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El malestar del campo (I): Tecnología y sostenibilidad*

Los costes de abandonar el campo

Hace unos años, en lo más negro de la Gran Recesión, mi padre me pidió que le acompañara a visitar el último huerto de naranjos que nos quedaba. El huerto ofrecía un espectáculo desolador. Mi padre, ya mayor, no trabajaba cotidianamente, pero seguía cumpliendo los plazos del riego. Aquello no era por falta de riego. Las naranjas medio devoradas pendían de ramas, algunas quebradas, otras con hojas trasquiladas. La población de ratas y conejos, sin el control de los agricultores pendientes de su cosecha, crecen sin control y arrasan con todos los frutos. El campo agrícola, una vez abandonado, no revierte a un estado de naturaleza primigenia sino a un abandono comparable a un polígono industrial desmoronándose. Las consecuencias medioambientales de la “reubicación sectorial” del empleo en la agricultura son enormes. Durante los años del boom inmobiliario (estoy hablando de la Comunidad Valenciana) muchos agricultores arrancaron los naranjos para plantar palmeras que más tarde adornarían lar urbanizaciones que se construían por doquier. Como la demanda de palmeras era mayor que la oferta autóctona se empezó a importar palmeras egipcias que trajeron el temido picudo rojo, un escarabajo que destruye el interior de las palmeras. Hoy esos criaderos abandonados son un problema de salud pública. También sufren muchos incendios. Algunos son espontáneos, por la cantidad de yesca que acumulan, pero otros son provocados. Es mucho más barato para el bolsillo particular arrasar con todo que pagar a alguien para arrancarlas. El coste social es enorme. Mientras, se está empezando a replantar naranjos. Pero tardan en dar fruto: unos 3 años, aunque pasan otros 7 hasta obtener un producto óptimo. El sector agrícola, en el mejor de los casos, se recupera muy lentamente tras un abandono masivo. La dificultad y la lentitud para recuperar la producción agrícola fue una de las razones por las que se creó la PAC.

Externalidades en la producción

Por aquellas fechas, un vecino nos pidió que le cediéramos el bancal adyacente al huerto mencionado para cultivarlo. La empresa de construcción donde trabajaba había cerrado y había pensado en volver al campo. Al poco, desistió: no era rentable. No solo porque la competencia de las grandes explotaciones tiraba los precios, sino por los costes de poner a trabajar una parcela rodeada de tierra abandonada. Aquel bancal producía jugosos brócolis, irresistibles para los roedores que merodeaban por los terruños colindantes. Mi vecino no ganaba para defender la producción de aquellos invasores. Esta anécdota pone de manifiesto una característica esencial de la agricultura: las externalidades. La productividad de una explotación depende de la productividad de las que la rodean. La manera de internalizar esta interdependencia es hacer trabajar todas las parcelas al unísono. Esto se puede hacer concentrando la propiedad en unas solas manos o creando un mecanismo de coordinación. Este segundo mecanismo solo puede ser impulsado y sostenido por las instituciones públicas. Para esto sirve la PAC, de la que hablaremos en otro post. En los dos casos se produce un efecto de escala: la productividad de cada parcela aumenta con el tamaño de la explotación. Este aumento es tanto mayor cuando se puede mecanizar mejor la producción. El efecto sobre la productividad agregada de una economía al aumentar la productividad agrícola es suficientemente reconocido en la literatura sobre Economía del Desarrollo (véase Adamopoulos y Restuccia 2014).

Tecnologías intensivas

La tecnología agrícola tiene otra propiedad: en general, tiene un rígido time to build. Los almendros florecen en primavera y, si lo hacen antes, es una mala señal de cambio climático con los consiguientes riesgos de pérdida de cosecha. Respetar esta rigidez sólo permite aumentar la productividad de forma extensiva: aumentando la escala de producción. Pero esto tiene sus límites, especialmente geográficos. Otra manera de aumentar la productividad se basa en la modificación genética de las plantas. Por ejemplo, el trigo modificado resiste la técnica del secado para acelerar su maduración. Se comienza rociando con herbicidas (por ejemplo, el polémico glifosato, que todavía se permite en la UE) el trigo aún verde que, así, madura rápidamente --especialmente porque el pesticida mata la raíz--,y luego se orea en silos especiales. Esta técnica ha permitido que el cultivo del trigo se haya extendido por países de clima frío como Canadá o Ucrania, que son los mayores exportadores de trigo actualmente. El trigo es un cultivo de clima caluroso, recordemos que, en la Antigüedad, Egipto era el granero de Roma. El secado con fumigación previa permite una cosecha rápida antes de que empiece el frío. En las frutas y hortalizas se consigue con los plásticos y pesticidas. La combinación de estas técnicas de aceleración de madurado con la escala de producción hace que aumente el número y volumen de las cosechas y reduce los precios de los productos. En resumen, la agricultura intensiva tiene grandes rendimientos a escala, aunque algunos se deriven de no internalizar el daño medioambiental que produce.

Esta agricultura intensiva, además, produce alimentos de menor calidad. La primera razón, la más obvia, es que para que una naranja de Alicante no llegue pocha a una mesa de Berlín debe arrancarse antes de su maduración natural. La segunda es que los insecticidas como el glifosato impiden la buena absorción de todos los nutrientes de los alimentos tratados. La consecuencia es que los alimentos no tienen los nutrientes que deberían tener y/o son más difíciles de digerir. Así que puede que paguemos un precio menor por un kg de naranjas de agricultura intensiva, pero no está claro que paguemos menos por un kg de nutrientes de naranjas.

