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La germanización de la política económica europea: implicaciones para España, de Óscar Fanjúl en Expansión

(Este brillante artículo de Oscar Fanjul, aparecido la semana pasada en Expansión tras la cortina de pago, me parece la más clara explicación posible de las restricciones bajo las que debe operar la economía española en una Europa Alemana -tema sobre el que yo he reflexionado aquí. Lo colgamos aquí para faciliatar su discusión y incrementar su difusión. ¿Puede la sociedad española operar bajo restricciones así? Espero vuestra opinión.)

Son muchos los que discrepan de la política económica defendida por Alemania, caracterizada por el papel restringido asignado al Banco Central Europeo, por su insistencia en las políticas de austeridad en medio de la recesión, por la casi obsesiva preocupación por el peligro de inflación y, en definitiva, por la prioridad que da a la resolución a largo plazo de los problemas estructurales, minusvalorando las dificultades cíclicas a corto.

Sin embargo, es el enfoque alemán el que finalmente se ha impuesto en Europa. Como señalaba recientemente el profesor Ulrich Beck, el nuevo papel de Alemania hoy es el “del arquitecto en la construcción de la nueva Europa alemana”. El proyecto de unión monetaria implica una disciplina que hemos tardado en comprender pero que no debería sorprendernos, pues los países europeos aspiraban con él a ganar la credibilidad que suponía asociarse a la política defendida por el Bundesbank. Sobre las dificultades y riesgos que esto suponía advirtieron en su momento muchos economistas, particularmente los anglosajones y, así, Samuelson comparó asociarse monetariamente con Alemania a acostarse con un oso.

Ahora bien, ¿es previsible que la prolongación de la crisis propicie un cambio sustantivo en la política económica europea? Difícilmente. Hoy no existe en Europa un liderazgo francoalemán, sólo alemán; y en este país existe el suficiente consenso social, y también político entre los cuatro grandes partidos, incluso con los sindicatos, como para no esperar que tras las próximas elecciones se produzca un cambio significativo de la política económica, a no ser que Alemania entre en recesión. Igualmente, existe también en Alemania el mismo consenso nacional respecto a la conveniencia de mantener y defender el sistema del euro. Por el contrario, el resto de los países de la eurozona no han sido capaces de articular una política económica alternativa dotada de credibilidad, ni tampoco existe en ellos una cohesión política y social comparable a la de la sociedad alemana.

El éxito de Alemania desde la postguerra sólo contribuye a reafirmar su planteamiento y el Bundesbank, su gran defensor, se ha convertido, con diferencia, en la institución más influyente y respetada por el pueblo alemán. Es más, no existe en el mundo un banco central en el que los ciudadanos tengan depositada más confianza que los alemanes en el suyo, fundamentada en la creencia de que defenderá la estabilidad de la moneda con la firmeza e independencia respecto del poder político que ha mostrado durante décadas. Y el Bundesbank conoce bien qué tipo de política debe defender si quiere mantener el apoyo del público alemán.

Por ello resulta tan importante, aunque no se comparta, entender adecuadamente qué significa la germanización de la política económica europea y qué implicaciones tiene para países como España, y no confiar en un cambio de orientación de la misma que difícilmente se producirá.

1. La necesidad de los superávits por cuenta corriente

La primera y más importante implicación es que España tiene que ser capaz de generar de forma sostenida superávits por cuenta corriente, algo inédito en su historia reciente, como única forma de reducir su endeudamiento y volver a crecer. En efecto, el principal desequilibrio macroeconómico de España lo constituye el elevado nivel de deuda, pues la pública continúa creciendo, pronto superará el 90% del Producto Interior Bruto, y las familias encuentran grandes dificultades para reducir la suya. Si los sectores público y privado deben reducir su nivel de endeudamiento, el saldo exterior por cuenta corriente debe necesariamente ser excedentario, pues estos sectores sólo pueden reducir simultáneamente su deuda si lo hacen respecto al sector exterior (por mera identidad contable, los tres saldos deben sumar cero).

