Docencia, investigación y divulgación de la Economía en el siglo XXI (con la inspiración de Santo Tomás de Aquino)

Discurso pronunciado en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, el 27 de enero de 2020 con ocasión de la celebración de la festividad de Santo Tomás de Aquino, patrón de los universitarios (aquí, en video).

 

Rector Magnífico de la Universidad de Alcalá, Vicerrector de Personal Docente e Investigador, Vicerrector de Estudios de Grado y Estudiantes, Secretaria General, Miembros de la Corporación  Municipal, Autoridades de Castilla-La Mancha, Miembros de la Comunidad Universitaria, Representantes de Instituciones, queridos estudiantes, señoras y señores,

Estoy muy agradecido por haber sido elegido entre los muchos y muy reconocidos antiguos alumnos de la Universidad de Alcalá para pronunciar este año el discurso con ocasión de la festividad de Santo Tomás de Aquino, patrón de los universitarios. Haber sido estudiante y profesor universitario en la Universidad de Alcalá, es para mí un privilegio y un gran honor que ahora aumentan con la oportunidad de dirigirme a tan distinguida audiencia en un lugar tan emblemático como este bellísimo paraninfo.

Tengo que reconocer que estudié en la Universidad de Alcalá por casualidad. Y también que elegí Economía por casualidad, sin saber qué era lo que iba a estudiar ni por qué lo hacía. Ambas resultaron ser casualidades muy afortunadas. Llegué hace ya más de cuarenta años a la recién creada Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales (yo soy de la quinta promoción que, como dice el refrán, no fue mala) y me encontré con un grupo de profesores que me inculcaron aptitudes y actitudes, profesionales y vitales, que han configurado lo que hoy soy (aunque no toda la culpa es de ellos).

Y la Economía ha acabado siendo, más que una profesión, una de mis pasiones favoritas (las otras no las confesaré). Alguien dijo que el éxito profesional consiste en encontrar dos cosas: una actividad que guste realizar y alguien que pague bien por hacerlo. Con esa definición, creo que puedo presumir de éxito profesional; con algunas otras, quizá no tanto.

Es probable que muchos de Vds. se estarán preguntado, ¿cómo puede haber gente apasionada por la Economía? ¿No se trata de una “ciencia menor y triste”, poco más que ideologías y dogmas disfrazados con un manto de aparatos matemáticos, estadísticos y pseudo-teóricos con muy poca relación con la realidad y cuyo principal mensaje es que “Nada es Gratis”?.

Trataré de convencerles de que, en realidad, no es, ni mucho menos, así. La ciencia económica ha progresado y está progresando mucho y muy deprisa. Es más útil que nunca, tanto para formar ciudadanos como para orientar las políticas económicas. No podría ser de otra manera porque, al fin y al cabo, de lo que se ocupa no es de otra cosa que de comprender el comportamiento humano, tanto el individual como el colectivo. Y en contra de lo que parece pensar mucha gente, lo hace, no al servicio de la propiedad privada ni al de los que querrían utilizar al Estado para imponer sus valores, sino al servicio del bien común. Su objetivo es lograr un mundo mejor, como muestra Jean Tirole (Premio de Ciencias Económicas del Banco de Suecia, en memoria a Alfred Nobel, 2014) en un libro (“La Economía del bien común”) que debería ser de lectura obligatoria (y no solo en las Facultades de Economía).

En mi intento de convencerles pediré ayuda a Tomás de Aquino (que no estudió en la Universidad de Alcalá solo porque nació demasiado pronto). Puede resultar increíble que alguien que vivió en el siglo XIII dijera algo interesante y útil para la ciencia del siglo XXI. Sin embargo, en su intento de liberar el conocimiento de la fe católica, Tomás de Aquino proporcionó algunos consejos sobre docencia, investigación y divulgación científica que siguen siendo muy oportunos, si bien no es precisamente de la fe religiosa de lo que más hay que proteger a la ciencia hoy en día, sino de otros tipos de creencias y valores.

Sobre docencia

Tomás de Aquino tuvo palabras sabias, tanto para los estudiantes como para los profesores. A los estudiantes, les dijo: “El único instrumento que los hombres tenemos tanto para perfeccionarnos como para vivir dignamente, es la educación”; a los profesores:El maestro que se limita a responder un problema solamente con argumentos (citando autores) deja al discípulo con la cabeza vacía”.  “Es mucho más hermoso iluminar que solo brillar, de la misma manera es más hermoso transmitir a los demás lo que se ha contemplado que solo contemplar.”

 En un mundo muy diferente al del siglo XIII, con las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación y sus extensiones (la digitalización, la robótica, la inteligencia artificial) estas palabras ganan vigencia. Estas tecnologías han cambiado radicalmente las maneras de producir información, de convertirla en conocimiento y de transmitirlo, y lo van a seguir haciendo muy rápidamente. En un mundo de información masiva, ¿cómo seleccionar la que es veraz y útil para determinados fines? ¿cómo descartar la que no lo es? ¿cómo entender el funcionamiento de las nuevas formas de producción de bienes, servicios, información y conocimiento basadas en la robótica y en la inteligencia artificial?.

