Lisístrata o la aversión de las mujeres a la guerra

(De Aubrey Beardsley - 1896)

 El otro día mi hija me apuntó a un artículo antiguo de El Diario que sugiere que las mujeres son menos proclives que los hombres a comenzar guerras, y me preguntaba si el estudio era fiable. No me sorprende que esté preocupada, los dos últimos años han sido en los que más muertes en conflicto se han observado desde 1986. Y aunque el estudio del Pew Center que cita El Diario no parece estar disponible, hay encuestas entre naciones para la guerra de Afganistán e Irak y una serie algo más larga de Gallup para Estados Unidos que apuntan en la misma dirección. Y, claro, nadie que haya oído hablar de la comedia de Aristófanes, Lisístrata, en la que las mujeres atenienses amenazan con una huelga de sexo para que los varones se dejen de guerritas puede sorprenderse demasiado. Hoy quiero hablarles de algunos matices interesantes de este fenómeno.

Una cuestión importante es que no todas las guerras son iguales. Hay una tradición filosófica que estudia a fondo qué es una guerra justa, por ejemplo, a la que la Escuela de Salamanca contribuyó de manera notable. Por esto un artículo de Brooks y Valentino se enfoca más bien en comprender cuándo estas diferencias de género son mayores o menores. La literatura tradicional explica la diferencia de género con varias teorías. Por un lado, las mujeres pueden ser madres y esto las hace más sensibles a las pérdidas de vida humana. Por otro, las mujeres son socializadas de manera que la agresión es menos aceptable. Y, finalmente, las organizaciones feministas tienden a ser antibelicistas.

De estas teorías deducen varias hipótesis, que comprueban con una encuesta experimental.  De la teoría de maternidad, deducen que una guerra con objetivos humanitarios será más aceptable para las mujeres que las que tienen objetivo económico. De la teoría de consenso, que una guerra con apoyo multilateral, por ejemplo de la ONU, tendrá más apoyo femenino. El estudio se realiza con una encuesta experimental (con 1194 participantes) en la que se dividen los encuestados en dos escenarios de guerra entre Westeria que invade a Malagua, y se pregunta si apoyarían una intervención americana con tropas en el terreno. Los escenarios se describen como artículos típicos de prensa para añadir realismo. En un brazo de la encuesta una parte de los encuestados se les dice que la guerra es por motivos económicos (para proteger pozos de petróleo) y la otra por motivos humanitarios (para proteger civiles). En el otro brazo de la encuesta, los escenarios son que existe aprobación de la ONU o que no existe. La pregunta es si se aprueba la guerra o no, en una escala de 1 a 6. En ambos casos, el tipo de guerra hace dar la vuelta al sesgo de género. Las mujeres pasan de apoyar la guerra menos a hacerlo más cuando la guerra es humanitaria o aprobada por la ONU: Entre los hombres no hay diferencias significativas en el apoyo a la guerra en las diferentes condiciones.

Para investigar más en profundidad las teorías, se interactúa la condición con preguntas sobre si las mujeres son empáticas, madres, o feministas (para el primer experimento) o si tienen orientación al consenso en el segundo.  Para el primer experimento, la maternidad y el feminismo parecen ser claramente los mecanismos del efecto de género, que desaparece si estas variables no están presentes. Para el segundo experimento, la orientación al consenso no parece tener mucha tracción en la explicación, y el efecto de género se mantiene intacto.

Un artículo posterior, de Crawford, Lorens y Lebovic, es particularmente interesante para entender algunas de las intervenciones armadas más probables en la actualidad. En este caso, la teoría es que las mujeres pueden encontrar más importante el valor de preservar a los civiles y se inclinarán hacia un lado o hacia el otro.el otro sobre el tema bajo ciertas condiciones. Y a partir de esto hipotetizan que una mujer aceptará más el riesgo de víctimas civiles si el objetivo (digamos un terrorista) es más importante. Un mayor número de víctimas civiles, particularmente si son “inocentes” reducen el apoyo femenino. Y la incertidumbre sobre identificar al objetivo reduce más el apoyo de las mujeres.