En este tipo de planteamiento se sustenta la política de austeridad y de reformas que defiende Alemania. Los superávit por cuenta corriente no constituyen más que el ahorro que debemos destinar a reducir nuestro endeudamiento. La austeridad, más que una imposición alemana, es una consecuencia de que como país somos hoy menos ricos de lo que hasta hace poco creíamos, y ello obliga inevitablemente a ajustar nuestro gasto y a reducir nuestro nivel de deuda. Las diferencias con Alemania son importantes, pero se refieren fundamentalmente al ritmo y a la forma en que debe hacerse este ajuste.

Las reformas son necesarias para aumentar nuestra competitividad internacional, y es importante comprender que cuanto menos éxito tengamos en la generación de superávit externo mayor tendrá que ser la contracción interna del gasto necesario para conseguir un mismo objetivo de reducción de deuda.

2. La asimetría de los déficits y de los superávits

Esa imprescindible corrección de los déficits exteriores de los países periféricos europeos sería obviamente más fácil si, a la vez, las economías con superávits accedieran a reducirlos aumentando su gasto. Ahora bien, ¿podemos esperar este tipo de comportamiento por parte de Alemania? No debemos, y conviene recordar que la existencia de economías dispuestas a mantener superávits de forma permanente no es un problema nuevo ni fácil de resolver. La experiencia histórica muestra sobradamente que los déficits son insostenibles y se castigan, pero no ocurre lo mismo con los superávits.

Alemania difícilmente aceptará compromiso alguno que suponga eliminar este tipo de asimetría, y no está dispuesta a reducir sus superávits externos, que considera consecuencia y garantía de su competitividad, sólo para contribuir a que los países periféricos reduzcan sus déficits. El modelo de economía alemana se caracteriza por la importancia de su sector exportador y por los sostenidos superávits por cuenta corriente. Cuando recientemente el presidente Rajoy pidió que Alemania practicara una política de gasto más expansiva, la canciller Merkel reafirmó, una vez más, su negativa y se limitó a aconsejar que España aumentara sus exportaciones a Latinoamérica.

3. ¿Nos ayudará el tipo de cambio?

El ritmo y la facilidad con que se produzca el ajuste de las cuentas exteriores de los países periféricos dependerá de lo que ocurra con el valor del tipo de cambio. Está claro que el valor del euro es hoy demasiado alto para lo que conviene a la deprimida economía europea, y ello no es sino otra consecuencia de la fortaleza y del tamaño de la economía alemana.

En este sentido, es importante recordar que Alemania y otros países de su área han visto tradicionalmente la fortaleza de su divisa de una forma distinta a como lo han hecho países como España. En efecto, en economías con recursos ociosos la devaluación de la moneda es una forma de reducir costes y de recuperar, a costa del empobrecimiento relativo que ello supone, la competitividad y el empleo. Sin embargo, otros países han considerado una moneda fuerte como un reto y como un incentivo adicional para ser más competitivo, para introducir reformas y aumentar su productividad, y cuando han tenido éxito en el empeño –y este es el caso de Alemania–, se ha convertido en el fundamento de su riqueza y fortaleza.

Frente a quienes han mostrado recientemente su preocupación por la fortaleza del euro, los responsables políticos y económicos alemanes han respondido que de lo que se trata es de “aumentar la competitividad y no de debilitar la divisa”. Mientras que otros países practican hoy políticas que conducen a la depreciación de sus monedas, incluso compiten en ello, el caso japonés es un ejemplo, el BCE ha insistido en que siguen la evolución de los tipos de cambio, pero sólo para valorar la situación económica y nunca ha mostrado especial preocupación por los efectos de un euro fuerte. En definitiva, al igual que en la época del patrón oro, los países de la zona euro sólo pueden aspirar a corregir sus déficits mediante la devaluación interna, reduciendo los costes unitarios de sus bienes y servicios.

4.La balanza por cuenta corriente española: ¿problema resuelto?

Uno de los aspectos más destacables del reciente ajuste español ha sido la importante mejora del saldo por cuenta corriente, que ha pasado de representar el 10% del PIB en 2007 al equilibrio, reflejo de las mejoras conseguidas en la productividad y en los costes laborales unitarios. Como consecuencia de esta evolución tan positiva de la balanza por cuenta corriente, de la productividad y de las exportaciones, algunos niegan que tengamos un problema de competitividad. Sin embargo, conviene recordar que este reequilibrio se ha conseguido a través del hundimiento de la demanda interna y del empleo. Las importaciones han retrocedido al nivel que tenían hace más de diez años. Por ello, el problema es otro: en concreto, saber si somos capaces de volver a crecer de forma sostenida a tasas del 2% ó el 3%, generando también entonces superávits por cuenta corriente, algo que no ha ocurrido en las últimas décadas y sobre lo que hay razones para tener serias dudas.