Preparar a nuestros estudiantes para afrontar estas preguntas requiere cambiar la manera de impartir docencia. Cuando yo era estudiante universitario (preciso lo de universitario porque estudiante creo seguir siéndolo), la Economía se enseñaba como un conjunto de axiomas de los que se derivaban determinadas “leyes” o “teorías”. Asignaturas instrumentales (como la Estadística o la Econometría) también se impartían más como un conjunto técnicas para construir información y contrastar hipótesis (bajo condiciones muy restrictivas), que como instrumentos para adquirir conocimientos sobre relaciones causales relevantes. Esto ha cambiado. Ahora la Economía es una ciencia mucho más empírica, transversal y versátil especialmente dedicada a la medición de fenómenos sociales y a la interpretación correcta de los mismos.

Y esto debe mostrarse en las aulas, por ejemplo, priorizando la formación en materias que permitan acceder, seleccionar y discriminar entre la información masiva y entender cómo los “nuevos trabajadores” (robots y algoritmos) operan con dicha información. También hay que centrarse en la resolución de problemas, moviéndose desde el escolasticismo hacia la formación funcional, recuperando transversalidad y eliminando barreras artificiales entre áreas de conocimiento.

 Sobre investigación

Tomás de Aquino también dijo: “La raíz de la libertad se encuentra en la razón. No hay libertad sino en la verdad.” También dijo:Vivir es más perfecto que ser, y saber es más perfecto que vivir”. La investigación no es otra cosa que la aspiración de saber, de alcanzar “la verdad”; la ciencia solo es la creencia en la ignorancia de los expertos (esta ultima frase no es de Tomás de Aquino sino de Richard Feynman).

¿Qué significa hacer investigación en Economía? En este campo no hay verdades inmutables ni inmunes a la métrica que utilicemos para valorarlas. En palabras más pedantes, la Economía es una ciencia moral y contextual. Y, sin embargo, por ello es especialmente útil y atractiva. Puesto que abundan cuestiones perennes cuyas respuestas varían en el tiempo y en el espacio parece que los economistas siempre están en desacuerdo. En realidad, no es solo desacuerdo (que lo hay y mucho) sino también que en Economía un determinado fenómeno puede tener efectos muy distintos dependiendo del momento y del contexto en los que se produzca y que la identificación de dichos efectos nunca está libre de controversia. Esto impide que podamos reducir la investigación en Economía a la búsqueda de “leyes” o “relaciones causales” inmutables.

Estas son malas y buenas noticias. Malas porque no podemos aspirar a encontrar una “verdad” inmutable que explique “el todo”. La realidad es, por naturaleza, desordenada y hemos de vivir con ello. Son buenas noticias porque significa que el campo para la investigación económica no se agotará. Los temas y enfoques con los que abordarlos parecen ser inabarcables. Nunca faltará trabajo a los economistas.

Por ejemplo, ahora la investigación en Economía progresa también con experimentos (en laboratorios y en el campo) y los datos se han convertido en su principal materia prima hasta el punto de que algunos creen que la nueva frontera de la investigación económica está en el uso de datos provenientes de registros administrativos (ver aquí). Sobre el uso de datos en Economía, permítanme contarles dos gratos recuerdos de mi época de estudiante universitario. Cuando cursaba tercero de licenciatura, Manuel Gala, uno de los fundadores de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales y luego rector de esta universidad durante casi veinte años, quiso que me vinculara al departamento llamado entonces de Fundamentos de Economía e Historia Económica. Lo hizo encargándome las tareas de leer todas las semanas “The Economist” (la revista semanal sobre cuestiones económicas de mayor difusión), recortar las noticias y los artículos que yo considerara más relevantes y organizarlos en una “base de datos”, que no era otra cosa que una estantería de archivadores donde yo clasificaba los recortes. Obviamente, nunca nadie consultó esa base datos, pero creo que el profesor Gala consiguió el objetivo que quería, que no era otro que inculcarme que la Economía solo es útil si te ayuda a entender la realidad. El curso siguiente tuve la inmensa suerte de que Luis Toharia (DEP) se convirtiera en mi mentor y cuando le expuse mi interés por la Economía Laboral la primera tarea que me encargó fue estudiar las fuentes estadísticas del mercado de trabajo español (algo que finalmente dio lugar a una artículo publicado hace 25 años con la profesora Inmaculada Cebrián). Basten estos dos recuerdos para confirmar que en la Universidad de Alcalá, también en su época moderna, hubo gente adelantada a su tiempo.

Seamos, no obstante, francos. En investigación científica, no todo vale. No es investigación si no se realiza a hombros de gigantes, es decir, si no contribuye expandiendo el conocimiento ya acumulado. Tampoco es investigación si no se somete al escrutinio de los pares (incluyendo a los más contrarios, no solo a los amigos).

