Cuidar a quien nos cuida

Por Judit Vall y Núria Mas

A principios de octubre, el mundo contaba ya con más de 34,5 millones de casos diagnosticados de covid-19 y más de 1.000.000 de muertos; por tanto, se puede decir, sin paños calientes, que en muchos países estamos en plena segunda oleada de la pandemia, con un repunte preocupante del número de casos, como testimonian los datos del European Centre for Disease Prevention and Control.

Ante la gravedad del virus y para intentar evitar el colapso de sus respectivos sistemas sanitarios, la mayoría de los países adoptaron, tanto al principio de la pandemia como en la actualidad, medidas de distanciamiento social y de limitación de la actividad económica que han tenido implicaciones sociales y económicas importantes. La OMS ha advertido que la pandemia tendrá consecuencias emocionales graves y que aumentará la incidencia de los trastornos de la salud mental entre la población. Tales efectos se deben a varias razones, entre otras, la incertidumbre asociada al pronóstico grave que tiene la enfermedad en muchos casos, la falta de un tratamiento eficaz, la escasez de recursos sanitarios, la imposición del aislamiento y del distanciamiento social, y la preocupación por las pérdidas económicas que se derivan de la caída de las actividades productivas.

El efecto de algunos de esos impactos será más fuerte en el colectivo de profesionales de la salud, ya que su riesgo de contraer la enfermedad es mayor que en el resto de las personas; además, están sujetos a una fuerte presión psicológica por el peligro potencial que suponen para sus familiares cercanos (de hecho, algunos sanitarios se aislaron en la primera oleada); y, asimismo, sufren el estrés diario de lidiar con la pandemia en la primera línea, donde se trabaja en circunstancias extremadamente complicadas y hay que tomar decisiones muy difíciles.

En un estudio realizado en China durante los primeros meses de expansión de la covid‑19 y con una muestra de más de 1.200 sanitarios de 34 hospitales, se ha observado que una parte significativa de esos profesionales presenta ansiedad, insomnio, depresión y angustia.[1] Además, otros estudios que se centran en epidemias anteriores (como la del SARS o la del ébola) registran que el colectivo de trabajadores sanitarios padece trastornos de salud mental que persisten hasta tres años después del final de la epidemia. Por lo tanto, se trata de un problema cuantitativamente importante y con posibles efectos negativos a largo plazo.

Con el objetivo de medir los efectos de la pandemia sobre el bienestar físico y mental de los profesionales de la salud, y, también, de entender la interacción de las características personales y profesionales, diseñamos una encuesta en coordinación con la Fundación Galatea y el Col·legi de Metges de Barcelona. Contestaron 1.648 médicos de Cataluña, de los que el 64,3 % son mujeres, y la edad media de la muestra fue 51 años.

Pensamos que la información extraída de dicha encuesta resulta crucial para planificar la respuesta a posibles brotes futuros (que ya son presentes) de la enfermedad dirigiendo mejor los recursos de apoyo a estos profesionales, así como para garantizar que la comunidad sanitaria reciba la atención que necesita para poder rendir con toda su capacidad. En esta entrada resumiremos las principales conclusiones de la encuesta.

En primer lugar, cabe destacar que la primera oleada de la covid-19 supuso un incremento sustancial de las horas de trabajo, que aumentaron el 6,4 %: pasaron de un poco más de 42 horas semanales antes del brote pandémico a 44,7 h/sem durante los meses de marzo, abril y mayo. También aumentó mucho el número de personas de la muestra que pasaron a trabajar en la UCI o en urgencias; de los médicos encuestados, antes de la pandemia estaban en esas áreas el 7,2 % y pasaron al 11 % durante el pico de la enfermedad.

En segundo lugar, tanto el autoconfinamiento y la preocupación por el bienestar de sus seres queridos como el estrés diario que supuso la lucha contra la covid-19 en condiciones extremas, han tenido consecuencias negativas sobre la salud de los médicos, con secuelas que se mantienen a medio y largo plazo, ya que aún no han recuperado el estado de salud anterior al brote de la enfermedad.

El gráfico 1 muestra que antes de la primera oleada el 49,6 % de los médicos de Cataluña nunca o muy pocas veces sentían cansancio, mientras que el 18,9 % de los encuestados estaba cansado muchas veces o siempre. Durante el pico de la pandemia, esos números pasaron al 23,9 % y al 57,6 %, respectivamente, y en el mes de julio todavía no habían recuperado su estado anterior al brote.

Gráfico 1. Cansancio físico. Porcentajes de respuesta a la pregunta ¿con qué frecuencia experimenta(ba) cansancio físico en su trabajo?

Por otra parte, la salud emocional de los médicos también se ha visto fuertemente afectada por la pandemia y sigue sin recuperar el estado previo a ella. Así, antes de aparecer la covid-19, el 54,4 % de los médicos no sentía nunca agotamiento emocional o lo sentía muy pocas veces. Ese porcentaje cayó al 18,1 % durante la pandemia y durante el mes de julio se situó en el 30,4 %.

