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La perdida de bienestar de la Navidad

¿Cuánto hubiera pagado usted por la bufanda que ha recibido como regalo de Navidad? ¿Cuánto querría para desprenderse de ella? ¿Cuánto cree que ha costado? ¿No cree usted que ha sido mala idea comprar la bufanda? En 1993 Joel Waldfogel se planteó unas preguntas parecidas.  Para contestar a estas preguntas se le ocurrió realizar dos simples encuestas entre los estudiantes de su clase de microeconomía intermedia en Yale University. 86 estudiantes participaron en la primera encuesta que tuvo lugar en enero; 58 participaron en la segunda que tuvo lugar en marzo. Los resultados de estas encuestas se publicaron el mismo año en un artículo en la American Economic Review. El título me parece tan bueno (“The Deadweight Loss of Christmas”) que he decidido tomarlo prestado como título de este post.  Según las cuentas de Joel Waldfogel la perdida de bienestar de la Navidad se puede cifrar entre 1/10 y 1/3 de lo que se gasta en regalos de Navidad. Aplicando estos porcentajes a la España de 2010, estaríamos hablando de una perdida de entre 600 y 1800 millones de euros.

Antes de entrar en el detalle del trabajo quiero aclarar como llego a estos números. Según un estudio de Deloitte sobre el consumo navideño el gasto en regalos en España para la Navidad de 2010 sería de 380 euros por hogar. Multiplicando 380 euros por 16,3 millones de hogares (datos del INE para el 2007), se obtiene una estimación de un gasto total de 6.194 millones de euros en regalos. Dividiendo por 10 se obtiene una “cota inferior”, 619,4 millones. Dividiendo por 3 se obtiene una “cota superior”, 1.858,2 millones. Podría haber buscado estimaciones más cuidadosas. Pero no creo que hubiera merecido la pena ya que ni está claro que sean correctas las cotas sobre la perdida de bienestar (1/10 y 1/3 de lo gastado en regalos), ni está claro que estas cotas, de ser correctas, podrían aplicarse sin más a España. Estos números sirven solo para dejar claro que, de existir una perdida de bienestar, podríamos estar hablando de un total nada desdeñable.

La idea del trabajo es muy sencilla. Si creemos que un individuo conoce sus propios gustos por lo menos tan bien como cualquier otra persona y si abstraemos de valores “sentimentales” o “simbólicos”, una transferencia de  x € es mejor o igual que un regalo (no monetario) de valor x €. La razón es que con x € el que recibe la transferencia compra lo que más le gusta con valor x € y esto tiene que ser mejor o igual que el mejor regalo que pueda comprar con x € otra persona (con información no mejor sobre los gustos del que recibe el regalo). Vistas así las cosas, tiene sentido preguntarse cuál es la perdida que deriva del hecho que la gente se obstina a comprar regalos en vez de dar dinero.

Esto no quiere decir necesariamente que la gente se equivoca en hacer regalos no monetarios, ya que estos suelen tener una componente “sentimental” o “simbolica” cuya origen es difícil identificar y cuyo valor es difícil cuantificar (por ejemplo una bufanda puede demostrar el conocimiento de los gustos del que recibe el regalo por parte del que lo hace). Pero sí nos permite cuantificar el coste económico de estos “sentimientos” y estos “símbolos” (un economista diría probablemente “de estas expectativas”), tengan el valor que tengan, tengan el origen que tengan.

En la encuesta 1 Waldfogel pide a los estudiantes que estimen cuanto han costados los regalos que han recibido en Navidades y les pregunta cual es la máxima cantidad de dinero que estarían dispuestos a pagar por los regalos si no los hubieran recibidos (excluyendo el posible valor sentimental). En la encuesta 2, Waldfogel pregunta a los estudiantes la cantidad de dinero minima que aceptarían para desprenderse de cada uno de los regalos. En otras palabras las dos encuestas intentan estimar el valor de los regalos utilizando la disponibilidad a pagar o la disponibilidad a aceptar por los objetos recibidos. Teóricamente, estas disponibilidades deberían ser iguales (son las cantidades que me hacen indiferente entre tener y no tener la dichosa bufanda). Pero se sabe que en este tipo de encuestas los encuestados suelen dar mayor valor cuando “venden” (disponibilidad a aceptar) que cuando compran (“disponibilidad a pagar”). Esto quiere decir que la encuesta 1 debería dar una cota inferior al valor de los regalos y la 2 una cota superior. A su vez esto quiere decir que la primera encuesta debería dar una cota superior a la perdida de bienestar y la segunda una cota inferior.