Conviene tener en cuenta que una gran parte de la moderación de los costes laborales y de la flexibilidad mostrada recientemente por el mercado de trabajo se debe al impacto de la recesión y al temor real al cierre de empresas, más que a una mejora suficiente y permanente en el funcionamiento del mercado de trabajo. Es ésta, además, una situación que fácilmente podría cambiar ante una recuperación del crecimiento después de un largo periodo de reducción o estancamiento salarial y de caída del consumo y el peso de las rentas salariales en el PIB.

5. Políticas monetaria y fiscal

Ante el impacto recesivo que están teniendo las políticas de austeridad, muchos defienden en los países del sur de Europa la necesidad de practicar algún tipo de política monetaria y fiscal que permita estimular la demanda. Un banquero central como Bernanke defiende, en efecto, que el comportamiento de los bancos centrales debe de ser distinto en un contexto inflacionario y en otro deflacionista como el actual. Según él, frente a la inflación “la virtud de un banco central es su habilidad para decir “no”… Sin embargo, cuando no existe inflación, y el peligro es la deflación, se justifica una colaboración de la política monetaria con la política fiscal, lo que no es incompatible con la independencia del banco central, al igual que la colaboración entre países no cuestiona la soberanía de cada uno de ellos”.

Por el contrario, la política alemana se basa en defender una separación estricta entre la política monetaria y la acción discrecional de los gobiernos. En este sentido, los alemanes han interpretado desde su origen la creación del euro como un paso más en la separación entre el proceso de creación de dinero y la actuación de los gobiernos. Otmar Issing, el que fuera economista jefe y miembro alemán del Comité Ejecutivo del BCE, ha señalado que, en su concepción, la introducción del euro supuso la “desnacionalización del dinero en el sentido defendido por Hayek”, de forma que “la separación entre finanzas públicas y política monetaria queda así asegurada”.

Esta concepción del papel de la política monetaria y del banco central explica la resistencia alemana a que éste último colabore con la política fiscal, y la negativa a que pueda actuar como prestamista de última instancia de los gobiernos europeos. El BCE no debe colaborar en la financiación de los déficits fiscales, que deben reducirse aceleradamente, y los problemas de los países periféricos, son estructurales, no cíclicos, y éstos no se corrigen con estímulos monetarios y fiscales.

6. Conclusiones

Por las distintas razones hasta aquí explicadas, creo que lo más realista para España es asumir plenamente las consecuencias de una inevitable política de austeridad y de reformas, sabiendo, además, que los efectos positivos de éstas últimas tardarán tiempo en manifestarse. En contra de lo defendido por muchos, las políticas de austeridad tienen un efecto depresivo y la única forma de compensarlo es a través de reformas microeconómicas que permitan corregir las causas de nuestros desequilibrios y que sean lo suficientemente radicales como para tener un impacto macroeconómico. Por ello, es mejor concentrarse en ciertas reformas y saneamientos fundamentales, las de los mercados de capitales y de trabajo, incluso la del energético, y no dispersarse en otras de importancia secundaria, que contribuyen más a generar reacciones sociales en contra que a tener un impacto macroeconómico.

Aún así, los procesos de ajuste de devaluación interna pueden ser muy largos. Históricamente, rara vez han funcionado. No ocurrió en la Gran Depresión. La mejor alternativa sería que el Banco Central Europeo, como hace la Fed o el Banco de Inglaterra, apoyara con su política monetaria una política fiscal menos contractiva y se recapitalizara agresivamente al sector financiero a cambio de reformas más radicales acordes con la importancia de nuestros problemas. Ahora bien, ¿hay razones suficientes para ser optimista sobre la capacidad de comprometernos a las reformas que necesitamos y no, como tantas veces, hacerlas sólo a medias? Como en una ocasión señaló Churchill: “No es suficiente con hacerlo lo mejor que podamos; a veces tenemos que hacer lo que hay que hacer”.