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Santos (economistas) inocentes

…pero unos lo son más que otros.

Aprovechando que el santoral permite hoy algunas licencias, voy a contar algunas reflexiones personales sobre la candidez (entendida como simpleza y poco advertimiento) de la que se hace gala en los debates económicos que frecuentemente se transmiten por medios de comunicación y por las redes sociales. Son tres avisos, tomados de tres personas inteligentes, sobre la manera demasiado tendenciosa e impregnada de proselitismo con la que se transmite conocimiento sobre cuestiones económicas a la opinión pública (a veces, incluso hay crónicas y artículos económicos que merecerían encabezar el ranking de inocentadas, si no fuera porque se publican regularmente a lo largo de todo el año).

La sabiduría de Pau Donés

Una de las canciones más conocidas de Jarabe de Palo  tiene por título “Depende”. Es probable que la inspiración para escribirla le llegara a Pau Donés (DEP) por haber estudiado la licenciatura en Economía. Y es que toda respuesta a cualquier cuestión económica debería empezar con esa palabra.

La razón, que he contado en muchas ocasiones (por ejemplo, aquí), es que la Economía es una ciencia contextual donde no existen regularidades empíricas que se mantengan inalterables ni en el tiempo ni en el espacio. Esto hace que los economistas lo tengan muy difícil a la hora de transmitir mensajes sobre lo que en realidad saben. En los debates públicos no valen las medias tintas y cada vez más la participación en ellos se parece a un partido de fútbol, todos vistiendo la camiseta de una determinada posición ideológica o política. Incluso hay medios de comunicación que organizan “duelos de economistas”, estilo O.K. corral, en los que lo que menos importa es el razonamiento pausado y didáctico que permita a la audiencia apreciar todas las aristas de las cuestiones económicas. Difícilmente alguien que pretenda tener en cuenta toda la complejidad de esas cuestiones y aprecie la reflexión y la moderación puede sobrevivir en ese ambiente.

Lo peor es que, al final, la opinión pública solo recibe simplezas y percibe el ejercicio de la Economía  como una profesión muy ideologizada con poca relación con el conocimiento científico, cuando en realidad la ciencia económica moderna proporciona una amplia variedad de instrumentos y enfoques con los que comprender (y cambiar) el mundo, la quimera a la que aspira toda la ciencia.

La descripción de Josep Pla

“Es mucho más difícil describir que opinar. Infinitamente más. En vista de lo cual, la mayoría de la gente opina”. Esta frase de Josep Pla es también muy relevante a la hora de apreciar el deficiente contenido de los debates sobre Economía en los medios de comunicación. Es frecuente que la preocupación por evitar sesgos mediáticos y la búsqueda de una aparente objetividad malentendida lleven a confrontar opiniones de economistas con puntos de vista opuestos para dar sensación de neutralidad. Un avance de las últimas décadas es que cada vez más los economistas académicos se prestan a la divulgación económica por estas vías. Es frecuente, por tanto, verlos de cuando en cuando en los periódicos o en (algunos)  programas de televisión. Y los periodistas económicos, que también han avanzado mucho en este aspecto, son cada ves mejores identificando a quiénes contactar en función del tema a tratar. Pero también es demasiado frecuente que frente a lo que dice quien ha estudiado profundamente un tema y ha hecho los deberes que capacitan para pronunciarse sobre una determinada cuestión se presente las opiniones de economistas (o “pseudeconomistas”) que, sin haber estudiado nada, no conocen en profundidad los hechos, no han reflexionado sobre cómo racionalizarlos y, por tanto, solo pueden tener opiniones infundadas.

Equiparar opiniones con hechos es un grave error. “Todo el mundo tiene derecho a su propia opinión, pero no a sus propios datos”, o como decía un personaje de una película de Clint Eastwood, “las opiniones son como los culos, todos tenemos uno”. A lo que habría que añadir, que no por eso todos deberíamos enseñarlo libremente (me refiero, obviamente, al contenido de la propia opinión).

