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Qué maximiza el homo economicus (I)

Nota: Agradezco a Carmen Beviá, José Luis Ferreira y Juan D. Moreno-Ternero sus comentarios a una versión preliminar de este trabajo.

El Homo Economicus (HE) no es más que un Homo Sapiens que maximiza. Y la maximización tiene tres partes. Lo que maximiza, cómo lo maximiza y qué información posee. En su versión más estilizada:

1) Lo que maximiza es su propia satisfacción (así se caiga el mundo).

2) Lo hace al milímetro, perfectamente.

3) Tiene información completa, perfecta, ilimitada.

Bueno pues lo primero que quiero decir es que ese modelo es como el modelo físico del plano sin rozamiento que puede parecer absurdo, pero es la base del diseño de motores y carreteras. Este modelo aísla los elementos importantes, nos ilustra cómo se interrelacionan y prepara el camino a modelos más detallados. ¡Y con mucho éxito! En otras palabras, si vas a construir un avión, construye primero una maqueta. Luego ponla en un túnel de viento y empieza a parchear. Como dicen Hahn y Hollis "Theories have to simplify and then have to patch" (Philosophy and Economic Theory, p. 13, Oxford U. Press).

En esta triple entrada voy a tratar sólo el primer aspecto del HE, siendo el segundo objeto de entradas en NeG sobre economía del comportamiento. El lector interesado en el papel del egoísmo en nuestros modelos puede leer estas dos entradas de Jose Luis Ferreira (1 y 2). Quizá algún día hable del tercero.

Lo segundo que quiero transmitir es que a pesar de los muchos chistes de economistas que todos hemos contado alguna vez, en los que aparecemos invariablemente como poco espabilados, quizá eso no sea así. En la economía, como en cualquier colectivo hay gente para todo. Y por cierto, un experimento realizado por el recientemente fallecido famoso psicólogo James Flynn
que se cuenta en las páginas 47-8 de Range (un interesante libro de David Epstein del que hablaré algún día), encontró que en un test conceptual administrado a estudiantes de grado en una de las mejores universidades de US, los estudiantes de economía fueron los que mostraron una mayor comprensión de los procesos lógicos. Y se suma a esto que los académicos de economía somos muchos. Las carreras de economía son muy populares y esto hace que los departamentos de economía sean grandes lo cual aumenta las posibilidades de que algún economista acierte en la diana.

Lo tercero, es que está bien que ejerzas una actividad mental crítica, pero empieza por aplicarte esa crítica a ti mismo y piensa "Esto a lo mejor se le ha ocurrido a alguien antes o se ha descartado porque no tiene sentido". Teclea tu idea (en inglés) en Google Scholar y espera varios miles de resultados... (ya verás en la segunda parte de esta entrada). O haz una pregunta en nuestro blog. Y que alguien que está al día de lo que se hace te dé una respuesta. En una reciente entrada Juan Francisco Jimeno criticaba a aquellos que piensan que la economía es poco útil porque usa invariablemente el supuesto de que el mundo es Gaussiano). Existen literalmente miles de trabajos y de partes de la econometría que no usan ese supuesto (ver el comentario de Juanjo Dolado en esa entrada). Resumiendo, no critiques sin saber hasta dónde llegamos. La economía que se estudia en los primeros años de grado es MUY elemental. Dicho esto, y aplicándome a mí mismo esta receta, hay que reconocer "que se abusa del postulado (del egoísmo) y que se usa en situaciones en que no debería hacerse" como dijo José Luis Ferreira aquí.
Y dicho esto pasemos a nuestro temita.

