Cuando se habla de comercio internacional, muchos, incluidos nuestros gobernantes, imaginan una especie de Copa del Mundo de países: que si España contra Alemania, Estados Unidos contra China, quién exporta más… Pero como recordaba Paul Krugman en un artículo clásico de los 90, la historia es menos épica y mucho más cotidiana. Aquí van algunas ideas clave para entender el comercio internacional:
1. El comercio internacional es un mercado más.
El comercio internacional funciona con las mismas reglas de oferta y demanda que cualquier otro mercado. Si el precio de los tomates no te convence, compras en otra tienda. Entre países pasa lo mismo, solo que a gran escala y con contenedores en lugar de cestas. Los aranceles son un impuesto y, por tanto, alteran los precios y decisiones de compra.
2. Los países no compiten, las empresas sí.
Decir que “España compite con Alemania” es como decir que “Madrid compite con Barcelona” en la vida real. No: compiten el Real Madrid contra el Barça. En economía son Zara contra H&M, Seat contra Volkswagen. Los países son simplemente el estadio donde se juega el partido.
3. Exportar no es un trofeo.
Exportar no es como ganar una Champions. Es más bien un peaje: necesitamos vender al exterior para poder comprar lo que queremos de otros países. Si quieres un iPhone, ver tu serie favorita en Netflix o tomar café por las mañanas, necesitarás en última instancia divisas para pagar estos bienes y servicios que no ofrecen nuestras empresas. El ejemplo del café, que necesita unas condiciones de cultivo muy especiales, es paradigmático. Si quieres tomar un café, lo tendremos que importar de Colombia. Para pagarlo, necesitaremos obtener dólares o pesos, ya que los agricultores colombianos tienen la extraña manía de cobrar por su café y gastar las ganancias obtenidas de la venta del café en lo que les venga en gana (y no necesariamente en Euros). La manera más sencilla de obtener estas divisas es que alguien en nuestro país exporte vino, aceite o coches. Al final, lo que acabamos disfrutando son las importaciones: las cosas que consumimos.
4. La productividad es la clave (pero no para ganar al vecino).
Ser productivo significa hacer más con menos esfuerzo. Como un bar que tiene una cafetera que en el mismo tiempo prepara tres cafés en lugar de uno: la ganancia es tuya, y no necesariamente una pérdida de su “rival”. Un país con alta productividad produce y consume más; no porque “le gane” al de al vecino, sino porque su propia gente vive mejor.
5. Especialización sectorial: la competencia es por los recursos.
A menudo se debate si un país debería volcarse en exportar chips en lugar de zapatos, como si esa elección fuera por decreto ley. Pero lo que realmente importa es qué pasa dentro de cada sector: cómo compiten las empresas, cómo innovan, cómo usan el talento y el capital y valor añadido que son capaces de generar. Las empresas de chips y zapatos se disputan capital, talento y mano de obra. Cuando el gobierno apoya a una industria para que brille en el exterior, esos recursos se restan a otra. Es como darle todos los balones a un delantero: puede lucirse, pero el resto del equipo queda en la sombra.
6. El empleo no depende de los aranceles.
Pensar que poner aranceles creará puestos de trabajo es como creer que cambiar al entrenador asegura ganar la liga. En realidad, el nivel de empleo se mueve por dinámicas macroeconómicas (la demanda agregada a corto plazo, la tasa natural de desempleo a largo plazo). Los aranceles apenas mueven el marcador.
7. Déficit comercial bilateral
El déficit comercial agregado de un país no se corrige reduciendo los déficits bilaterales con cada país con el que comercia. Utilizando la analogía de Olivier Blanchard, yo tengo un superávit con la Universidad (porque me paga mucho más de lo que yo compro) y un déficit con el supermercado (porque compro mucho más de lo que me paga, que es nada). Pero si toda mi nómina se destina a comprar en el supermercado, no tengo ningún déficit, aún teniendo un gran déficit bilateral con el súper. Si quisiera igualar mis déficits bilaterales, debería matricularme en la universidad y trabajar a tiempo parcial en el súper. Estaría consumiendo más cosas que ya no necesito (grados) y menos cosas que sí necesito (alimentos). Además, no estaría aprovechando mi ventaja comparativa: probablemente desempeñaría peor mis trabajos (mi labor docente y de cajero) y a la larga todos saldríamos perdiendo.
En resumen: el comercio internacional no es una guerra de países, sino un mercado gigantesco donde las empresas y los consumidores hacen lo mismo de siempre: vender, comprar y organizarse lo mejor que pueden. Es una liga en la que todos pueden ganar algo.