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Recomendaciones (o no) de lectura: El valor de las cosas, de Mariana Mazzucato

Siempre me ha intrigado que algunos libros sobre cuestiones e ideas económicas acaben convirtiéndose en best-sellers. Siendo principalmente un lector de papers y conociendo la obra científica de autores de esos libros (en demasiados casos, la ausencia de dicha obra) suelo resistirme a este tipo de lecturas. Además, en muchas (no todas) de las ocasiones en las que no me he resistido suficientemente, la experiencia no ha sido satisfactoria.

No obstante, a veces basta un empujoncito para vencer mi resistencia. Lectores de NeG o seguidores en redes sociales ocasionalmente solicitan mi opinión sobre algunos de estos libros y, normalmente, no me resisto a las peticiones del oyente (aquí/aquí y aquí/aquí). En esta ocasión fue Rebeca Gimeno (una periodista que divulga mucho y muy bien las ideas y los relatos económicos) quién en repuesta a un tuit mío me animó a leer El valor de las cosas (EVC, de aquí en adelante) de Mariana Mazzucato (MM, de aquí en adelante). Tengo que agradecérselo efusivamente, aunque, como veremos a continuación, tampoco esta lectura vaya a cambiar radicalmente mi tendencia natural a la desconfianza en este tipo de obras.

¿Valor objetivo o subjetivo? ¿Generación o extracción de rentas?

EVC aborda una cuestión que intrigó a los economistas durante mucho tiempo: ¿Con qué criterios clasificamos a las actividades humanas en “productivas” o “improductivas”? Junto con un repaso histórico de esta controversia, el libro se construye alrededor de tres ideas:

  1. 1. El sistema de cuentas nacionales con el que medimos la actividad económica incluye actividades improductivas y mide mal las productivas (por ejemplo, el trabajo doméstico y la provisión de bienes y servicios públicos). Así, la Economía convencional, habiendo perdido el sentido de qué es y de dónde procede el “valor”, ha contribuido a la consolidación de un sistema económico insostenible e injusto.
  2. 2. El sistema financiero es un mecanismo de cobertura para actividades extractivas, es decir, que no generan valor. Más que en un mecanismo eficiente de colocación de ahorro en las inversiones más productivas, se ha convertido en un conjunto de actividades improductivas que sirven para extraer rentas o rivalizar con los casinos de apuestas.
  3. 3. La actividad innovadora del sector público está infravalorada, no se le reconoce todo el valor que crea y que sustenta a otros sectores, como el farmacéutico y el tecnológico, que más que innovar se dedican a ingeniar trucos para extraer rentas generadas por la innovación del sector público.

MM concluye su obra con una proclama a favor de un nuevo sistema económico que promocione las actividades “productivas” y elimine las “improductivas”: solo un cambio que vuelva a poner “el valor” en el centro del pensamiento económico puede convertir a la Economía, la “ciencia cínica”, en una ciencia esperanzadora que impulse un crecimiento económico sostenible y respetuoso con el medio ambiente y promueva el bienestar social.

Capítulo a capítulo

Todo ello se hace en nueve capítulos: dos sobre la teoría del valor en la historia del pensamiento económico, uno sobre la medición de riqueza, tres sobre el sector financiero, uno sobre innovación, otro sobre el sector público y, finalmente, la llamada en aras de la “Economía de la esperanza”.

Los dos primeros capítulos sobre historia del pensamiento económico son bastante recomendables como lecturas complementarias en cursos de microeconomía. El primero se dedica a la concepción objetiva del valor de los mercantilistas, fisiócratas y economistas clásicos que identificaban determinadas actividades como la fuente de la riqueza (respectivamente, el comercio, el sector primario, y el trabajo). El segundo capítulo, que me pareció inferior con respecto al anterior, se dedica a la revolución marginalista y cómo esta transmutó la concepción objetiva del “valor” en subjetiva: cada individuo decide por sí mismo lo que son actividades productivas (o no) mediante su disposición a pagar por los bienes y servicios producidos por dichas actividades. No obstante, tras estos dos capítulos se echa de menos alguna referencia a la Economía de la Elección Social y a si una de las principales conclusiones de esta rama de la ciencia económica (con individuos heterogéneos en preferencias no es posible construir una función de bienestar social que sirva para clasificar actividades en “productivas” e “improductivas”) resulta relevante para EVC.