Gráfico 2. Agotamiento emocional. Porcentajes de respuesta a la pregunta ¿con qué frecuencia experimenta(ba) agotamiento emocional en su trabajo?

En tercer lugar, creemos que es importante destacar dos elementos negativos que revela la encuesta: las repercusiones sobre la salud física y emocional de los médicos se agudizan para los que han estado trabajando en urgencias, en la UCI o en atención primaria, así como entre los que decidieron confinarse (el 33 % de los médicos de nuestra muestra afirman que se aislaron físicamente de su familia aunque solo el 9,2 % dice que le diagnosticaron covid-19). Para estos colectivos, no solo la salud empeora de manera sustancial durante la pandemia, sino que su recuperación es más lenta.

Aun así, no todos los resultados son negativos; nos gustaría introducir dos apuntes positivos, que permiten extraer algunas conclusiones acerca de las políticas públicas que ayudarían a los médicos a preservar su salud en estos momentos tan complicados.

El primer elemento positivo es el papel protector que ejercen los equipos de trabajo. Aquellos profesionales que se sintieron bien tratados y bien valorados por sus colegas, por un lado, y que consideran que el trabajo de su equipo fue bueno, por otro lado, sufrieron un impacto menor sobre la salud tanto física como mental durante el brote pandémico y, además, se recuperaron más deprisa durante los meses de junio y julio.

No fue únicamente su salud lo que sufrió menos, sino que también afirman que se vieron expuestos a menos conflictos éticos durante los meses de la primera oleada de la pandemia. En el gráfico 3, vemos que, mientras que el 31,2 % de los médicos que no formaban parte de un equipo protector reporta que se ha enfrentado frecuentemente a problemas éticos desde el mes de marzo, el porcentaje se reduce al 24,5 entre los profesionales que sí estaban integrados en un equipo de trabajo protector.

Gráfico 3. Porcentajes de respuesta a la pregunta ¿con qué frecuencia se ha tenido que enfrentar a conflictos éticos durante los meses de la pandemia?

Por último, es importante señalar el segundo elemento positivo del estudio, que consiste en que el fuerte compromiso y la profesionalidad del colectivo médico permanecen intactos a pesar de las duras condiciones y el alto grado de estrés a los que se han visto sometidos durante la primera oleada de la covid-19. Por ejemplo, aunque el 24 % de los médicos afirmaron que se habían planteado dejar la profesión en los últimos meses, solo el 2 % siguió contemplando esa posibilidad durante los meses de junio y julio. Es decir, el 22 % ya había descartado cambiar de sector. Asimismo, su compromiso con los pacientes seguía siendo muy alto.

Por lo tanto, creemos que es crucial cuidar a quien nos cuida; para ello hay que reforzar el papel y la autonomía de los equipos de trabajo, promover la formación de los profesionales en técnicas de gestión y prevención del estrés y las dificultades, y situar la salud de los profesionales médicos como una de las principales prioridades de las autoridades sanitarias.

Acabamos resaltando que, en estos momentos, estamos ampliando la muestra para incluir a otros colectivos de profesionales de la salud del ámbito de Cataluña: enfermería, trabajadores sociales, odontólogos y farmacéuticos; al mismo tiempo, la muestra abarcará profesionales médicos y de enfermería del resto de España. Esa muestra ampliada nos permitirá extraer conclusiones más precisas y de mayor alcance.

[1] Lai, J, Ma, S., Wang, Y. et al. (2020). Factors associated with mental health outcomes among health care workers exposed to Coronavirus disease 2019. JAMA Netw Open, 3(3): e203976. doi:10.1001/jamanetworkopen.2020.3976

Hay 2 comentarios
  • Tengo la suerte de tener muchos amigos médicos, la mayoría jubilados, algunos con enfermedades de elevado riesgo, y todos ellos volvieron a sus puestos. Una amiga de mi compañera se contagió y estuvo muy grave, lo pasó en casa vigilada por sus compañeros y con autocontrol. Lloró porque no pudo aguantar y tuvo que abandonarlos, eran un equipo. Me confesó que se rompía cuando tenía que escoger uno entre tres para el respirador, que menos mal de ser equipo.
    Pero vayamos al título de la entrada.
    En Catalunya el salario de un MIR, que es médico en prácticas con carrera, va de los 16.761 euros en el primer año a los 23.205 en el quinto. Un médico sin especialidad 31.000. Un policía en prácticas 34.000. La diferencia en exigencia de estudios entre unos y otros es abrumadora.
    ¿Con eso qué quiero decir?
    Pues que para cuidar a quien nos cuida hay que respetar. Y en nuestro mundo capitalista, en el que casi todo se valora con dinero, el respeto se demuestra pagando.
    Menos mal de que en sanidad el “casi” pesa mucho, porque gracias a él nos hemos salvado.

    • Hola Pau, gracias por tu aportación, muy interesante y va muy en la linea de los resultados que encontramos nosotros en el estudio sobre el papel protector del equipo de trabajo. Estoy totalmente de acuerdo con el comentario final sobre los salarios (aunque yo lo pondría de manera más general; condiciones laborales) que recibe el personal médico en el sector público.

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