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Mercados Radicales

De Daniel García.

Hoy voy a hablarles del libro “Radical Markets” recientemente publicado por Eric Posner (profesor de la Chicago Law School e hijo del famoso juez Richard Posner) y Glen Weyl (ahora en Microsoft Research y antes en la Universidad de Chicago). Mi intención no es hacer una reseña al uso (ya existen muchas) sino discutir dos de las propuestas enunciadas por Posner y Weyl, desde una perspectiva española.

El libro se estructura en una serie de capítulos que pueden leerse casi independientemente. En cada capítulo, los autores ofrecen una propuesta “radical” para solucionar un problema al que se enfrentan (en mayor o menor medida) las sociedades occidentales. El libro es muy ambicioso pues abarca temas tan dispares como el control de los fondos pasivos, la distribución de los beneficios de la inmigración o el uso que las compañías tecnológicas hacen de nuestros datos. La idea fundamental es que muchos de estos problemas podrían resolverse si se estableciera un marco regulatorio más justo que permitiese el desarrollo de mercados abiertos en los que todos los ciudadanos tengan las mismas posibilidades. Según Posner y Weyl, el problema del capitalismo neoliberal no es que tenga fe en los mercados sino que su fe es ciega.

El primer capítulo explora la idea de que toda propiedad otorga un cierto poder de monopolio, y por tanto, debe ser sujeta a regulación. La razón fundamental es que no hay dos activos (piense el lector en apartamentos o terrenos) exactamente iguales, y eso permite que cada propietario goce de un cierto poder de mercado. En efecto, la competencia perfecta requiere que exista un gran número de compradores y vendedores similares, de modo que si uno de ellos decide “aguantar” para obtener un precio mejor (especular) otro vendedor idéntico ocupará su lugar y le dejará fuera, garantizando que sean aquellos que estén dispuestos a pagar más quienes disfruten de cada bien. El problema surge cuando no existen tantos “competidores”, pues esto permite a los propietarios exigir un precio superior al valor que obtienen por su bien, con la esperanza de obtener beneficios extraordinarios.

El mercado de la vivienda es, sin duda, el más afectado por este problema. No es casualidad que sea el mercado que peor funciona en las economías capitalistas. Viviendas vacías, espacios sin construir, viviendas unifamiliares situadas al lado de rascacielos, burbujas y pinchazos…. Los propietarios no están dispuestos a vender por un precio igual al valor que derivan de su vivienda sino que esperan obtener un beneficio adicional, lo que reduce la liquidez en el mercado y genera una asignación ineficiente.

¿Cómo solucionar esta situación? Posner y Weyl ofrecen una solución basada en la creación de un impuesto a la propiedad. Este impuesto sería una especie de IBI con dos diferencias significativas. Primero, sería el propietario quien tasase su propia vivienda. Segundo, el propietario estaría obligado a vender al valor de tasación (una especie de cláusula de rescisión, por usar un símil futbolístico). Para entender cómo funciona este impuesto, suponga que el tipo de gravamen es aproximadamente igual a la proporción de viviendas que cambian de manos en un año, digamos un 5%. En este caso, el propietario se enfrenta a una difícil decisión cuando decide en cuánto valorar su vivienda. Si elige un valor superior al que obtiene con su uso, pagaría un 5% de esa plusvalía si no encuentra comprador. Como contrapartida, uno de cada veinte años aparece un comprador, y el propietario obtiene su plusvalía. En media, la ganancia es cero y la mejor opción es valorar la propiedad exactamente en su valor de uso (neto del pago de impuestos).

Aunque el tipo de gravamen seguramente deba ser inferior, la introducción de este impuesto siempre redundará en un incremento de la liquidez del mercado y una mejor asignación. Poseer viviendas vacías sería un lujo que solo aquellos que tengan unas expectativas particularmente optimistas sobre el valor de una propiedad podrían permitirse. Los precios de las viviendas caerían significativamente y muchos más ciudadanos podrían acceder a ellas.

Imagino que muchos de nuestros lectores tendrán dudas respecto a la implementación del impuesto. La idea de un millonario caprichoso adquiriendo una vivienda en la que una familia venida a menos guarda los recuerdos de sus antepasados, sin que estos puedan hacer nada para impedirlo podría ser el argumento de una novela de Philip K. Dick. Pero, desde mi punto de vista, la mayoría de estos problemas podrían solucionarse con exenciones.

El segundo capítulo proporciona una nueva narrativa sobre las instituciones democráticas y la división de poderes. Desde el punto de vista de Posner y Weyl, la historia de la democracia es una historia de conflicto entre la representación de la visión de la mayoría y el respeto de los derechos de las minorías. La democracia representativa, la división de poderes y la independencia judicial actúan como contrapeso a los vaivenes de la “opinión pública” y los llamados “populismos”. El resultado, como sabemos, está lejos de ser ideal. El poder que obtienen los grupos de presión, la rigidez de los partidos políticos, la politización de la justicia y los medios de comunicación, etc. son algunos de los problemas más graves de nuestras sociedades.

Posner y Weyl ofrecen una alternativa bastante curiosa (acaso naif). Para estos autores, el problema de la democracia directa es que no permite a los ciudadanos mostrar la intensidad de sus preferencias (ver aquí una aplicación al asunto catalán).  Para solucionarlo, bastaría con permitir que cada votante acumulara “derechos de voto”, absteniéndose en aquellas votaciones que no le resulten demasiado relevantes y los utilizara en las votaciones que fueran más importantes. Para garantizar que unos pocos ciudadanos no puedan determinar el resultado final, sin embargo, el coste adicional de cada voto sería creciente (aproximando la externalidad de Vickrey). Esto permitiría que los derechos de las minorías estén representados sin necesidad de sacrificar la legitimidad de las urnas.

Aunque no tengo espacio aquí para extenderme en los aspectos prácticos de estas propuestas ni elucubrar sobre sus presumibles efectos a largo plazo, espero que esta entrada haya picado su curiosidad y haya ofrecido una nueva perspectiva a algunos de los problemas de nuestra sociedad.