Mecenazgo y Altruismo

A principios del año 2012, el que en ese momento era Ministro de Educación y Cultura, José Ignacio Wert, anunció una inminente Ley del Mecenazgo destinada a promover las contribuciones privadas a actividades culturales. Como sabemos, esta iniciativa, como muchas otras, duerme el sueño de los justos y solo se aprobó un modesto cambio consistente en incrementar las deducciones en el IRPF por donaciones, que ahora son de hasta el 70% para los primeros €150 y para aquellas contribuciones recurrentes. El resto de las donaciones tienen una deducción del 30%. La excepción son las consideradas “actividades prioritarias de mecenazgo” cuyas deducciones son del 80% y 35%, respectivamente. Curiosamente esta no es la primera ley del mecenazgo que no llegó a ningún lado y ya hubo una propuesta en 2002, lo que sugiere que la dificultad de articular propuestas más allá de las deducciones fiscales.

La financiación pública o privada de actividades como la cultura es especialmente polémica desde el punto de vista político, y que podríamos describir a través de sus dos posiciones más extremas. En un extremo estarían aquellos que creen que, como principio, la cultura debería tener financiación únicamente pública y consideran injusto que museos, teatros o instituciones educativas (bienes públicos) posean mecenas privados que tengan una placa con su nombre mientras se benefician de deducciones fiscales por hacerlo. En el otro extremo, estarían los que creen que un sistema financiado por las contribuciones privadas es más adecuado porque la visibilidad de los benefactores no va en detrimento de la sociedad y sus contribuciones permiten redirigir el gasto público a aquellos aspectos de menor visibilidad que de otra manera no se proporcionarían o, directamente, a bajar impuestos.

Estas dos posiciones extremas están basadas en diferentes concepciones “morales” sobre qué significa la contribución privada a bienes públicos y, por ello, dirimir qué postura es mejor es cuestión más de ideología que de economía, tal y como hemos discutido repetidamente en este blog (por ejemplo, aquí). Por este motivo, no es mi interés decir nada a ese respecto y en esta entrada discuto, en cambio, hasta qué punto la investigación en economía permite entender cuál es la motivación detrás de las contribuciones privadas y de los actos de mecenazgo en particular. Como muestro a continuación, la respuesta a esta pregunta determina cuál es la efectividad de las contribuciones privadas como substituto de la financiación pública.

Los primeros trabajos interesados en entender el efecto de la filantropía en general han partido de la idea que mecenas y benefactores se movían por altruismo, entendido como su interés en que algunos bienes públicos se proporcionaran. Esta motivación daba lugar a implicaciones tan sorprendentes como poco realistas. Así, trabajos como Warr (1982) predecían que incrementar la financiación vía impuestos de bienes públicos aumentaba eso no generaba un aumentaba los fondos de las instituciones porque los benefactores (que veían que el bien se seguiría financiando igualmente) decidían disminuir sus aportaciones en la misma medida. Es decir, cada euro de dinero público desplazaba (en inglés crowded-out) un euro de dinero privado.

Que algo de desplazamiento existe parece intuitivo dado que un incremento de impuestos para pagar un aumento en el gasto cultural, por ejemplo, implica que los contribuyentes tendremos menos dinero y decidiremos reducir nuestras aportaciones primero de aquellas actividades que ahora tienen una mayor financiación. Es algo parecido a lo que oímos a veces de gente que dice no dar dinero a ONGs porque ya las está financiando a través de sus impuestos.

Las estimaciones de la mayor parte de los estudios (ver Andreoni (2004) para un resumen de la literatura) muestran que, efectivamente, el dinero público desplaza en parte la financiación privada y eso explicaría por qué tenemos diferentes modelos según el país: en algunos los bienes públicos se financian principalmente a través de dinero público y en otros la financiación proviene en gran parte a través del dinero privado. Sin embargo, los resultados indican que el desplazamiento nunca es del 100%. Es decir, el altruismo no puede explicar por qué la gente dona dinero.

Este resultado ha llevado a intentar explicar la filantropía como resultado de motivaciones “egoístas”. Es lo que se ha llamado en inglés “warm-glow of giving” o altruismo “impuro” (ver Andreoni (1990)) y que implica que para el mismo nivel de financiación de un bien público, derivamos mayor satisfacción si somos nosotros los que hemos aportado ese dinero. Puede que sea porque nos sentimos mejor con nosotros mismos o, quizás, porque la placa que la institución ha puesto con nuestro nombre nos otorga una reputación ante el resto de la sociedad.

Si el motivo de las donaciones proviene del altruismo puro o impuro es importante a la hora de decidir qué deducción deberían tener estas actividades en la declaración de IRPF. Si las donaciones se deben únicamente la altruismo, aumentar la deducción no debería tener efectos prácticos: la disminución en los ingresos fiscales sería idéntica al incremento en la contribución privada. Sin embargo, si los ciudadanos nos beneficiamos de estas donaciones, aumentar la donación podría tener un efecto mucho mayor.

El trabajo de Ottoni-Wilhelm, Vesterlund y Xie (publicado recientemente en el American Economic Review) es uno de los primeros intentos de entender cuando una motivación es más importante que la otra. Para ello, construyen el siguiente experimento. Con la ayuda de la Cruz Roja lanzan una fundación para proporcionar libros a niños cuyo hogar ha quedado destruido por un incendio. La Cruz Roja ya estaba ayudando a estos niños y sus familias para otros propósitos y este dinero es, por tanto, una ayuda adicional. A cada uno de los individuos del expermiento (los donantes) se le daba dinero (entre $40 y $46) que podían decidir si destinaban al niño que se le había asignado o se lo quedaban. Como parte del experimento, también se les informaba del dinero que la fundación iba a dar directamente a los niños, y que oscilaba entre los $4 y $34. Esta variación entre el dinero que tenían los donantes y las aportaciones de la fundación les permite distinguir qué parte de la donación se debe al interés en una aportación total determinada (el altruismo) o en la parte de la misma que los individuos quieren hacer.

Sus resultados son interesantes porque muestran que cuando hay poco dinero disponible un incremento de la aportación por parte de la fundación de $1 genera una disminución en la donación privada de prácticamente la misma magnitud ($0.94). En cambio, cuando el dinero total es mayor la disminución es mucho más reducida ($0.77). Es decir, el desplazamiento es menor cuanto más dinero vaya a recibir el niño. Estos resultados sugieren que el altruismo es una motivación importante cuando el nivel de financiación de un bien público es bajo pero a medida que las aportaciones totales al bien público aumentan los individuos colaboran por la satisfacción individual que ésto les genera.

Esta interpretación de los resultados sería consistente con la idea de que en la financiación básica de los bienes públicos las aportaciones privadas no generan ganancias adicionales y, por tanto, el uso de deducciones hará poco para aumentar los fondos disponibles. Sin embargo, las deducciones pueden ser útiles si se trata de incrementar la financiación de bienes públicos que ya tiene un buen nivel. Eso, claro, si no nos importa tener una placa con el nombre de los benefactores en la puerta.

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