La advertencia de Albert Einstein

El conocimiento científico es, por definición, incompleto y efímero. “Todos somos ignorantes, pero no todos ignoramos lo mismo”, dicen que decía Albert Einstein. En Economía, las lagunas del conocimiento son todavía más profundas porque, como ya he apuntado anteriormente, no hay regularidades empíricas inmutables ni en el tiempo ni en el espacio. Por ello, la ciencia económica está especialmente expuesta a ataques supuestamente revolucionarios que, de tanto en tanto, dicen cambiar el “paradigma dominante”.

Afortunadamente, la economía moderna incluye cada vez más temas y enfoques bajo una aproximación lógica y científica. Incluso la perenne distinción entre “Economía convencional/ortodoxa” y “Economía radical/heterodoxa” cada vez tiene menos sentido, como expuso elocuentemente hace ya más de una década Samuel Bowles, uno de los economistas radicales más lúcidos y lucidos (aquí).  La Economía Radical era tres cosas: (i) una crítica de la teoría neoclásica, (ii) una colección de temas no considerados por la economía convencional y (iii) una crítica moral del capitalismo, pero ahora resulta que (i) y (ii) ya lo hacen habitualmente casi todo el mundo y casi en todas partes, y que (iii) pierde peso sin una alternativa razonable, creíble y viable.

Sin embargo, los intentos de revolución paradigmática montados sobre la descalificación y la desacreditación de toda la ciencia económica no cesan. Normalmente provienen de outsiders que se basan en ideas supuestamente innovadoras, pero que han sido objeto de atención o análisis dentro de las disciplinas económicas durante mucho tiempo. A pesar de ello, los medios de comunicación suelen darles bastane pábulo y ayudan a venden best-sellers con contribuciones triviales, equivocadas, o ambas cosas a la vez.

Pondré tres ejemplos de este tipo de ideas que se presentan como un cambio de paradigma: (i) “El mundo no es normal” (Nassim Taleb, ensayista, investigador y financiero que pretende haber descubierto que eventos imprevistos ocurren con mayor frecuencia de la esperada por una campana de Gauss), (ii) “El mundo no es ergódico” (Ole Peters, un matemático preocupado por lo que significa la aleatoriedad en el contexto económico y que se utiliza para señalar que “todo lo que hemos aprendido de la ciencia económica moderna es falso“), y (iii) “En este mundo el dinero es infinito” (Warren Mosler, otro financiero, este un estadounidense que reside en las Islas Vírgenes para no pagar impuestos).

Más que la trivialidad o (in)exactitud de estas tres observaciones, lo que resulta especialmente molesto es el adanismo con las que se presentan. Que el mundo no es normal ni ergódico es incontrovertido, que sean Taleb y Peters los primeros que se dan cuenta y que lo incluyen regularmente en la investigación sobre fenómenos económicos es completamente falso. Insisto, no importa cómo de aguda parezca una idea, es muy probable que esa misma idea ya la tuviera alguien antes (y que la desechara, tras considerarla seriamente, por irrelevante o por inútil; por ejemplo, la de que el dinero podría estar disponible sin límites todos la hemos concebido… cuando teníamos cinco años de edad).

Mención aparte merece el tercer ejemplo, que ha generado la llamada “Teoría Monetaria Moderna” (de la que ya hemos hablado aquí, aquí y aquí). Dejando de lado su concepción equivocada de lo que es el dinero (que no aguanta ni siquiera treinta minutos de discusión, y que se ilustra con la imagen que encabeza esta entrada, cortesía de Juan Luis), el adanismo se combina con la impostura intelectual y la critica desaforada, ideologizada y politizada (en este caso, desde ambos extremos del espectro) de una macroeconomía moderna que se desconoce ampliamente en esos círculos. Como también dijo Einstein, solo dos cosas son infinitas, la estupidez humana y el universo, pero de lo segundo no podemos estar seguros.

Si no conviene confundir opiniones con hechos, tampoco deben confundirse opiniones con conocimiento científico. Parafraseando la imagen del encabezamiento, cabe recordar que, en Economía, todas las opiniones son equivocadas, pero no todas lo son por las mismas razones.

Al fin y al cabo, todos somos inocentes, pero no todos nos dejamos engañar de la misma manera.