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El fin de la independencia de los Bancos Centrales

Estoy en Estocolmo (http://www.sifr.org/) en una conferencia sobre el futuro de la regulación financiera , donde he dado una conferencia sobre la arquitectura de la supervisión de las entidades financieras (programa). Una de las conclusiones de este trabajo es que la reciente independencia  de los bancos centrales y su exclusiva atención a la inflación en los últimos años  es una anomalía histórica (me parece que mis co-blogueros me van  a dar caña) , fruto del consenso inusual sobre política monetaria de los 80 (y de los argumentos de expectativas racionales ejemplificados por el artículo de Kydland y Prescott del 1977 ”Rules Rather than Discretion”).  

El argumento a favor de esta independencia y atención exclusiva a los precios tiene mérito, y fue hecho en su momento también por Hayek: el control de la política monetaria permite a los poderes políticos generar ciclos artificiales de crecimiento. Un banco central independiente, cuyo objetivo exclusivo sea la estabilidad de precios, tendrá los incentivos adecuados para evitar tales ciclos políticos.

El problema es que este argumento ignora un aspecto histórico de la función de los bancos centrales que sigue siendo esencial. Históricamente, una función clave de los Bancos Centrales ha sido la estabilidad financiera. La Reserva Federal fue creada en como consecuencia de la crisis bancaria de 1907. Y en la actualidad, de nuevo, los únicos que pueden ejercer las funciones de supervisión, regulación y rescate de las entidades financieras. Esta función tiene un claro aspecto político a través de sus consecuencias fiscales:  si los bancos centrales van a crear directamente obligaciones fiscales para los ciudadanos, estos tienen derecho a controlar su función – no taxation without representation.  Si el Banco Central va a permitir a un banco local expandirse en el extranjero, arriesgando (en caso de quiebra) un coste fiscal enorme (en Islandia, quizas cerca de la mitad del PIB se va a ir por la ventana), los contribuyentes deben tener capacidad para entender, e influir, en tal medida.

El problema radica en que el objetivo de estabilidad de precios es fácil de medir, y por tanto es fácil de delegar. Pero la supervisión es un asunto muy diferente: no es posible saber de antemano cuáles son las decisiones correctas, ni es posible medir los resultados de la tarea supervisora más que con mucho retraso. Por tanto, la  solución de ‘medir outputs y delegar’ que se usa en política monetaria es inviable. La alternativa es hacer al banco central menos independiente en esta materias—no es necesario que la sociedad sepa los detalles de la supervisión, pero si es necesario supervisar mucho más de cerca sus decisiones.  Bernanke ha entendido esto perfectamente: desde que la Fed tiene una misión mucho más basada en la estabilidad financiera, adquiriendo obligaciones gigantes para los contribuyentes, ha dado más conferencias de prensa, entrevistas, comparencias políticas etc. Entiende que en esta función, el misterio y la oscuridad tradicionales no sirven- “si me vas a crear una obligación fiscal, quiero saber por qué”, dice, con razón, el contribuyente.

La regulación Europea, que la Comisión Europea promulgará en Septiembre, creará una agencia de supervisión basada en el BCE (aunque separada). Esta agencia tendrá que ser mucho más ‘accountable’ a los poderes políticos y a la sociedad.

La era de la independencia absoluta de los bancos centrales, y de su dedicación exclusiva a la estabilidad de precios, se ha terminado.  Esto no quiere decir que debamos volver a la politización de la política monetaria y financiera—hay que encontrar arreglos institucionales que permitan hacer al banco central responsable frente a la sociedad a la vez que se emita que este sea manipulado por los poderes políticos.