El porqué del Homo Economicus

Como siempre, es útil comenzar por un poco de historia. La maximización egoísta fue una invención de nuestro Adán, Adam Smith. Y ¿por qué se le ocurrió tal cosa? Pues verás, Smith era más bien un filósofo (posiblemente por influencia de su amigo Hume) aunque en aquellos tiempos los campos no estaban muy delimitados (de hecho, Hume escribió uno de los primeros tratados sensatos sobre el dinero). Y escribió una obra titulada Teoría de los Sentimientos Morales en la que distinguía entre sentimientos egoístas y benevolentes. ¿Por qué entonces, si Smith reconocía la importancia de los sentimientos no egoístas, los eliminó de su magna opus La Riqueza de las Naciones? Pues verás, éste último libro trata de sistemas económicos muy grandes, de naciones. En esos sistemas la benevolencia tiene un impacto muy limitado. Imagínate que tú le das todas tus posesiones al mundo. El mundo no cambia, pero tú ahora eres pobre. Incluso si la persona más rica del mundo dona toda su fortuna tocaríamos a unos pocos dólares per cápita. Y ahí se acabó. En términos de las ganancias a lo largo de una vida, nada. Y el rico es ahora un pobre más. Este razonamiento hace que limitemos nuestra benevolencia hacia la humanidad y que como primera aproximación, pensar que el carnicero te vende la carne por la autosatisfacción que le proporciona tu dinero y no por lo bien que le caes o que pagamos impuestos porque eso se vigila, es un buen comienzo. Este tema se desarrolla en profundidad en este excelente artículo de Ronald Coase.

En sociedades pequeñas, grupos de amigos, familia, tribus, etc. la benevolencia funciona y por eso la ejercitamos diariamente. Por ejemplo, la economía de la familia considera que los agentes maximizan una combinación de su utilidad y la de su compañero. Aquí tienes un excelente libro de texto sobre ese tema. Aunque en esto hay que ser finos. Para que la benevolencia funcione no puede ser excesiva (mira la maximización en la p. 103 y siguientes de la cita anterior). Y, a largo plazo, tiene que haber un castigo a los que no son benevolentes. Sethi y Somanathan (2001) muestran como agentes que recompensan a los benevolentes y castigan a los egoístas mantienen la cooperación en pequeños grupos. En grandes grupos, Lahkar (2019) demuestra que los tipos egoístas dominan en términos de pagos a cualquier otro tipo. O sea que en sociedades grandes y anónimas puedes ser benevolente, pero verás que los que no lo son, están mejor que tú, tienen mejores vacaciones, sus hijos visten más chulos... me temo que muy posiblemente no aguantes como benevolente por mucho tiempo. Otro caso en el que la benevolencia puede funcionar es cuando implica poco trabajo. Yo trato de reciclar la basura lo mejor que puedo y me lleva un minuto al día. Aun así, hay países europeos (Holanda) donde se inspecciona la basura y las multas por incumplimiento no son pequeñas.

Tú dirás que hay otros sentimientos aparte de la benevolencia y el egoísmo. A la gente le importa el medio ambiente, la igualdad, mil cosas más. Y así es y se ha demostrado experimentalmente; mira aquí y aquí (sí, la economía es una ciencia experimental hace tiempo, mira esto). ¿La economía se olvida de todos estos sentimientos? Pues no. Vamos por partes.

Cuando la maximización egoísta es un buen modelo

Hemos quedado que el HE no es más que una simplificación para empezar a entender. Pero, además, hay casos en los que, a pesar de que la gente tenga sentimientos no egoístas, para explicar la realidad, puedes olvidarte de todo lo que no sean sentimientos egoístas. Aquí dos ejemplos.

1) Supón que eres una persona que, además de tu bienestar, te importa, y mucho, la igualdad en el mundo. Pero cuando estás decidiendo tu medio de transporte para ir a un espectáculo, o si tu segundo plato va a ser pescado o carne, tus creencias sobre la igualdad no son muy relevantes. En términos técnicos, la desigualdad si afecta a tu utilidad, pero no afecta a como ordenas los espectáculos o las viandas (o sea, no afecta a la tasa marginal de sustitución entre bienes). La condición general que garantiza que tus creencias sobre otras cosas no afectan a tu demanda está aquí, y aquí hay un trabajo (entre muchos) sobre cómo incorporar la desigualdad en las preferencias de los individuos.

2) Ahora supón que a tí te importa el medio ambiente. Por tanto, en la elección de tu medio de transporte o de tu comida las consideraciones de medio ambiente son importantes. ¿Han variado tus preferencias en los últimos tiempos? Si la respuesta es que no, entonces, aunque importan, son constantes, como los gustos. Y cuando estimes tu función de demanda de alimentos o de transporte, aparecerán afectando a las constantes de la ecuación que las representa. A efectos prácticos son tan importantes como tu tolerancia al ruido o tu gusto por ciertos colores. Pero en la medida en que no cambian no tienen valor para explicar los cambios.

¿Y qué pasa cuando estas consideraciones no bastan para entender la realidad económica? Pues de eso irá la próxima entrada.