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Empleo: los retos de la legislatura

Hace un tiempo, era habitual en este blog hacer balances y proponer retos a los gobiernos que iniciaban su andadura.  Este nuevo Gobierno, que ya tiene camino andado, ya adelantó a través de un acuerdo programático cuáles eran sus acciones prioritarias en relación con el mercado de trabajo. Anoto aquí al menos 2: derogar parcialmente la Reforma Laboral del 2012 y volver a subir significativamente el salario mínimo [aquí].  Echo de menos algún reto  tan al uso en gobiernos anteriores como "crearemos X millones de empleos" o "bajaremos la tasa de temporalidad en Y puntos porcentuales"  o, incluso, "subiremos las tasas de participación de los adultos en formación continua al 20%". Bueno, sí,  en la sesión de investidura se dijo que este nuevo gobierno "garantizaba empleos de calidad", y ese es un gran reto. Lo interesante, en realidad, es que para fijar estos objetivos, es necesario analizar en qué situación estamos y hacia dónde vamos.

Por ejemplo, a finales del 2011, cuando se inició el Gobierno Rajoy,  nos centrábamos en el reto en materia de empleo de la Agenda Europa 2020, y resumíamos las dificultades con las que nos íbamos a encontrar a lo largo de la pasada década.

La Comisión Europea había fijado como objetivo que los países de la UE alcanzasen en el año 2020 una tasa de empleo del 75% para la población de 20-64 años. Luego este objetivo se fue moderando para países muy alejados del mismo. En España, por ejemplo, se rebajo ligeramente al 74%. El Gráfico 1, nos muestra cómo estábamos en el 2007 y en el 2019, en comparación con el resto de países de la UE.  Ha llegado el 2020 y dicha tasa de empleo se sitúa cerca del 68% (promedio últimos cuatro trimestres 67.8%), 2 puntos menos que en el año 2007.  Nuestro desastre en materia de empleo se observa realmente en relación con los demás miembros de la UE-28. En el año 2007, había 10 países por debajo del nuestro en el ranking de tasas de empleo, estábamos incluso ligeramente por encima de la media de la UE28. Hoy hay sólo 3 países por debajo  y estamos a 8 pp de la media de la UE.

Ha sido tal el palo de la crisis que aún tenemos varios indicadores de empleo con valores inferiores a los registrados  al inicio de dicha crisis, a pesar de disfrutar de 6 años consecutivos de crecimientos sustanciales del empleo. Los datos de afiliación han levantado cierta euforia en este último noviembre al superar los máximos de 2007, pero los datos de la EPA del tercer trimestre del 2019 mostraron que el número de personas ocupadas seguía estando un 4.25% por debajo del estimado  en el 2007.

No sólo no hemos recuperado los niveles de ocupabilidad pre-crisis. Otro indicador que sigue por las nubes es el del subempleo. De tal forma que haciendo como los americanos (como mostramos aquí) y sumando parados con desanimados y empleados a tiempo parcial involuntario, estamos aún a unos a casi 9 puntos del mínimo del 2007 (Gráfico 2, en portada).

Además, otra diferencia sustancial con el final de la década del 2000 es la duración de los contratos de trabajo. Este año 2019 se acaba de cerrar con unos 22.5 millones de contratos, un nuevo record, unos 3,5 millones más que en 2007 (un 21% más). Sin embargo, el número de personas ocupadas aumentó sólo en 350 mil entre los 3º trimestres de 2018 y  2019, casi la mitad que entre 2006 y 2007.

El cambio más significativo a lo largo de la pasada década  está en la duración de los contratos (aquí), y en especial, en los de menos de 7 días, que se han doblado, representando casi un 25% del total de contratos (por un 16% en el 2007).

Menos empleo (más paro), más subempleo y contratos de menor duración son los ingredientes básicos de las nuevas formas de precariedad laboral. Hemos mostrado además que son los mayores responsables de la moderación salarial (aquí) y de que el número de personas vulnerables frente al empleo (por no encontrarlo o por no salir de la pobreza, aun trabajando) se resista a bajar a pesar de los buenos ritmos de creación de empleo de los últimos años (aquí y aquí)

Siempre que se produce un cambio de gobierno, me cargo de optimismo, porque suelen venir con ganas de asumir retos y cambiar las cosas a mejor. No siempre lo consiguen, pero lo intentan. Por ejemplo, estoy seguro que este nuevo gobierno será el primero en desmitificar políticas, de las que se espera mucho, y sin embargo, la evidencia empírica muestra que no son tan eficaces. También creo que será este el primer gobierno que actuará, precisamente, basándose en la evidencia empírica. Estoy persuadido que en breve liberará los microdatos administrativos que son necesarios para evaluar los efectos de un nuevo aumento del salario mínimo, y otras políticas de empleo, y abrirá una convocatoria de proyectos de investigación que servirán pronto para debatir sobre dichos efectos, en especial sobre la pobreza y la desigualdad. También estoy persuadido que la derogación de la Reforma Laboral se harán con evidencia empírica de calidad sobre sus efectos más lesivos. Finalmente, que el nuevo Estatuto de los Trabajadores considerará los cambios en las relaciones laborales que están trayendo la nuevas tecnologías, que no se hará al dictado de unos insiders que se apoyan en instituciones un tanto viejunas, la verdad, y fijará reglas de representatividad más exigentes, para unos y para otros . También que al final de la legislatura seremos el país europeo más avanzado en evaluación experimental de políticas sociales y que nos habremos abierto a nuevas políticas de empleo, activas y pasivas, nuevos sistemas de protección del empleo y el desempleo para el Siglo XXI. Como ven, en realidad, me contento con poca cosa.