Ciencia es lo que hacen los científicos. No es popular; de hecho, muchos piensan que aspirar a conocer mejor el mundo es mera arrogancia. Y, además, nos obliga a reconsiderar creencias e incluso, a veces, nos hace cambiar nuestras visiones del mundo. Tampoco es democrática. Lo que se considera conocimiento científico no se decide por votación ni la naturaleza somete sus leyes a referéndum. El conocimiento científico es el resultado de filtros que determinan qué se considera conocido y qué no. Puede que estos filtros no sean los más eficaces. Todos conocemos historias sobre fraudes y deficiencias en el proceso de publicaciones de artículos científicos (nuestra certificación de calidad) o de procedimientos arbitrarios de evaluación de nuestras actividades investigadoras. También todos conocemos “genios” que en seminarios de investigación saben a los cinco minutos del comienzo si el trabajo que se va a presentar está mal, es una obviedad o ambas cosas a la vez. No obstante, es mediante estos procesos cómo se destila y se reconoce el conocimiento científico. Se trata de resolver sus deficiencias, no de eliminarlos.

Sobre divulgación

Tomás de Aquino también tuvo consejos útiles sobre la divulgación científica, tanto para los que la hacen como para los que la reciben. Para estos últimos dijo: “Teme al hombre de un solo libro”; a los científicos que divulgan les dijo:  Quién dice verdades, pierde amistades”. (Y hay que recordar que valoraba mucho la amistad pues también dijo: “El amigo es mejor que la honra, y el ser amado, mejor que el ser honrado”).

Vivimos en un mundo plagado de fake news y donde las élites, incluidas las científicas, son despreciadas. Esto no se combate con científicos refugiados en torres de marfil, sino con una mayor participación de los mismos en la divulgación científica, especialmente en los campos de batalla en los que se difunden las fake news y el desprecio por la ciencia, que en la época de Tomás de Aquino estaban dentro de edificios religiosos y ahora son las “redes sociales”.

En el caso de la Economía, buena parte de la divulgación tiene como objetivo la comunicación con los responsables de las políticas económicas. En esta comunicación se establece una relación entre economistas y políticos a la que me he referido en ocasiones como “turbulenta e incomprendida”. Así es como yo entiendo esa relación.

La política tiene una misión muy complicada. Se trata de agregar preferencias individuales en una función de bienestar social, algo que se ha demostrado teóricamente imposible bajo un conjunto de axiomas mínimamente razonables. Además, ahora hay que hacerlo en sociedades cada vez más heterogéneas, fragmentadas y polarizadas y donde cada vez hay más intereses privados que tratan de sacar provechos espurios de la fragmentación y de la polarización.

El apoyo que el economista pueda prestar en esta difícil misión no es recomendar o despreciar determinadas medidas de política económica desde sus propios posicionamientos ideológicos y políticos. En nuestro país hay demasiados “gurús económicos, referencias mediáticas que, en la mayoría de los casos, hacen un grave daño a la ciencia económica participando en debates públicos y utilizando la Economía, no como fuente de conocimiento, sino como arma arrojadiza en la brega entre posiciones políticas.

Insisto, no es el papel del economista el de decidir cuáles son los objetivos sociales que hay que alcanzar y cómo resolver las disyuntivas que se plantean entre ellos. Por el contrario, la labor del economista es comunicar el conocimiento económico disponible (y el que no lo está) para que los políticos tomen decisiones sabiendo lo que hacen (y lo que no), y para que la opinión pública entienda qué hacen los políticos y por qué lo hacen. En palabras de Jean Tirole (al que ya he presentado antes): “Mientras persista la falta de conocimiento económico entre la opinión pública, tomar buenas decisiones políticas requerirá mucho coraje político”.  (Sobre esto les contaré otro recuerdo: Empecé a apreciar la necesidad de informar y apoyar con el conocimiento económico a los que han de tomar decisiones políticas en un curso sobre evaluación de proyectos de inversiones públicas en el que participé todavía siendo estudiante universitario como ayudante del profesor Diego Azqueta).

Finalmente, la divulgación del conocimiento tiene que hacerse con lealtad a la ciencia (“aun a riesgo de perder amistades” como advertía Tomás de Aquino), o como ha dicho más recientemente Paul Romer (Premio de Ciencias Económicas del Banco de Suecia, en memoria a Alfred Nobel, 2018): “Si tengo que elegir entre traicionar a la ciencia o traicionar a un amigo, espero que pueda tener el coraje de traicionar al amigo”.

Conclusión

Según Tomás de Aquino, Dios puso el apetito por el conocimiento y por la ciencia en los seres humanos y con ello nos hizo racionales. Parafraseando a Fernando Trueba, confesaré que yo no creo en Dios, aunque sí empiezo a creer en… Zinedine Zidane. No obstante, como Tomás de Aquino también creo que el apetito por el conocimiento lo compartimos todos y que satisfacer ese apetito nos hace mejores personas y nos convierte en ciudadanos más útiles a la sociedad, cualquiera que sea nuestra actividad profesional. Todos tenemos ciencia dentro. Hagamos todo lo posible para que todos seamos capaces de descubrirla y difundirla.

Muchas gracias por su atención.

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