Uno de los principales factores que inciden sobre la capacidad de la universidad para atraer profesorado competitivo es el salario. El sueldo medio de un profesor ayudante doctor en la universidad pública española ronda los €25,000 anuales, con muy ligeras variaciones entre universidades. Por el contrario, el salario promedio de la categoría equivalente en los Estados Unidos (Assistant Professor) es de alrededor de $74,439 por año. Sin embargo, a diferencia de España, esto puede variar significativamente dependiendo de factores como la institución, la ubicación y el campo de estudio.
Veamos, por ejemplo, la Universidad de Wisconsin, que al ser pública, sus salarios están disponibles públicamente aquí. Los salarios medios de un Assistant Professor en la Universidad de Wisconsin en Madison son de $120,000, y los de los Catedráticos, $200,000. En cambio, en economía, los salarios rondan los $175,000 para los primeros y $375,000 para los Catedráticos. Por contraposición, el salario medio de un Catedrático de Historia del Arte en Madison (unos $135,000) o incluso un Catedrático en Economía en el campus de Oshkosh (unos $126,000) son menores que los de un Assistant Professor en Economía de Madison.
En cualquier caso, las diferencias con el salario medio en la universidad española, que apenas varía por ubicación o disciplina, son tan grandes que no hacen atractivo nuestro país, incluso descontando por el poder adquisitivo, para los académicos estadounidenses que se estén planteando desarrollar su carrera académica en España. En un sector con alta movilidad laboral y con una productividad fácilmente medible, no parece razonable fijar un salario uniforme por debajo del mercado. Utilizando el manido símil futbolístico, el Madrid o el Barça tienen que ajustar los sueldos al mercado estratosférico para fichar a los “Zidanes”, o de lo contrario jugarían solo con los “Pavones”. Por ello, el tope salarial en la universidad es uno de los principales problemas para que nuestro sistema universitario juegue en la primera división. A largo plazo, la capacidad de atraer a profesores competitivos es determinante para la calidad de la enseñanza y la investigación, como se ha venido señalando anteriormente (por ejemplo aquí y aquí).
El problema de la diferencia salarial se puede analizar desde dos vertientes. Por un lado, se podría argumentar que el problema no está tanto en los bajos salarios españoles, sino en el hecho de que las universidades americanas estén pagando en exceso a sus profesores. Es decir, gozan de un premium salarial difícil de justificar en base a la experiencia o productividad de sus profesores. Estaríamos en este caso ante una burbuja salarial, que se acabaría corregiendo sin necesidad de un ajuste interno. Por otro lado, puede que el problema resida en nuestro país, lo que implicaría la necesidad de un ajuste y una mayor presión fiscal. Esta entrada se centrará en analizar la vertiente externa y el problema interno en una entrada posterior.
En cuanto a la primera cuestión, un reciente documento de trabajo publicado en el NBER (disponible aquí) estudia precisamente si las universidades de élite americanas pagan en exceso a sus profesores en comparación con otras instituciones. Los autores encuentran que no hay evidencia significativa de que las universidades más prestigiosas paguen primas salariales por encima del salario competitivo para la calidad del profesorado que contratan.
Los autores explotan la variabilidad salarial en los datos del Survey of Doctorate Recipients y del Integrated Postsecondary Education Data System y aplican un modelo de efectos fijos para analizar la relación entre los salarios del profesorado y la prestigio de la institución. La principal conclusión del trabajo es que la calidad del profesorado es lo que más influye en el salario académico, mientras que el prestigio de la universidad no es significativo.
Es cierto que las universidades de élite pagan, en promedio, mejores salarios. En la Figura 1 se aprecia que los salarios en las universidades mejor clasificadas son un 20% más altos que en las que no aparecen en el ranking THE. Sin embargo, aunque hay una correlación positiva entre el salario del profesorado y el prestigio de la institución, esta no se traduce en primas salariales significativas. De hecho, el efecto de ser una universidad de élite desaparece al considerar otras características como la ubicación, el tamaño de la ciudad o si la universidad es pública o privada.

Como muestra la Figura 2, la influencia de los factores institucionales en el salario es muy baja y su correlación con el ranking de las universidades es casi nula. Estos resultados indican que no hay una prima salarial significativa en las universidades de élite.

Además, si las universidades de élite pagaran un premium por encima del mercado, los salarios de los profesores deberían bajar al moverse a universidades con menor prestigio. Sin embargo, sucede lo contrario: todos los cambios de universidad están asociados con un incremento salarial (ver Figura 3). Esto sugiere que los salarios se ajustan más al mercado y a las características individuales de los profesores.

De todo esto se pueden extraer tres conclusiones principales. Primero, que es poco probable que exista una burbuja salarial en el mercado académico internacional. Por tanto, no es plausible que los salarios internaciones se corrijan en el medio plazo, reduciendo así de manera automática el diferencial con España. Segundo, excepto en casos específicos o por vínculos familiares, es improbable atraer a un académico competitivo ofreciéndole un salario significativamente más bajo. Por tanto, el problema de la competitividad salarial parece estar en la dinámica interna de las universidades públicas españolas para generar ingresos que permitan pagar sueldos competitivos. De esto hablaremos en la siguiente entrada, pero les anticipo que hay poco margen para la mejora, porque en términos relativos los salarios académicos en España son bastante generosos, como ya apuntábamos aquí.
Agradezco los comentarios de Jorge Garcia Hombrados y Antonio Delgado