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Cómo usar a los vecinos para darnos un empujoncito climático: El experimento OPOWER  

Como argumenté la última vez que estuve por aquí, la mejor estrategia para mitigar el cambio climático es usar un impuesto pigouviano. Pero esto no quiere decir que el arsenal del político reformista en cuestiones climáticas se acabe aquí. En esta entrada analizaremos un programa de información al consumidor que tenía como objeto la reducción del consumo eléctrico. Esta herramienta es particularmente atractiva, porque capitaliza el poder de las “normas sociales” y los nuevos descubrimientos en ciencia de la conducta. Y, crucialmente, no cuesta dinero ni al político ni al ciudadano. Esto de que no cueste dinero a los ciudadanos es importante. No olvidemos que el movimiento de los “chalecos amarillos” nace justamente a causa del alza de un impuesto pigouviano.

En concreto vamos a hablar del experimento de OPOWER y sus cartas llamadas “Informes de Energía Doméstica” (HERs por su acrónimo en inglés) analizado por Hunt Alcott en el Journal of Public Economics. Las cartas diseñada por OPOWER, una consultora que ofrece servicios de información a diversas compañías que proporcionan energía doméstica, tienen varias páginas y dos componentes principales. El primero es el “módulo de comparación social.” Como se puede ver en el gráfico que sigue, en él se compara el consumo del domicilio con la media y el percentil 20 (de menor consumo) de su grupo de comparación. Este grupo incluye unos 100 hogares próximos con características similares, en términos de, por ejemplo, metros cuadrados y tipo de calefacción (gas o eléctrica). Además de la comparación se añade una indicación normativa sobre si el hogar es “muy bueno,” “bueno,” o “por debajo de la media.”

El segundo componente del informe es un “módulo de recomendaciones,” en el que se sugieren reformas en el uso y consumo de distintos aparatos domésticos, basados en su uso de energía histórico. Por ejemplo, un domicilio que consume una cantidad desproporcionada en verano recibiría consejos sobre ahorro en el aire acondicionado.

Los dos módulos intentan afectar al consumo por varias vías. Las recomendaciones pueden proporcionar directamente información útil que el decisor desconoce. El módulo de comparación social puede sugerir al individuo que los vecinos podrían tener información útil para su domicilio y así facilitar el aprendizaje social. Este mismo módulo también puede señalar al individuo que su uso de energía es “socialmente inaceptable” e incentivar un consumo menor, que puede tener algún coste en su bienestar material, pero es compensado por una menor “incomodidad moral.”

El experimento (analizado por Hunt Alcott aquí) se realizó en 2009 con la colaboración de 17 compañías eléctricas locales americanas, la mayoría en la costa del Pacífico y el medio oeste. Puede parecer extraño que las empresas se sumen a un experimento para reducir el consumo, pero muchas de ellas son empresas públicas o reguladas con un objetivo concreto de reducción del consumo. Las cartas se enviaban a un grupo de consumidores escogido aleatoriamente entre aquellos con suficiente historia de consumo para hacerlo útil. El grupo de control no recibía ninguna carta. En un sentido esto es una debilidad del experimento, ya que el “tratamiento” es tanto recibir una carta como su contenido. El grupo tratado también se dividió aleatoriamente entre los que recibían información mensual o trimestralmente. Hay que hacer notar que las compañías eléctricas en USA son normalmente monopolios locales y por tanto no existe un problema de autoselección de los consumidores más concienciados hacia las compañías que realizan el experimento.

Revisando los datos una primera observación interesante es que la mayoría de la energía se gasta en refrigerar (nevera y aire acondicionado) y calentar (agua y calefacción). Como la muestra es muy grande, más de tres millones de personas (¡quién la pillara!) y el diseño es experimental, los resultados son muy robustos a las distintas formas de estimación. El efecto estimado es una reducción de un 2,3% y un 2,7% para el tratamiento mensual y trimestral respectivamente. Una observación interesante es que incluso después de controlar por las características observables hay bastantes diferencias en el efecto entre distintos estados. Especulo que en parte esto se debe a diferencias culturales en el poder de las normas sociales, que tienen un impacto diferente en distintos lugares. Esto me parece importante porque sugiere que generalizar resultados de un experimento de esta naturaleza no es trivial y requiere un conocimiento sociológico detallado.

Otro aspecto para mí interesantísimo del experimento es lo que ocurre con la variación a lo largo del tiempo. Por mi interés en temas educativos soy consciente de que el efecto de muchos tratamientos puede ser poco duradero y este experimento me causaba curiosidad en ese aspecto. Pero como verán en el gráfico, en este caso la sorpresa fue positiva. Se tardan unos meses en llegar al efecto completo, pero incluso dos años después de comenzar el experimento los efectos persisten. Muy probablemente nos encontramos ante un cambio de hábitos permanente. Una vez los participantes hacen los cambios apropiados en el hogar, o se acostumbran a las nuevas temperaturas medias, ya no hay motivo para volver a cambiar. Sobre esto también tiene evidencia el experimento. Los cuestionarios que se envían a los consumidores sugieren que el tratamiento aumenta comportamientos cuales son el ajuste de termostatos o mejorar el aislamiento. Es improbable que las familias no supieran que esto servía para mejorar el consumo eléctrico, de modo que todo apunta a que la información aumenta el “coste moral” de separarse de la norma social y no es simplemente un aprendizaje sobre cómo ahorrar.

Por otro lado, cuando el autor realiza un análisis de heterogeneidad del efecto no observa que los consumidores que inicialmente eran más frugales pasen a ser más derrochadores. Este es un aspecto importante porque en otros experimentos que explotan normas sociales se ha observado un “efecto bumerán” según el cual los que se comportaban mal mejoran, pero los que se comportaban bien empeoran. Probablemente el tipo de intervención que refuerza mucho el comportamiento de los “mejores” haya podido evitar este efecto.

Para hacerse una idea de la importancia del cambio, el autor calcula cuál sería el aumento de precio equivalente a una reducción del consumo. Tomando el valor de la elasticidad-precio a 60 días que estiman Reiss y White en California, de entre un 10% y un 18%, el cambio de precio que generaría una disminución del consumo del 2% es de entre un 11% y un 20%. Por comparación, el impuesto que llevó a las protestas de los chalecos amarillos fue de 3 céntimos de euro por litro de gasolina (aproximadamente un 2% de los precios del momento) y 6 céntimos por litro de diésel (un 5% de subida).

No quiero acabar sin decir que, a pesar de todo, los impuestos pigouvianos son la herramienta más importante de la que disponemos en el arsenal regulatorio. Pero se deben imponer con más sensibilidad redistributiva, como parte de un paquete en que el todo el mundo contribuye, y de manera muy especial los que más tienen, y por tanto se han beneficiado más de las emisiones hasta este momento. Y si de paso encontramos otras herramientas más morales, pues también se deben usar. Recuerden, los buenos incentivos no son sustitutos de los buenos ciudadanos.