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Multiplicadores y Piscinas

La disyuntiva entre consolidación presupuestaria y crecimiento económico me parece una ---en realidad otra--- falsa polémica.  Da por establecido que el gobierno puede crear, o destruir, el crecimiento, aunque sea provisionalmente, modificando el presupuesto.  Y yo no lo tengo tan claro.  En este comentario no voy a resumir la literatura ---poco o nada concluyente, por cierto--- sobre el tamaño del multiplicador del gasto público.  Lo que voy a hacer es aprovecharme de la siguiente simetría:  si el multiplicador del gasto fuera pequeño o nulo en las expansiones fiscales, también debería serlo en las contracciones fiscales.  Por lo tanto, de ser así, los efectos contractivos del mayor recorte presupuestario de la democracia no deberían ser para tanto.

Para hacernos una idea intuitiva de cuál es el tamaño del multiplicador, voy a usar un ejemplo.  Supongamos que el gobierno de una país imaginario, acosado por las exigencias de sus prestamistas,  se decidiera a cerrar provisionalmente ---eso sí--- todas las piscinas públicas, en un esfuerzo por devolver a su gruta al monstruo de los mercados.  Antes de seguir, quiero aclarar que la natación es uno de mis deportes favoritos, que soy un usuario habitual de las piscinas públicas, por lo que me beneficio directamente de la natación subvencionada, y que no tengo nada en contra de la natación pública.  Si he elegido este ejemplo es porque me parece que la natación pública es menos emocional que la sanidad o la educación públicas.  Y porque, cuando he tenido dificultades económicas, lo primero que he hecho ha sido darme de baja de la piscina.

Debo confesar que no tengo ni idea de cuánto se ahorraría con esa medida.  Para normalizar pongamos que 100 millones de euros, aunque podría ser bastante menos, o podría ser mucho más.  Para permitir que todos los afectados tuvieran tiempo de ajustarse a esa medida, el plazo para hacerla efectiva sería de un mes.  (Nótese que estoy siendo mucho más exigente con las piscinas de ese país imaginario de lo que este Gobierno de España lo ha sido consigo mismo ---cuatro meses largos para aprobar los presupuestos--- con la banca ---dos largos años que se nos pueden hacer interminables--- y con todo lo demás que se ha dejado en el tintero).

Así pues, el 1 de mayo de 2012 en ese país imaginario las celebraciones de la fiesta del trabajo coincidirían con el cierre de todas las piscinas públicas y el despido de todos sus trabajadores.  ¿Cuál sería el impacto sobre el crecimiento económico de esta medida?    La aportación de la natación pública al Producto Interior Bruto (PIB) se mide por los salarios de los socorristas y del personal administrativo y de servicios asociado a esa actividad.  Pongamos que ese ahorro son 80 millones de euros.  Pues bien el PIB de ese país se contraería de forma inmediata en esa cantidad.

Pero, además, el sector público dejaría de pagar la electricidad que se usa para iluminar las piscinas y hacer funcionar sus filtros, el cloro que se usa para desinfectar el agua y todos los demás consumibles que se utilizan en el funcionamiento de las piscinas.  Supongamos que ese ahorro supusiera los 20 millones de euros restantes.  Esta cantidad supone una menor facturación de los proveedores de las piscinas públicas.  Si éstos fueran incapaces de encontrar otros clientes, una parte de esa producción ---por ejemplo el cloro--- se contabilizaría como un aumento de existencias ---y por lo tanto no se vería reflejado en una disminución inmediata del PIB, por lo que el impacto del cierre ya es menor que uno--- pero el resto si que lo haría.  (También es verdad que si ese país subvencionara la producción de electricidad incurriendo en un déficit tarifario, habría una fuente adicional de ahorro para el sector público.  Pero no nos perdamos en detalles contables.)

¿Qué más ocurriría?  Claramente el cierre de las piscinas públicas dejaría desatendida a una parte de sus ususarios, que intentarían nadar en otros sitios.  Posiblemente el sector privado se haría cargo de algunas de las piscinas cerradas ---de aquellas que realmente tuvieran demanda suficiente para justificar su reapertura.  Las empresas privadas pagarían al sector público un alquiler por las instalaciones, contratarían a algunos de los socorristas y auxiliares ---casi seguro que no a todos, sino solo a los que fueran imprescindibles para hacer que las instalacones reabiertas fueran rentables y productivas--- y comprarían el cloro y los kilowatios que fueran necesarios.  Y los recursos humanos y materiales que no se volvieran a emplear en la natación pública quedarían liberados para dedicarse a otras actividades.  Nótese que estas reaperturas, recontrataciones y compras vuelven a reducir el tamaño del impacto sobre el crecimiento de la reducción del gasto público que, en un escenario quizás exageradamente optimista, podría llegar a aproximarse a cero.

También ocurriría que algunas personas se quedarían sin nadar y buscarían otros deportes alternativos, como correr en los parques, hacer tablas de gimnasia al aire libre, o pasear por las rosaledas.  Si inisitimos en ser pesimistas, o si no nos gusta el partido del gobierno, argumentaremos que todos los socorristas despedidos terminarán en el paro y que, al final, en ese país imaginario solo terminarán nadando los de siempre, o sea, los ricos.  Pero no tendremos mucha razón.

Y, ya puestos a pedir, quizás ocurriría que los ciudadanos de mi país imaginario empezarían a dudar de la eficacia de las expansiones fiscales y a entender que los servicios públicos, las subvenciones y las transferencias, antes o después, las pagamos entre todos los contribuyentes, y que redimensionar de verdad el sector público y hacerlo consistente con la realidad económica por la que atraviesa un país bien pudiera se la mejor forma de favorecer su crecimiento.