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Reinventar el capitalismo en un mundo en conflicto

Por Aleix Calveras

El punto de partida del libro Reimagining capitalism in a world on fire de Rebecca Henderson, catedrática en Harvard, es claro y difícilmente discutible: los retos a los que se enfrentan nuestras sociedades son enormes -la degradación medioambiental masiva, la desigualdad económica y el colapso institucional de las democracias liberales. Henderson analiza la responsabilidad del sistema capitalista en estos problemas y qué se debería hacer ante ellos, centrándose en el papel que pueden y deben tener las empresas. Henderson es profesora de Estrategia empresarial y su libro es fruto de un curso con el mismo título que lleva impartiendo hace ya años en la Harvard Business School. Su particular perfil académico se nota, para bien y para mal, como explicaré.

Su diagnóstico de los fallos del capitalismo es el habitual: mercados y precios que no incorporan los costes externos de la actividad empresarial (por ejemplo, la emisión de CO2) ni se preocupan por la desigualdad; empresas que simplemente maximizan su rentabilidad (a menudo a corto plazo) à la Friedman, es decir, sin preocupaciones sociales; y empresas que influyen en el proceso político y la regulación a la que se ven sometidas con el único propósito de incrementar sus beneficios. Ante esto, la propuesta de Henderson no es novedosa, aunque no por ello deja de ser interesante: las empresas deberían abandonar la doctrina de Friedman de la maximización del valor para el accionista y adoptar un propósito social auténtico por el que la misión y los objetivos de la empresa vayan más allá de ganar dinero: mejorar la vida de los clientes, resolver problemas medioambientales y sociales y apostar por la creación del valor compartido (Porter, 2011). Mientras que la creación de valor compartido es un concepto más claro (muy similar al de la tradicional responsabilidad social de la empresa, (RSE), es decir, el desarrollo de un modelo de negocio que cree valor para la empresa y sus stakeholders), el concepto de propósito social y lo que supone es algo más complejo; la rentabilidad pasaría a ser una restricción a la función objetivo de la empresa que a su vez sería la resolución de alguna problemática social (véase Mayer, 2021).

Henderson hace un muy buen trabajo aportando casos de empresas en los que la adopción de un propósito social ha supuesto un papel importante en su desempeño tanto social como económico. Un ‘auténtico’ propósito social junto a una gestión de personal de alto compromiso en la que se empodera al empleado y se confía en él (política ‘high road’ opuesta a la Taylorista basada en la desconfianza en el trabajador y la necesidad de jerarquías) permite desarrollar e innovar en la creación de valor compartido y es positivo tanto para la empresa como para la sociedad en su conjunto. Henderson ilustra con múltiples casos estas ideas (empresa de residuos Noruega, Wal Mart, Unilever y las bolsas de té, y un largo etc.). En su conjunto, sin embargo, el texto adolece del problema típico de muchos de los textos que defienden la RSE: la indefinición al respecto de si su impulso debe ser puramente estratégico, por conllevar una mayor rentabilidad de la empresa, o si debe ser un impulso moral, con lo que es razonable esperar que en ocasiones supondrá una reducción de la rentabilidad. Aunque en algunos puntos Henderson parece inclinarse por la versión moral, lo hace de una forma muy tímida (supondrá reducción de rentabilidad “ocasionalmente”, “en el corto plazo”, pp. 105 y 107), y sin poder resistirse a endulzar la propuesta con la promesa de un círculo casi siempre virtuoso en el que apostar por empresas más éticas lleva a hacerlas también más rentables.

