COVID en el mundo. Colombia

Hoy publicamos la novena entrada de la serie sobre el impacto de la pandemia en diferentes países. El objetivo de esta serie es dar a conocer la situación objetiva y subjetiva de la pandemia (gestión, incidencia, retos, etc…) en otros lugares, para poder sacar lecciones sobre los elementos que se pueden/deben mejorar en la gestión de la pandemia en nuestro entorno.

La primera se centró en el caso del Reino Unido (aquí), la segunda en Argentina (aquí), la tercera en los Países Bajos (aquí), la cuarta en Australia (aquí), la quinta en México (aquí), la sexta en Brasil (aquí), la séptima en Israel (aquí) y la octava en Canadá (aquí). Hoy nos fijamos en Colombia. Como se puede observar en el gráfico 1, en el caso de Colombia la incidencia por 100.000 habitantes ha sido básicamente menor que en España en prácticamente todos los períodos de la pandemia (con alguna excepción los últimos dos meses en el número de casos y durante el verano de 2020). En cambio, si nos fijamos en las muertes por 100.000 habitantes la evolución y nivel han sido similares en los dos países, excepto en la primera oleada de la pandemia. Andrés Álvarez de la Universidad de Los Andes nos expone las razones que explican la evolución de los datos de la pandemia en el caso de Colombia. Gracias por participar en esta iniciativa y por ayudarnos a entender las razones de la evolución en el número de casos y la mortalidad en Colombia.

Gráfico 1. Número de casos nuevos diarios en España (naranja) y en Colombia (azul) por cada 100.000 habitantes. Fuente: Organización Mundial de la Salud.

Gráfico 2. Número de muertes diarias en España (naranja) y en Colombia (azul) por cada 100.000 habitantes. Fuente: Organización Mundial de la Salud.

Colombia: La crisis sanitaria y la crisis económica formando una espiral.


Por Andrés Álvarez, profesor de la facultad de economía de la universidad de Los Andes - Bogotá.

A pesar de los progresos económicos y sociales que el país logró desde el inicio del siglo 21 Colombia es un país que acumulaba problemas sociales estructurales que se revelaron críticos con la crisis actual. Como en toda la región, la crisis desatada por el Covid-19 ha tenido efectos devastadores en Colombia. No solo por el incremento en mortalidad, sino por las heridas económicas que ha dejado para el futuro. Podríamos decir que esta crisis, en muchos aspectos, devolvió al país al menos una década atrás. Este retroceso llega además en un momento delicado de la historia, donde el país creía por fin estar en ruta para escapar de su pasado de violencia, ilegalidad e inequidades sociales.

La crisis económica precipitada por la crisis sanitaria también ha tenido repercusiones en la evolución del contagio y las muertes. En Colombia se han presentado tres picos claramente marcados de contagios y muertes desde marzo de 2020 (Datos oficiales aquí). Pero, aún más importante, es uno de los pocos países del mundo donde cada uno de los picos ha venido siendo peor que el anterior. Esto está fuertemente relacionado con la crisis económica y social que la misma pandemia ha desatado.

Actualmente el país está en pleno tercer pico, a pesar de que el proceso de vacunación ya se inició y avanza a un ritmo relativamente aceptable (volveremos al respecto más adelante). Pero lo más notorio de este nuevo pico de contagios es que está asociado a movimientos de protesta social que se iniciaron el 28 de abril y que aún tienen manifestaciones focalizadas en algunas grandes ciudades.

Estos movimientos de protesta han llevado a una participación masiva de los jóvenes. Bajo la forma de marchas organizadas y multitudinarias en las principales ciudades, sitios de concentración permanente, bloqueos al transporte, y algunas formas culturales como conciertos. Todos estos eventos no solo pueden haber incrementando la exposición a los contagios, sino que han perturbado la reactivación de la actividad económica y en algunos casos el funcionamiento del sistema de salud en un momento crítico.

Estos movimientos sociales, si bien venían tomando fuerza desde finales de 2019, fueron claramente alimentados por el alto desempleo juvenil que agudizó la crisis actual. Cerca del 43% de los jóvenes entre 18 y 28 años no se encuentran ocupados, según el último reporte oficial (marzo de 2021). Más del 27% de ese mismo rango de edad no están vinculados ni a un empleo ni están en el sistema educativo. La crisis ha golpeado también de forma desproporcionadamente fuerte a las mujeres. En particular a las mujeres jóvenes y a quienes son madre cabeza de familia. La tasa de desempleo de las mujeres alcanza un 19.1%, mientras la de los hombres un 11.6%. Este fenómeno está asociado además a dificultades en la escolarización de los niños. Desde hace más de una año, los niños más pobres y vulnerables económicamente no asisten presencialmente a la educación pública, y además se estima que más de 100 mil niños no volvieron a matricularse en la escuela.