Este estudio también usa una encuesta con diferentes escenarios. Para la hipótesis sobre el objetivo se usa un ataque con drones contra un objetivo terrorista. Y los escenarios son que el objetivo es, respectivamente, un líder talibán, un miembro de Al-Qaeda, o el líder de Al-Qaeda. Para las hipótesis sobre quiénes y cuántas son las víctimas se dice a distintos encuestados que en un ataque contra un líder de Al-Qaeda pueden morir “sus cinco hijos niños pequeños”, “cinco niños pequeños”, “cinco adultos” o “veinticinco adultos”. Para la última hipótesis, el escenario es que el ejército va a atacar un convoy en el que cree que se encuentra un líder de Al-Qaeda, y que va a ser difícil encontrar un momento mejor para eliminarlo. La pregunta de tratamiento añade que la localización del líder en el convoy se cree “basado en evidencia fuerte”.

Para la primera hipótesis el resultado es que aunque las mujeres son menos favorables al ataque, son sensibles al valor del objetivo (los hombres no). Para la segunda opción, no parece haber grandes diferencias de género, aunque tanto hombres como mujeres piensan que cinco víctimas infantiles no relacionadas con el líder es el peor resultado, seguido de veinticinco adultos. La única diferencia es que hay más mujeres que contestan que “no saben.” Para la última hipótesis tampoco se observan diferencias de género.

Los dos artículos reseñados se enfocan en cuestiones muy diferentes, como una intervención en un conflicto entre dos países, o intervenciones para desactivar enemigos del propio país. Dada la sensibilidad que ambos muestran a las circunstancias específicas, es muy difícil extraer conclusiones muy generales. Pero la imagen que surge de las discusiones es que los detalles importan mucho. En otras palabras, lo que puede constituir una guerra justa varía mucho entre hombres y mujeres, y depende de por qué se va a la guerra, quién es el objetivo, y cuáles pueden ser las consecuencias para terceras personas. Lisístrata estaba probablemente pensando en alguna guerra “estúpida” entre varias ciudades vecinas en Grecia, y su actitud quizá fuera diferente ante una invasión persa.

Una pregunta natural en este contexto es si la solución a la guerra es aumentar el número de mujeres en ministerios, gobiernos y ejército. No es nada obvio, uno no puede olvidarse del papel de Lynndie England en las torturas de Abu Ghraib, por ejemplo. Si el proceso de selección y la cultura institucional no cambian, no parece claro que simplemente tener más mujeres vaya a mejorar nada. Pero este tema es demasiado importante y complicado para tratarlo con anécdotas y mejor dejamos la discusión para otro momento.

No podría acabar sin decir que aunque entiendo el valor de las encuestas experimentales, he encontrado las preguntas de, sobre todo, el experimento de Crawford, Lorens y Lebovic bastante perturbadoras. Es muy probable que en muchos casos hubiera contestado que no sé qué hacer. También en eso las mujeres parece que tienen razón.

Hay 1 comentarios
  • Hola, Antonio. Yo priorizo la guerra con el monopolio de la violencia.

    Creo que históricamente la complexión física promedio, ceteris paribus, es mayor en los hombres que en las mujeres, lo cual condiciona la distribución del monopolio de la violencia física dentro de un grupo.
    Esta exclusión biológica y cultural de la mujer del ámbito del ejercicio de la violencia física, salvo excepciones (amazonas, etc…) ha potenciado otros valores, más cercanos a la empatía y la resolución de conflictos por otras vías.
    Parte del feminismo, desde mi punto de vista, se opone al empleo de cualquier tipo de violencia física, masculiniza dicho tipo de violencia, como si el varón fuera propenso a ejercer dicha violencia de forma natural y arbitraria. De ahí la fusión de conceptos, violencia machista.
    Esto supone una reducción y una relación biyectiva, que no discrimina además entre personas o personalidades agresivas per se. La fuerza física como la inteligencia son dones naturales y necesarios, el uso ilegítimo que puntualmente se haga de ellos, no es condición suficiente para estigmatizar a un colectivo o género.

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