En la encuesta 1 en promedio los 86 estudiantes daban un valor de $313.40 a sus regalos frente a sus propias estimaciones de un coste de $ 438.20. En la encuesta 2 los 58 estudiantes daban un valor promedio de $ 462.10 a sus regalos frente a sus propias estimaciones de coste de $ 508.90. Los ratios de estos promedios nos dan unos “rendimientos” de los regalos de 0,871 y 0,661. Esto sugiere que los regalos generan perdidas de bienestar de entre 12.9% y 33.9%. Inútil decir que el trabajo considera otras posible formas de calcular las perdidas de bienestar. Pero los resultados están siempre en el mismo entorno. Una perdida de bienestar de entre 1/10 y 1/3 de lo gastado.

El trabajo encuentra otros resultados verosímiles. Por ejemplo el rendimiento de los regalos es mayor para padres, amigos, hermanos y parejas, y es menor para tíos y abuelos. Por otro lado la tendencia a hacer regalos monetarios es menor para el primer grupo que para el segundo.

El trabajo tiene varias limitaciones. La primera es que no está claro si sus resultados son extrapolables ya que está basada en una encuesta a personas de entre 18 y 22 años, con una renta familiar elevada ($143,000), que estudian economía y que no trabajan. La segunda es que no está claro que una encuesta y en particular la encuesta realizada por Waldfogel sea la mejor manera de estimar el valor “material” de los regalos para los que los reciben.

Varios autores han escritos comentarios al trabajo de Waldfogel que también han sido publicados en la American Economic Review. Sara Solnick y David Hemenway, por ejemplo, han replicado el estudio de Waldfogel con dos cambios importantes. Por un lado el conjunto de encuestados era mayor, más heterogéneo y con una renta media más baja. Por el otro, la pregunta para estimar el valor de los regalos estaba formulada en una forma distinta. El resultado que encuentran es que los regalos no monetarios crean valor, hasta el punto que para el que lo recibe el valor del regalo es 2,14 veces la estimación de su coste. Esto puede ser debido a que los encuestados no logran separar el valor material que dan al objeto de su valor simbólico o sentimental. Pero puede derivar también del hecho que al valorar un objeto recibido como regalo los encuestados incluyen (oportunamente) los costes de búsqueda que se han ahorrado. Otros autores han utilizado subastas (con formatos que a mí me parecen bastante extraños) para estimar el valor de los objetos recibido como regalos. Otros han hecho experimentos de laboratorios para comprobar la importancia de la formulación de la pregunta o del el hecho de ser estudiante de economía o psicología.

A día de hoy no creo que el tema esté resuelto. Pero a mi me parece que el trabajo original, así como algunos de los comentarios sucesivos son útiles porque intentan poner orden en la manera en la que pensamos sobre estos asuntos. No creo que los trabajos permiten dar recomendaciones (Joel Waldfogel cae en la tentación de vez en cuando en sus columnas o en Scroogenomics, el libro que ha publicado el año pasado). Tiemblo a pensar que hubiera hecho mi mujer si le hubiera entregado un sobre en Navidad. Pero sí creo que cada persona puede adaptar estas reflexiones a sus circunstancias personales. Para algunos podrían servir para mejorar sus estrategias de regalos de Navidad. Para otros podrían ayudar a entender cuan costoso es vivir en este mundo loco en el que nuestros sentimientos dependen de las bufandas horribles que nos sentimos obligados en regalarnos.