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La falta de rentabilidad financiera y social de la Alta Velocidad en España

De Gerard Llobet (@gllobet) y Ofelia Betancor

Nuestro informe sobre la rentabilidad del AVE encargado por FEDEA (como los tres anteriores discutidos en este blog) no ha hecho más que confirmar, eso sí con datos algo mejores y cubriendo un mayor número de corredores, el mismo resultado que habían obtenido estudios anteriores. Nos gustaría destacar que no somos defensores ni detractores de la alta velocidad, simplemente somos defensores de que las inversiones se evalúen tal como se hace en muchos otros países e instituciones. Este ha sido nuestro objetivo, evaluar las inversiones en alta velocidad en España aplicando el análisis económico y haciendo uso de la mejor información disponible. Tras este análisis hemos podido concluir que la explotación de las líneas de AVE no es ni será nunca suficientemente rentable como para compensar el coste de construcción de las mismas y que actualmente se aproxima ya a los 50 mil millones de euros. Es más, teniendo en cuenta los niveles de demanda las líneas no serán rentables ni para las empresas que las gestionan ni para la sociedad.

Nuestro estudio abarca los cuatro corredores en funcionamiento a finales de 2013 y lleva a cabo un estudio de rentabilidad social y otro, más novedoso para España, de rentabilidad financiera. La rentabilidad social contrapone lo que gana y pierde la sociedad con un proyecto, mientras que la financiera se concentra en el beneficio empresarial. En nuestro trabajo ambos análisis son contrafactuales en un horizonte de 50 años, es decir, toman como punto de referencia lo que habría sucedido en dicho horizonte en caso de no acometer estas inversiones.

Como la entrada de Daniel Albalate y Germà Bel publicada ayer brillantemente ilustra, estudiar la rentabilidad financiera puede proporcionar también información adicional al estudio de la rentabilidad social. En otros países el tren de alta velocidad ha demostrado ser una inversión regresiva ,al estar concentrado su uso en los niveles superiores de ingresos. Si esto fuera cierto para España (y aunque no conocemos estudios al respecto no tenemos motivos para pensar lo contrario), esto significaría que un AVE que no cubre sus costes constituye una transferencia vía impuestos de la mitad más pobre de la sociedad a la mitad más rica. Es en ese sentido que estudiar la rentabilidad financiera es útil, puesto que nos permite medir la magnitud de esa transferencia.

Tal y como los medios de comunicación han recogido (ver, por ejemplo, aquí o aquí), nuestro estudio muestra que tanto la rentabilidad financiera como la social de la alta velocidad ferroviaria son negativas. Sin embargo es muy llamativa la baja rentabilidad financiera de la mayor parte de los corredores. En el caso del Madrid-Barcelona la cobertura de la inversión es de cerca del 46%, mientras que para el resto de los corredores alcanza en el mejor de los casos el 11%. La cobertura desde el punto de vista social es algo mayor, llegando en el caso del Madrid-Barcelona a casi el 80% del coste de la infraestructura, siendo mucho menor en el resto de los corredores.

Consideramos que nuestros resultados constituyen una cota superior de la rentabilidad del AVE. Tal y como mencionaba Germà Bel en un artículo de prensa, hemos utilizado la información que estaba disponible y realizado supuestos muy conservadores. En este sentido es destacable la escasa o nula información disponible en fuentes oficiales; de hecho, para obtener las mejores estimaciones posibles solicitamos información tanto a ADIF como a RENFE, pero no recibimos respuesta. No obstante, hemos intentado en lo posible comprobar que nuestras estimaciones eran consistentes con la poca información oficial disponible, y en su caso, realizar supuestos que no perjudicaran la rentabilidad de las infraestructuras analizadas.

En el resto de esta entrada nos concentraremos en discutir los argumentos esgrimidos para poner en tela de juicio los supuestos que aplicamos en nuestro estudio. En una entrada anterior hablamos de otras críticas que se han realizado, como que la rentabilidad (financiera o social) no era importante y que el AVE era bueno porque ayudaba a vertebrar España y contribuía a la cohesión social. También dejaremos de lado otras justificaciones como la supuesta reducción de emisiones, dado que la literatura ha mostrado que no compensa la contaminación originada por su construcción incluso si no tenemos en cuenta costes difíciles de medir como el efecto barrera. Como Albalate y Bel discuten, tampoco es efectivo a la hora de promover la industria nacional (ilustrada con el tan socorrido AVE a La Meca), ni el desarrollo de las ciudades que conecta, de acuerdo con el denominado efecto túnel: la Alta Velocidad traslada la actividad económica a los centros mayores en detrimento de los destinos intermedios. Este es un efecto que está ampliamente documentado, por ejemplo, en el caso de Japón. En la misma dirección, las ganancias por turismo pueden ser negativas para aquellos destinos que previamente requerían el alojamiento de viajeros y que ahora se pueden visitar en un sólo día.

Los argumentos los podríamos organizar de la siguiente manera:

1. La construcción del AVE genera puestos de trabajo y otros efectos sobre la actividad económica que no se contemplan en el análisis. Como discutimos en un artículo publicado en El Mundo ayer, el análisis coste-beneficio analiza aquellas ganancias y costes que se derivan de llevar a cabo el proyecto y que no se habrían generado sin el mismo. Contabilizar los puestos de trabajo asociados al AVE presupone que sin este proyecto el dinero se habría utilizado en actividades que no los habrían generado, algo poco plausible.