La pobreza monetaria llegó a niveles de 42% de la población al finalizar 2020, devolviéndonos a niveles de hace más una década y la pobreza extrema se sitúa al 15%. Adicionalmente, siendo Colombia ya uno de los países más desiguales de América Latina, y uno de los más desiguales del mundo, el índice de Gini también se disparó para alcanzar niveles de hace más de una década (0.544) (Datos oficiales aquí).

La pandemia ha sido entonces un revelador de las fragilidades sociales y de las dificultades que tiene el Estado para solucionar estructuralmente estos problemas. Esto ha predispuesto al país a ser más vulnerable a los contagios por el Covid-19. Tres características están claramente relacionadas con estas carencias estructurales. La primera es la alta informalidad en el mercado laboral, que es del orden del 50% (o según algunas mediciones es cercana al 60%). La segunda es una estructura productiva y del mercado laboral soportada particularmente en los micro-negocios. Más del 70% de los establecimientos productivos (firmas) tienen menos de 20 empleados, y más del 50% son empresas con algún grado de informalidad. Finalmente, el tercer elemento está relacionado con la desigualdad ya mencionada: la falta de oportunidades de empleo y educación para los jóvenes de las familias más pobres.

La estructura productiva siendo altamente informal y frágil a los choques económicos, y la educación terciaria siendo inadecuada para las demandas del mercado laboral, se combinan para crear condiciones estructurales que hacen difícil hacer cumplir las medidas de confinamiento. Primero, porque es difícil controlar las interacciones que se producen en la actividad económica debido a la alta informalidad. Segundo porque el sistema carece de redes de protección que permitan a las personas suspender su actividad económica y no perder la totalidad de sus ingresos. Esto último está estrechamente relacionado con la informalidad pero también con la ausencia de un seguro de desempleo o de la posibilidad de moverse entre el mercado laboral y alguna forma de inclusión en un sistema de educación terciaria o educación para el empleo. Y finalmente, porque la informalidad creció considerablemente ante el aumento del desempleo formal y esto llevó a que una parte importante de la población debiera buscar formas de sustento que son incompatibles con el cumplimiento de las cuarentenas y de los protocolos de bioseguridad.

Todo lo anterior llevó al gobierno nacional y a los gobiernos locales a decretar la reactivación económica y a renunciar a toda forma de nuevo confinamiento desde del mes de mayo de 2021, en pleno ascenso de la curva de contagios. En suma, se hizo evidente en las últimas semanas que la prioridad social se concentra ahora en evitar agudizar la crisis económica y en la movilización social. En cambio, las preocupaciones por el colapso del sistema de salud y el incremento de las muertes parecen pasar a un segundo plano. Es decir, las fragilidades estructurales de la economía precipitaron un cambio de prioridades, a pesar de las muertes.

El proceso de vacunación inició a un ritmo lento, y algo retrasado con respecto a países similares. Sin embargo durante el último mes Colombia ha logrado una velocidad importante de vacunación, permitiendo tener cubierta con la pauta completa de vacunación al 52,3%% de la población mayor de 80 años y al 36.2% de los adultos entre 70 y 79 años (Datos oficiales aquí). El 15 de junio se inició la cuarta etapa de vacunación que incluye a personas en el rango de 45 a 50 años. En este sentido la respuesta de las autoridades desde el frente de la salud ha sido positiva. Lo cual ha permitido que, a pesar del incremento en los contagios del actual tercer pico, la mortalidad haya crecido a un ritmo más controlado que las infecciones.

En general, el sistema de salud ha respondido de forma adecuada. Aunque durante los tres picos presentados se ha estado al límite de la capacidad de las unidades de cuidados intensivos en las principales ciudades, nunca se ha llegado a una emergencia sanitaria generalizada en el territorio nacional. Colombia tiene una cobertura universal de salud, que incluye tanto a los trabajadores formales como informales, y fue notable el crecimiento en la preparación de los servicios hospitalarios desde el mes de abril de 2020 hasta hoy. El número de camas en cuidados intensivos disponibles en el país más que duplicó entre abril y diciembre de 2020. A pesar de ello, el número de muertes por habitante ha empezado a superar los casos de buena parte de los países que tuvieron niveles de contagios más altos durante el año pasado.

En conclusión, a pesar de que el sistema de salud colombiano mostró una capacidad de respuesta positiva, el Covid-19 ha provocado una crisis social de inmensas proporciones en el país. Esta crisis social y económica ha dificultado la implementación de medidas de atenuación de los efectos en número de contagios y de muertes. Como consecuencia, Colombia se encamina a ser uno de los países con más contagios y muertes acumuladas por habitante en el mundo.



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