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A vueltas con los robots y con los algoritmos

Últimamente hay dos temas que surgen recurrentemente en (casi) todas mis conversaciones con colegas y amigos. Uno es, como no, futbolístico: la renovación del Real Madrid; otro se refiere a las consecuencias de la robotización y de la inteligencia artificial sobre el mercado de trabajo y el crecimiento económico. En cuanto al primero, dejaré mis opiniones para mejor ocasión, aun cuando esas conversaciones a veces derivan en una discusión "apasionante" sobre si veremos pronto "robots" en las alineaciones de nuestros equipos favoritos (algunos prototipos ya parecen cumplir algunos de los requisitos necesarios para ello). En cuanto al segundo, existe una enorme ansiedad sobre las consecuencias económicas del desarrollo de la robótica y de la inteligencia artificial y prácticamente todos los días, en medios de comunicación y redes sociales, aparecen nuevas opiniones y datos, en particular, sobre cuántos empleos "nos robarán los robots". Hubo un tiempo en el que los principales temas de investigación en Economía Laboral iban de  "personas"; ahora van de "robots".

Recientemente he escrito dos artículos científicos sobre el impacto económico de la automatización  (1 y 2) y hace unos días tuve que redactar unas breves notas de presentación de los principales resultados del segundo de ellos para el acto de entrega del X Premio de Investigación de la Cátedra UAM-Accenture en Economía y Gestión de la Innovación. En esta entrada resumo los principales mensajes en los que hago especial hincapié en mis conversaciones sobre esta cuestión y reproduzco las notas redactadas para dicho evento, en la forma de respuestas a dos preguntas propuestas por sus organizadores.

Lo que no hay que olvidar (pero a veces se olvida)

Los principales mensajes  que repito en las conversaciones sobre los efectos económicos de la robotización y de la inteligencia artificial son los cuatro siguientes.

En primer lugar, conviene tener en cuenta que estamos hablando de desarrollos tecnológicos incipientes sobre cuyo verdadero potencial existe mucha incertidumbre, No existe acuerdo ni siquiera sobre lo que es "inteligencia artificial": ¿se trata de conseguir máquinas que reproduzcan los procesos mentales de los humanos o de resolver problemas con enfoques alternativos con resultados parecidos a los que obtendría un humano?. En cualquier caso, lo que sí sabemos es que se trata de desarrollos tecnológicos que se están produciendo muy rápidamente y que son fácilmente reproducibles y acumulativos (un algoritmo que resuelve un determinado problema permite avanzar en la solución de otros problemas distintos).

La buena noticia es que estos desarrollos tecnológicos se están produciendo en un momento muy oportuno, en el que por desarrollos demográficos que hemos comentado frecuentemente (por ejemplo, aquí y aquí)  la población en edad de trabajar va a disminuir significativamente. En otras palabras, vamos a un escenario en el que seremos "más y muchos viejos". Pero también hay malas noticias. El envejecimiento de la población en edad de trabajar no favorece ni la innovación ni la difusión tecnológica de nuevos avances tecnológicos.

En el pasado los avances tecnológicos han sido complementarios al capital humano y han producido aumentos de la productividad con cambios en la composición sectorial y ocupacional del empleo, pero sin disminuciones de este. Sin embargo, los robots y los algoritmos parecen tener un mayor alcance disruptivo sobre el empleo por su potencial para sustituir al trabajo humano en todo tipo de tareas, también en aquellas asociadas al trabajo cualificado. Si este fuera el caso, la reinserción laboral de los trabajadores desplazados por el cambio tecnológico, que en el pasado se consiguió mediante la inversión en educación y en formación profesional, tendría que producirse por otras vías, principalmente por la innovación, entendida como la generación de nuevas tareas de producción que, al menos inicialmente, solo pudieran ser desarrolladas por trabajadores.

Finalmente, conviene no olvidar las restricciones agregadas y los efectos de equilibrio general. La innovación tecnológica es una actividad productiva que requiere inversiones; la automatización (i.e., la introducción de robots y algoritmos en procesos de producción) también. Además, la automatización es una actividad subsidiaria de la innovación (no se pueden automatizar tareas que no han sido inventadas). Esto implica que si la automatización avanza muy rápidamente habrá menos innovación y que con menos innovación habrá menos automatización en el futuro. Por estas y otras razones, no hay que cometer el error de extrapolar al  empleo agregado lo observado en empresas que aplican los nuevos desarrollos tecnológicos (que, como se puede observar aquí, parece ser muy positivo para el empleo y la productividad de esas empresas).

Optimismo, pesimismo y todo lo contrario

Y, con las premisas anteriores, ahora la respuesta a las dos preguntas.

¿Tiene sentido mantener una visión optimista sobre los efectos de la digitalización sobre el empleo? Como todos los cambios tecnológicos que han ocurrido en el pasado, la digitalización, la automatización y los nuevos desarrollos tecnológicos basados en la robótica y en inteligencia artificial, tienen tres efectos directos sobre el empleo. En primer lugar, aumentan la productividad haciendo que los factores productivos (capital y trabajo) sean más eficientes. En segundo lugar, desplazan a algunos trabajadores de su puesto de trabajo (algunas ocupaciones desaparecen). Finalmente, crean nuevas oportunidades de empleo (aparecen nuevas ocupaciones).