2. Tasa de descuento y horizonte de evaluación. Como hemos indicado nuestro análisis es contrafactual en un horizonte de 50 años. La tasa financiera aplicada es del 5% y la social del 3,5%. La primera refleja el coste de oportunidad del capital, mientras que la segunda refleja la visión social de cómo deben valorarse los beneficios netos futuros comparados con los actuales. Estos valores son los recomendados por la Comisión Europea para evaluar proyectos. De manera incomprensible también se nos ha criticado por utilizar estos valores. En todo caso, la rentabilidad también es negativa si utilizamos tasas del 2%, por cierto.

Asimismo se ha hablado de que el horizonte de 50 años que hemos utilizado (extendiendo los 30 años que recomienda la UE) es demasiado corto y que deberíamos extenderlo al infinito. Esto plantea varios problemas a nivel metodológico y en relación al cambio tecnológico. Pensemos, por ejemplo, en la dificultad que entraña predecir el crecimiento de los flujos de tráfico en un horizonte infinito sin cometer importantes errores de cálculo. Por otra parte, en horizontes tan largos es difícil predecir si el AVE habrá sido substituido por una tecnología mejor (como hizo el avión con el tren convencional) o requerir notables mejoras para ponerlo a la altura de sus competidores. Además, nuestro análisis compara únicamente la construcción del AVE con la no realización del mismo, obviando otras alternativas importantes como actualizar el tren convencional o, de manera más relevante, simplemente esperar a construirlo más adelante o a que aparezca una tecnología mejor (¿quizás el hyperloop?). Un horizonte de 50 años ya es en nuestra opinión suficientemente largo, y hasta demasiado largo teniendo en cuenta las recomendaciones europeas.

En general, nosotros hemos especificado todos los supuestos de nuestro análisis, lo que nos expone a todo tipo de críticas. Creemos, sin embargo, que esa es la manera de proceder. Hay que ser transparentes. Curiosamente, nadie nos está criticando por aquellos supuestos que benefician claramente al AVE, como suponer que el número de pasajeros del tren convencional no habría crecido en todo el horizonte del proyecto o sin tener en cuenta la disminución de los ingresos por tasa aeroportuarias originada por el trasvase de pasajeros al AVE como un coste (bastante significativo, por cierto) del mismo. Por no hablar del efecto sobre los trenes de mercancías.

3. Proyecciones de demanda. El supuesto más relevante para nuestros cálculos es que proponemos un crecimiento anual promedio de la demanda a largo plazo igual al crecimiento del PIB real del 2%. Se ha afirmado que este supuesto es muy pesimista, alegando, por ejemplo, que los incrementos de demanda que estamos viendo últimamente son mayores de lo que nosotros suponemos .Y aquí sería importante aclarar varias cosas. La primera es que no suponemos que el tráfico vaya a crecer un 2% al año, todos los años. Es probable que la demanda crezca más del 2% cuando el PIB crezca más y caiga más cuando el PIB decrezca. Nuestro supuesto es sobre el promedio, y es más, modelizamos este crecimiento como una variable aleatoria que se distribuye uniformemente entre 1,5% y 2,5%. Segundo, como discutíamos en otra entrada los datos que se arguyen combinan una disminución de tarifas con el tráfico originado por la apertura de nuevas líneas. Si nos abstraemos de estas consideraciones observamos que los datos no apoyan la visión de los optimistas. La única experiencia que tenemos de “largo plazo” es el tráfico entre Madrid y Sevilla que, como podemos ver en el gráfico siguiente, experimentó un rápido incremento en los primeros años después de su puesta en funcionamiento, a medida que captaba pasajeros del avión. Cuando esta fuente se agotó (el avión es actualmente residual con una cuota del 10%) el tráfico se estancó, hasta el punto de que en 2013 el tráfico era igual al del año 2000, a pesar de que en ese periodo la economía española había crecido cerca de un 30%.

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Fuente: Observatorio del Ferrocarril e INE.

Y es que la mayor parte del tráfico proviene del avión y no del incremento en el tráfico total. Como podemos ver en el gráfico siguiente, en la ruta Madrid-Barcelona, el tráfico combinado del tren y el avión pasó de 4,5 millones de pasajeros en 2003 a 5,3 millones en 2013, es decir, un incremento anual del 1,6%, mucho menor que el incremento del PIB en ese periodo. El incremento en el número de pasajeros del AVE que hemos observado solo se explica por la pérdida de cuota de mercado del avión. Recordemos que este trasvase tiene costes para el Estado, dado el sobredimensionamiento de los aeropuertos españoles.

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Fuente: Ferropedia

Pero supongamos que los defensores del tren tienen razón y el incremento del tráfico será mayor del que utilizamos nosotros. ¿Cuál debería ser el incremento sostenido necesario para que la rentabilidad financiera fuera positiva en el más favorable de los corredores, el Madrid-Barcelona? Nuestros cálculos indican que sería necesario un incremento de cerca del 7,2% anual. Esto implica que en 2048, cuando finaliza el horizonte de evaluación de nuestro estudio, debería haber 71 millones de pasajeros anuales utilizando ese corredor del AVE, casi 10 veces más que ahora. Aun suponiendo que la población de Madrid y Barcelona crezca en ese período (a pesar de que las proyecciones del INE indican que España en conjunto perderá población), esos cálculos implican que cada habitante de estas ciudades tendría que hacer 6 o 7 viajes anuales para alcanzar esa cifra, lo que nos parece poco realista. Peor aún, los crecimientos anuales necesarios en el resto de los corredores deberían ser de dos dígitos, algo que se nos antoja contrario a toda lógica.

No tenemos dudas de que las estimaciones de nuestro trabajo pueden ser notablemente refinadas con mejores datos que permitan ajustar mejor nuestros supuestos. Por la magnitud de los efectos que encontramos, sin embargo, no parece que los resultados vayan a variar substancialmente. En todo caso, si nuestro trabajo sirve para poner más énfasis en la evaluación económica (y transparente) de proyectos nos daremos por satisfechos.