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¡Los coles hacen trampa y la culpa es de la prueba!

He de confesar que escribo este artículo un poco indignado. No es que tenga mucha confianza en la prensa, pero al menos de The Economist esperaba algo más de seriedad. Un artículo de la semana pasada informaba sobre un caso de “corrupción” (no encuentro un nombre mejor) escolar. Trece profesores, entre ellos un director y un subdirector de una escuela primaria, habían sido castigados por alterar las notas de un examen estandarizado en su colegio. Hasta aquí, todo normal, alguien hace trampas y se le castiga. Lo que me indigna es que el Economist se muestra comprensivo con esos profesores.

Antes de entrar en detalles, dejen que les explique el trasfondo de la cuestión. La primera ley firmada por George W. Bush cuando llegó a la presidencia fue el No Child Left Behind Act (Ningún Niño Dejado Atrás). Fue una de las pocas leyes que apoyaron los dos partidos en su presidencia, en parte porque fue diseñada en buena medida por el equipo de Bill Clinton. Los dos aspectos más sobresalientes de la ley eran la rendición de cuentas de las escuelas, a través de los exámenes estándar (digamos unas reválidas, para entendernos) iniciativas basadas en la investigación y, muy importante, información a los padres como una base para la acción. Uno de los aspectos más importantes de la ley es que los padres deberían ser informados si la escuela de sus hijos lo estaba haciendo mal, medido por una serie de indicadores, y se les permitiría elegir escuelas fuera del área que normalmente les correspondería sin vivir allí. Las escuelas que lo estuvieran haciendo mal perderían fondos y podrían ser cerradas.

Por tanto, un mal comportamiento de las escuelas en los exámenes puede llevar a malas consecuencias para éstas. Ante esto caben dos reacciones. Intentar mejorar o hacer trampas. Por cierto, es la misma elección a la que se enfrenta un estudiante. A ninguno nos extraña que haya estudiantes que elijan ir por el mal camino, ¿verdad? Entra dentro de lo natural. Los profesores debemos estar atentos para impedir que hagan trampas, eso es todo. Pues al Economist le parece que esto es un problema (y traduzco del original) “Y en esto, dicen muchos especialistas en educación, radica el problema: el inmenso peso que el NCLB da a un sólo examen. Los profesores pasan una porción de tiempo “enseñando para el examen”, porque saben que los resultados determinan sus futuros. Un estudio del sistema escolar de la Kennedy School de Harvard encuentra que cuanto más peso se da a los exámenes, es más probable que los profesores alteren los resultados.”

Como son muy listos, no llegan a disculpar a los criminales, pero es llamativo que citen a alguien de la Kennedy School con un estudio que demuestra que si hay más incentivos se hacen más trampas. Seguro que si miramos cuántos atletas se dopan o cuántas casas se roban también depende de los premios en la competición o el dinero que hay en las casas. ¿Y qué? Pues a castigar a los que se portan mal, y basta. ¿Que los profesores pasan mucho tiempo dedicados a que los alumnos aprueben el examen? Yo diría que es lo normal. Si el examen está mal hecho, perderán el tiempo, y si está bien hecho, no lo harán.

Para colmo, acaban diciendo que el ministro de educación es crítico con el NCLB. Y citan como evidencia que varios estados han bajado los estándares para dar una ilusión de progreso. ¿Pero esto que es? ¿Los estados se comportan mal, y la culpa es de la ley? Un poco de seriedad, señores míos.

Pero también hay alguna buena noticia. Hastings and Weinstein estudian el efecto de NCLB en general, y en particular en el contexto de un experimento de campo en Carolina del Norte. En ambos casos, encuentran que proporcionar a los padres información clara sobre las escuelas hace a más padres cambiar a sus hijos de escuela. Entre un 5 y un 7 por ciento más de padres cambian a sus hijos (sin información es un 16 por ciento) cuando tienen información. Y cambiar a un niño a un colegio que es una desviación estandar mayor mejora su rendimiento en aproximadamente un tercio de desviación estándar, una mejora muy significativa.

Así que yo sugeriría que nos dejemos de bobadas. Las reválidas son importantes, nos ponen a los profesores firmes y a los chicos y sus padres también. Algunos, niños o profesores, haremos trampas. Pues a castigar al tramposo. Tarjeta amarilla y después tarjeta roja. Y que gane el que más sude la camiseta.