La segunda propuesta principal del libro (necesaria para facilitar la adopción de un propósito social por los directivos de las empresas) es la reestructuración de los mercados financieros. Aquí el auge de las métricas ESG (Environmental, Social, Governance) es clave; también la necesidad de contar con inversores con un propósito social que permita e incentive su adopción por parte de los directivos de las empresas en las que invierten. Nada nuevo bajo el sol, pero interesante por los múltiples casos comentados. Un aspecto a resaltar es la preponderancia que Henderson da a las finanzas como palanca del cambio, muy por encima del papel que puedan jugar los consumidores responsables (esta tesis se observa de forma más clara en alguna de sus entrevistas que en el libro, donde la presenta de forma más sutil). La capacidad del acto de compra del consumidor para cambiar las cosas será siempre limitada: su impacto individual es por definición pequeño y la relación calidad-precio siempre será determinante en las decisiones de los consumidores. Los gigantescos fondos de inversión, en cambio, controlan una cantidad enorme de los activos mundiales por lo que tienen incentivos a internalizar en buena medida los efectos externos de la actividad de las empresas en las que invierten (¿sería esto un contrapeso a los posibles efectos anticompetitivos que puede generar la propiedad conjunta de empresas por los fondos de inversión?).

En la parte final del libro, Henderson discute otras dimensiones del papel de las empresas en nuestra sociedad. Así, aboga por la cooperación entre ellas (por ejemplo, autorregulándose para producir un aceite de palma sostenible que no sea fruto de la deforestación), y la cooperación con los gobiernos para que la provisión de los bienes públicos sea más efectiva (evitando el ‘lobbying’ a favor de políticas favorecedoras de la rentabilidad a expensas del medioambiente). Además, entrando en un ámbito más político, las empresas deben según Henderson apostar por la existencia de gobiernos democráticos, transparentes e inclusivos. Por ejemplo, abogando en contra de políticas que dificulten el voto de las minorías (como sucede en los EEUU), o políticas anti-transgénero.

El libro es sin duda interesante, relevante ante la situación actual y ameno, aunque desafortunadamente la traducción al castellano sea mejorable. Sus puntos fuertes y flojos vienen dados precisamente por el perfil de la autora, en particular por su perfil de management y sus muchos años de investigación, docencia y consultoría con empresas, lo que hace que las secciones más íntimamente ligadas a la actividad empresarial tengan más fuerza. Seguramente, la principal fortaleza del libro es que dedique buena parte de sus páginas a ilustrar la propuesta de la autora mediante interesantes casos de éxito de empresas. Sin embargo, esta aproximación también genera dudas al respecto de en qué medida la lección que Henderson pretende extraer de esos casos es generalizable (por ejemplo, en qué medida un propósito social ‘auténtico’ generalizado en la economía llevaría a las empresas a un mejor desempeño social y económico). Aunque la autora aporta abundantes notas a pie de página con referencias a estudios que pretenden generalizar su argumentación, estas no evitan las dudas sobre qué lecciones se pueden extraer de los casos explicados.

Henderson propone ‘reinventar’ el capitalismo, pero adopta la versión estadounidense como punto de partida. Por ello, aunque buena parte de sus propuestas son novedosas para los EEUU, no lo son en general al estar ya presentes en países como Alemania o Dinamarca (sistemas de salud públicos universales, papel importante de los sindicatos, mayor presencia de cooperativas de trabajadores o consumidores, y un largo etcétera). Todas ellas son medidas que pueden tener mucho sentido, pero en ningún caso suponen la reinvención del capitalismo.

No obstante, el núcleo de la propuesta de cambio del capitalismo de Henderson sí que parece hoy en día revolucionario: el abandono por la empresa de la rentabilidad como único credo y la incorporación del propósito social como máxima empresarial. ¿Cuán realista y factible es? Branko Milanovic, autor de ‘Capitalism, alone’, seguramente opinaría que muy poco dado el ‘capitalismo comercial’ en el que vivimos. Milanovic cree que es mejor suponer que las empresas son plenamente Friedmanitas en su comportamiento y regularlas en consecuencia. Claro que, para ello, habría que cortar el nudo gordiano que une el lobbying empresarial con la regulación. ¿Qué aproximación es más realista y cuál más optimista, la de Henderson o la de Milanovic?