El primero de estos efectos (crecimiento de la productividad) es lo que ha permitido aumentar los niveles de vida a lo largo de la historia y, especialmente, en los dos últimos siglos. Con el aumento de la productividad, se produce un aumento de los salarios, el consumo y la producción. Lo que muestra la evidencia histórica es que dicho aumento de la producción mantiene la demanda de trabajo, por lo que, al final, el empleo incluso aumenta, si bien con cambios sectoriales u ocupacionales en función de la naturaleza de los avances tecnológicos que pueden favorecer más algunas capacitaciones profesionales que otras. Este sesgo a favor de determinadas cualificaciones profesionales también surge por el tercero de los efectos citado anteriormente, es decir, las nuevas oportunidades de empleo están principalmente asociadas a los sectores y ocupaciones con mayor desarrollo tecnológico.

Es el segundo de los efectos (el desplazamiento de trabajadores) el que en la actualidad genera más ansiedad. Se tiene la impresión de que los nuevos desarrollos tecnológicos basados en la robótica y en la inteligencia artificial, más que aumentar la eficiencia de los factores tradicionales de producción, pueden sustituirlos y, en lo que se refiere al trabajo, pueden hacerlo a lo largo de toda la distribución de cualificaciones. Por otra parte, si esto es así la reinserción laboral de los trabajadores tendrá que hacerse fundamentalmente a través de la creación de nuevas ocupaciones y no, como en el caso del progreso tecnológico que aumenta la eficiencia de los trabajadores, a través de la educación y de la formación profesional. En este escenario, serían, por tanto, las innovaciones de producto, las nuevas ideas que generan nuevos bienes y servicios con valor económico, las que pueden sostener el crecimiento económico y el empleo.

Estas reflexiones sugieren que hay mucha incertidumbre sobre los efectos de los nuevos avances tecnológicos sobre el crecimiento económico y el empleo. Si se mantiene la innovación y se orienta hacia nuevos desarrollos tecnológicos que sean complementarios al trabajo humano y este se sigue mejorando mediante la educación y la formación profesional, cabe ser optimista. Si, por el contrario, la innovación se reduce y las inversiones se dirigen desde ella hacia una automatización que desplaza el factor humano, el empleo y los salarios se reducirán y la desigualdad de renta aumentará.

(Por lo que a mí respecta soy de los que piensan que en Economía y en la vida, en general, la actitud inteligente es la del pesimista. Si lo eres, te preparas para lo peor y el mundo es mejor cuando te equivocas. Si eres optimista, no haces los deberes y tu estado de ánimo solo puede empeorar).

¿Qué se debería hacer por parte del sector público y las empresas para que los efectos positivos se produzcan realmente? Para que el escenario favorable se materialice, la política educativa es crucial. La revolución tecnológica 3.0 (el desarrollo de las tecnologías de la información y de la comunicación) ha conseguido que la información sea un recurso universal y fácilmente accesible y que prácticamente toda actividad humana pueda ser transmitida en forma de información. La revolución tecnológica 4.0 (el desarrollo de la robótica y de la inteligencia artificial) puede hacer prescindible al factor humano en la conversión de información en conocimiento.

Ello tiene dos implicaciones importantes. En primer lugar, si vamos a convivir en mayor medida con información masiva y con robots y algoritmos que realizan cada vez más tareas, parece necesario priorizar la formación en materias que permitan acceder, seleccionar y discriminar entre la información masiva y entender cómo los “nuevos trabajadores” (robots y algoritmos) operan con dicha información. Esto implica, entre otras cosas, universidades con menos enseñanzas escolásticas y más formación funcional. En concreto, la formación en STEM (acrónimo inglés de Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) debería ganar peso en todas las áreas de conocimiento.

En segundo lugar (como ya avancé aquí), la universidad debería recuperar su vocación de formación transversal y de promoción de la innovación científica y tecnológica sin barreras artificiales entre áreas de conocimiento. Las universidades y otras instituciones educativas de postgrado que se mantengan con diseños y organizaciones del siglo XIX y con profesores que dejaron de formarse en el siglo XX (u otros más jóvenes pero intelectualmente más anticuados que los anteriores) fracasarán si lo que pretenden es crear los profesionales, académicos e investigadores de lo que queda del siglo XXI.

Por su parte, las empresas deben reconocer que los cambios tecnológicos implican también profundos cambios en la organización del trabajo. Un puesto de trabajo requiere la realización de varias tareas y la automatización, robotización e implantación de la inteligencia artificial puede contribuir a la mejor realización de algunas de ellas. La búsqueda de complementariedades entre trabajo humano y nuevas tecnologías, en lugar de la simple sustitución de trabajadores por máquinas y algoritmos, y el desarrollo de nuevas ocupaciones que creen nuevos bienes y servicios con valor económico son fundamentales para el mantenimiento del empleo y el crecimiento sostenido de la productividad. Se trata pues de convertir los robots en “cobots” (robots colaborativos) y en promover la creatividad, el buen juicio, la sabiduría y, en definitiva, la inteligencia colectiva en todas las organizaciones, tanto en el sector privado como en el público.