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Recomendación de lectura: The social instinct. How Cooperation Shaped the World. De Nichola Raihani

Me despedí antes del Verano con un par de libros (éste y éste) y este mes toca otro. No es que piense hablarles de todos los que leo, pero he tenido buena suerte recientemente y me gusta compartirla. Esta vez se trata de un magnífico libro de la interesantísima investigadora Nichola Raihani a quien conocí al poco de llegar a Londres y que trabaja entre psicología, ecología y biología.

El título invita a pensar en una larga tradición de títulos en economía que estudian lo que Axelrod llamó con tanto éxito la “evolución de la cooperación.” La pregunta que se intenta contestar en muchas de esas obras es cómo el ser humano ha logrado trascender la lógica del “gen egoísta” de Dawkins mediante estrategias que logran éxito individual con la cooperación del grupo. De algunos de ellos les hemos hablado en el blog. Por ejemplo, aquí Santi Sánchez Pagés o yo mismo.

Por esto, si les digo la verdad, me daba un poco de pereza leer el libro, que pensé sería repetitivo respecto a mis lecturas previas. Nada más lejos de la verdad. En primer lugar, porque el título es algo engañoso. No se trata solo de cooperación, sino de la tensión, lógica en un sistema evolutivo, entre cooperación y conflicto. Y lo que es más interesante, la tensión se desarrolla incluso dentro de las unidades donde los propios economistas no tenemos reparos en suponer “altruismo”, como el propio individuo o la familia. Y en segundo lugar porque los profundos conocimientos biológicos de la autora le ayudan a presentar la evidencia con unos ejemplos maravillosamente interesantes y novedosos, para mí.

Esto se ve claramente en la estructura del libro que está divido en cuatro partes. La primera, llamada “the making of you and me” ilustra el complejo proceso de creación de un individuo que es mucho más que un individuo si se mira con cuidado. La segunda, “the family way” analiza conflicto y cooperación en la familia. La tercera, “widening the net” amplía el foco a grupos más grandes. Finalmente “a different kind of ape” estudia en qué aspectos los humanos somos únicos.

Empecemos por la parte 1. Pensar en un ser humano (o en otro ser vivo) como un agente con sus preferencias y su identidad nos parece poco problemático a los economistas, pero no es tan trivial si nos ponemos con el microscopio a diseccionar a ese “individuo.” En el fondo el ser humano no es más que una super colonia de células, que actúan conjuntamente porque les conviene. De manera no muy diferente a una colonia de insectos sociales. Como dice la autora, uno puede intentar extender la analogía a los seres humanos, cuyos grupos también tienen una división del trabajo muy intensa y una gran cooperación. La diferencia grande es que los intereses evolutivos de la colonia de hormigas están mucho más alineados que las humanas debido al monopolio reproductivo de las reinas en las colonias de insectos. La cosa se pone más interesante cuando nos damos cuenta de que en la colonia humana viven también miembros que no comparten la suerte genética que alinea los intereses de nuestra células. Por ejemplo, en nuestros intestinos viven cantidades masivas de bacterias de manera simbiótica, y generalmente cooperativa. Pero, y esto es crucial, no siempre. Algo que la medicina está estudiando intensamente los últimos años.

El capítulo 3 tiene ejemplos realmente iluminadores sobre los impactos del conflicto de interés que surge incluso dentro de los “individuos”. Por ejemplo. Las mitocondrias las heredamos solamente de nuestras madres, y no tienen una alineación de intereses perfecta con los genes que vienen de nuestros padres. Asimismo, el proceso de reproducción sexual también crea conflictos. Simplificando (en exceso) cada célula sexual es “la mitad” de una completa, que se juntará con otra mitad de la otra persona. Esto quiere decir que en el proceso de división un gen que consiga estar en las dos mitades tiene mucho que ganar evolutivamente. Pero claro, esto derrota el objetivo evolutivo de la reproducción sexual, que es aumentar la diversidad, lo cual es muy eficiente en la lucha contra patógenos. Esto obliga al colectivo de genes a poner trabas a los tramposos que intentan saltarse la lotería.

Este tipo de ejemplos de tensión entre cooperación y conflicto se hacen aún más patentes en la segunda parte, que trata de la familia. A pesar del interés común en los descendientes de los miembros de la pareja, la alineación no es completa y esto lleva a numerosos conflictos. Empezando por la desigual distribución del trabajo de criar la prole en numerosas especies. Dentro de la sección, el extenso conocimiento biológico de la autora nos lleva a datos muy interesantes. Yo había leído que la razón por la que los humanos nacemos tan poco desarrollados tenía que ver con el tamaño del cerebro (y por tanto de la cabeza) que hacía difícil nacer y que la cadera femenina permitiera la estabilidad. Pues resulta que la más reciente investigación sugiere que son más bien las tremendas exigencias energéticas del feto las que obligan a un nacimiento “prematuro” que son comparables a las de correr una ultramaratón. Pero esto no quiere decir que la literatura de ciencia social se olvide, también discute la evidencia histórica y antropológica que muestra que cuando la ratio de hombres a mujeres aumenta, los hombres están más dispuestos a casarse y la estabilidad conyugal es mayor.

El conflicto no es solamente entre hombres y mujeres, también existe entre hijos y padres, o hijos entre sí. La discusión del origen de la diabetes gestacional como producto del conflicto evolutivo entre madres y feto es muy interesante. Como lo es la que explica la incómoda costumbre de los bebés de despertarse numerosas veces por la noche como una “inteligente” estrategia para evitar que nazcan nuevos bebés en la familia. Seguro que los padres y madres recientes entre los lectores están asintiendo vigorosamente en estos momentos.

La sección tercera recoge material que será más familiar para los economistas sobre altruismo y reciprocidad, pero tiene también ejemplos naturales fascinantes. Los “Hamlet fish” (Hypoplectrus en latín) es una especie de peces hermafrodita. Cuando se encuentran para procrear, la tentación de cada miembro de la pareja es utilizar la estrategia más barata, producir esperma y largarse. La resolución de este conflicto de interés es curiosa. En primer lugar, dividen la interacción en pedacitos. Primero envían algunos pocos huevos y dejan al otro fertilizar, y luego esperan a que la otra parte haga lo mismo. Y así siguen un buen rato. Algo que me recuerda mucho a este artículo teórico de Joel Watson. Y en segundo lugar, todos dejan el apareamiento a última hora del día cuando queda poca luz, para que no haya muchas posibilidades de marcharse y dejar a la pareja para buscar otra.

La cuarta sección, que se centra más en especificidades humanas, también tuvo numerosos descubrimientos para mí. Por ejemplo, la fuerte relación que existe entre la psicosis y el bajo estatus socioeconómico. Y esto tiene implicaciones. En un juego del dictador, en el que un participante decide la distribución de dinero entre él o ella y un receptor, la mayoría de los receptores que recibieron poco atribuyen malas intenciones al dictador. Pero esta “paranoia” puede ser manipulada experimentalmente, por ejemplo informando al receptor del nivel social del dictador.

No voy a hacerles más “spoilers”. Sirvan estas líneas como anticipación de un libro sutil que nos permite poner en contexto lo que sabemos los economistas sobre conflicto y cooperación. La especia humana no está sola, y comprendemos mejor lo que nos pasa si entendemos no solo la historia y la geografía de nuestras interacciones, sino también la biología de las mismas.