El tercer capitulo es una historia de la medición de la riqueza (también una lectura recomendable para estudiantes de grados de Economía). Aquí MM señala que la inclusión (y exclusión) de determinados bienes y servicios en el cálculo del PIB lleva a una medición equivocada y tendenciosa de EVC. Se apunta así a toda una corriente de pensamiento que denuncia que el PIB no mide lo que debería medir, ni mide bien lo que mide, sin tener en cuenta que el PIB está diseñado para calcular la actividad económica que tiene lugar en los mercados, no riqueza ni bienestar social (como explican muy bien Antonia Diaz, aquí, y Javier Ferri y Rafael Doménech, aquí y aquí). Con esta confusión, además, se ningunea el desarrollo paralelo de indicadores y evidencia sobre cómo medir el bienestar social, que no se limita a las cuentas nacionales. Por ejemplo, organismos económicos internacionales (entre ellos la OECD y Banco Mundial) han desarrollado indicadores para medir dichos objetivos que van mucho más allá del PIB. Y la nueva rama de la Economía de la Felicidad proporciona evidencia macro y micro muy abundante y rica sobre qué hace a los ciudadanos más “felices” (ver, por ejemplo, la serie de informes anuales aquí). Estas contribuciones a la mejor comprensión de los objetivos de las políticas económicas y sociales merecerían alguna atención en una obra con las pretensiones de EVC.

Los capítulos 4 a 8 contienen los fundamentos de las otras dos tesis principales del libro. Contienen una sucesión de ejemplos escogidos (no regularidades empíricas) que ofrecen sustento a esas tesis, pero obviando otros que podrían ilustrar lo contrario y sin entrar a tratar las cuestiones fundamentales. Por ejemplo, siendo cierto que el sector financiero se ha desarrollado mucho y que a pesar de su extensa regulación y supervisión es un campo abonado para la generación de crisis financieras, ¿hay algunos determinantes puramente económicos, más allá de teorías “conspiranoicas”, que expliquen el peso que ha adquirido? ¿qué impide que la regulación y la supervisión financieras controlen los excesos?. Otro ejemplo: dando por supuesto que la innovación tecnológica nace de un esfuerzo colectivo y acumulativo y que el sector público, mediante sus universidades y financiación de proyectos de I+D, participa de forma crucial en ella, ¿por qué el sector público no tiene un papel mucho más activo y eficiente en la conversión de las innovaciones tecnológicas en bienes y servicios con valor económico que puedan competir con los que ofrece el sector privado? En otras palabras, ¿por qué el sector público tiene tantas dificultades a la hora de pasar “de las musas al teatro” (y no solo en lo que respecta a la innovación tecnológica)? Al final, quedan demasiados agujeros por cubrir si lo que se pretende es ofrecer una “teoría moderna” del valor y del papel que juega, puede y debería jugar el sector público en la generación de riqueza.

El valor (subjetivo) de EVC

En una reseña reciente de un libro de Stephanie Kelton, una autora prominente dentro de la (mal denominada, ver aquí y aquí) teoría monetaria moderna, John Cochrane dice:

“La Sra. Kelton … comienza con algunas observaciones correctas. Pero cuando las implicaciones no conducen a sus conclusiones deseadas, su lógica, hechos y lenguaje se convierten en pretzels”.

Creo que en el caso de EVC ocurre algo parecido en cuanto a la lógica y a los hechos; no tanto respecto al lenguaje que es bastante ameno y hace la lectura agradable y ágil, aunque, a veces (tres capítulos sobre el sector financiero) demasiado reiterativa. Habiendo leído la versión en castellano, hay que atribuir parte del mérito a su traductor, Ramón González Ferriz).

En su conjunto, EVC es más una obra de “political entrepreneurship” que análisis económico con nuevos puntos de vista y datos sobre la medición de la riqueza, cuál es y deberían ser los papeles de los sectores financiero, tecnológico y público o sobre cómo el Estado debería abordar los fallos del mercado (hay mucho wishful thinking y menos analytical thinking). Por ello, EVC resultará mucho más valioso para los que, como MM, propugnan agendas políticas en favor de un cambio de sistema económico que recupere “la concepción objetiva” del valor y en la que, de alguna manera, la “sociedad” ponga en primer lugar las actividades productivas que generan “valor de verdad” (como si se pudiera concebir  “la sociedad” como un ente homogéneo con voluntad y preferencias propias). Lo será menos para los que esperen obtener conocimiento sobre quién y cómo se deberían decidir esas actividades “objetivamente productivas” y cómo se promueven en el nuevo régimen económico que la “Economía de la esperanza” debería  conseguir. Para estas mentes, más analíticas que políticas,  también resultará algo contradictorio que muchas de las ineficiencias que señala MM y que se originan en una mala regulación estatal o en intervenciones fallidas del sector público, justifiquen un cambio de sistema en el que sea ese mismo sector público el que dirija la actividad económica hacia “actividades productivas” desterrando las improductivas.

En varias ocasiones, MM cita a Oscar Wilde: “Un cínico es un hombre que conoce el precio de todo y el valor de nada”. Los sagaces lectores, habiendo notado que yo soy algo cínico y muy gruñón (como John Cochrane), me disculparán si acabo confesando que, por todo lo anterior, El valor de las cosas no pasará a formar parte de mi colección de cosas de valor.