¿Son las listas abiertas la solución?

Llevo desde hace unos días en la cabeza el comentario de Jesús al post de Manolo Bagues y Berta Esteve. Decía Jesús que "mi visión está claramente sesgada por el sistema de listas abiertas de la república que, personalmente, creo que fue un desastre". Me llamó la atención porque hace tiempo que me frustra la falta de "political entrepreneurship" en España, y no había caído en los potenciales peligros de las "listas abiertas". Personalmente, me ahoga la falta de nivel y de color de nuestra política. Debí de ser uno de la media docena de compatriotas que votó a los liberales de la llamada "operación Roca", y lo hice menos por ideología (que también) que por la sensación de que eran gente diferente y aparentemente meritocrática. En este sentido, la reacción de Mariano Rajoy a los problemas de su partido es reveladora. Esencialmente es algo así como. "Ojo, que las listas las controlo yo." Por cierto, no muy distinto de aquel famoso: "el que se mueva no sale en la foto" atribuida a Alfonso Guerra.

Mi encuesta privada a media docena de amigos me sugiere que estamos de acuerdo en que nos gustan más las listas abiertas (uno de ellos es Massimo Morelli, who should know better). Pero no encuentro mucha evidencia que traer a este foro. Un papel curioso de un par de politilogos, Chang y Golden presenta evidencia de que las listas abiertas están asociadas a más corrupción cuanto mayor es el distrito, al revés que las listas cerradas. Tiene cierta lógica. Un emprendedor político que invierta las cantidades ingentes que son necesarias para ganar un distrito grande tiene que esperar una recompensa elevada. Dado que los salarios no crecen tan rápidamente como las posibilidades de corrupción, los distritos grandes son desproporcionadamente atractivos para los corruptos.

Algo relacionado dicen Lizzeri y Persico cuando comparan los incentivos a proveer bienes públicos en un sistema proporcional y otro mayoritario. Los sistemas mayoritarios son menos propicios a los bienes públicos porque éstos no pueden dirigirse con tanta precisión a nuestros partidarios como los gastos "pork barrel" que pueden excluir mejor a los "enemigos".

En otras palabras, los emprendedores políticos nos resultan simpáticos a los economistas. Pero tanto el argumento histórico de Jesús, como el empírico de Chang y Golden, o el teórico de Lizzeri y Persico sugieren que antes cambiar el sistema constitucional lo hemos de pensar cuatro veces. Pero no me consuelo. Mi instinto me dice que necesitamos más emprendedores en todos los ámbitos de la vida. Más que nunca, si alguien tiene comentarios, serán muy bienvenidos.