros y departamentos que siguen enseñando sin investigar. Supongo que parte de tu percepción viene de que en España no existe una distinción formal como la que hay entre colleges y universities en EEUU; tampoco tenemos una tradición de liberal arts, algo que, en mi opinión, es una carencia. Pero, de facto, sí existe una división bastante parecida entre perfiles más investigadores y perfiles más puramente docentes, aunque con una estructura retributiva mucho menos diferenciada.

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