Otra variante de la tecnología intensiva es la transformación de un cultivo de secano en regadío. Voy a centrarme en el olivo, aunque la vid es un caso parecido. Los olivos son árboles de clima Mediterráneo árido. No necesitan ser regados, les basta el agua de la lluvia. Solo necesitan disponer de suficiente terreno para absorber la humedad de la tierra. Por eso la densidad de árboles en un olivar de secano es baja, entre 80 y 120 árboles por hectárea. Además, son árboles con varios pies, que quiere decir que tienen un tronco importante para aprovechar toda la humedad. La forma de aumentar la producción por hectárea es juntar los árboles pero, cuanto más juntos, más competencia, y más agua de riego y fertilizantes se necesita. Eso es exactamente lo que pasa en las nuevas técnicas de olivar intensivo y olivar en seto que son netamente cultivos de regadío. Para comparar, una hectárea de secano produce alrededor de 4.000kg de aceituna. El olivo en seto tiene una densidad entre 1.000 y 2.000 árboles y produce en media 12.000kg por hectárea. El olivo de secano puede tener una vida útil de 100 años y el seto hasta 15 años. Claro, estamos comparando un señor árbol con un arbusto escuálido. Y ahora la gran pregunta: ¿cuál de los dos produce una aceituna de mayor calidad? Mi experiencia personal me dice que el cultivo al que se le echa mucha agua para que tenga volumen no tiene mucha sustancia; en el caso de la aceituna, esa sustancia es el aceite rico en vitamina E y demás. Pues ese es exactamente el caso.

En los últimos años el olivo en regadío ha crecido desplazando al cereal en muchas zonas de Andalucía, por ejemplo. Pero no solo el olivo; según el periódico El Orden Mundial, los regadíos acaparan cerca del 80% del consumo de agua en España. Según el Ministerio de Agricultura y etc.,España …es el primer país en superficie de regadío de la Unión Europea y el primer país a nivel mundial en superficie de riego localizado, debido a que el 52,69% de la superficie total regada se lleva a cabo por este tipo de sistemas, mientras que a nivel mundial, solamente un 6% de la superficie total regable cuenta con sistemas de riego localizado.” Se puede decir que nuestra agricultura puede morir de éxito, considerando que somos un país con lluvia escasa y uno de los grandes amenazados por el cambio climático.

Una estructura de la propiedad muy heterogénea

Una de las consecuencias de la adopción de estas técnicas intensivas es que ha dado lugar a una distribución de la propiedad muy heterogénea. Una multitud de pequeños agricultores convive con grandes empresas. Las grandes empresas, como en cualquier sector, tienen más músculo financiero para hacer frente al ciclo económico y todo tipo de contingencias. Esto, al parecer, es especialmente el caso en el olivo. La demanda mundial de aceite de oliva está aumentando y esto favorece la aparición de grandes inversores en el sector. Los efectos de la falta de competencia son los mismos que los de cualquier sector, por lo que es muy necesario aplicar políticas de forma muy fina, atendiendo al tamaño y el tipo de cultivo.

Costes y beneficios de las tecnologías intensivas

Creo que no debemos perder de vista los beneficios que las tecnologías intensivas han traído a muchas regiones del campo español. Esto es importante para entender las protestas actuales y su instrumentalización desde los partidos de ultraderecha. Pensemos en el caso de Almería, que fue durante mucho tiempo una de las provincias más pobres de España.

Ahora pasamos a los costes. El primero y más obvio es la maquinaria agrícola, que según un informe de IDAE del 2005, es responsable del 46% del consumo energético del sector. El informe del IDAE hace mucho énfasis en la necesidad de mejorar la eficiencia energética de la maquinaria agrícola ya sea aleccionando a los agricultores a su uso óptimo o invirtiendo en la renovación de los equipos agrícolas. El segundo son los fertilizantes. La agricultura intensiva necesita de grandes cantidades para nutrir la tierra. En ellos el nitrógeno es fundamental porque se trata de un nutriente esencial para prácticamente toda la vida vegetal. La producción de fertilizantes nitrogenados necesita de amoniaco y este componente se produce casi exclusivamente a partir de gas natural. La producción de amoniaco supone alrededor del 4% del consumo mundial de gas. Por tanto, la agricultura intensiva es muy vulnerable a los shocks energéticos. Véase al respecto el informe de la AIE "How the energy crisis is exacerbating the food crisis". Esto, aunado con el efecto de escala, hace que los pequeños productores vean reducir más sus márgenes que los grandes cuando hay grandes shocks energéticos, como ahora. Esto quiere decir que las ayudas no deben ser las mismas para todos los propietarios.

Los costes medioambientales son enormes. El glifosato está en el punto de mira de las instituciones porque muchos estudios apuntan a grandes riesgos de salud por la ingesta de granos fumigados con ese producto. En el caso de frutas y hortalizas, recordemos la polémica acerca del fresón de Huelva y la desecación de Doñana o los incendios de la turba de las Tablas de Daimiel: todo derivado de la explotación ilegal de acuíferos de los humedales. O los desastres del Mar Menor, auténtico vertedero de residuos agrícolas. Los cultivos bajo plásticos consumen agua vorazmente. Como es el caso del cultivo de aguacates y mangos en Málaga. Estos cultivos no son propios de nuestro clima. Como no lo es el trigo del clima canadiense. Por eso crean un gran desequilibrio medioambiental.

El otro gran coste, especialmente en España, es el agua (véase aquí la gravedad de la situación). A mi entender, los aumentos de los precios energéticos son un shock negativo coyuntural que se puede aliviar con innovación e inversión. El problema del agua es de otra índole. La crisis del agua que vivimos en España es un ejemplo palmario de la tragedia de los bienes comunales. El problema es peor que el de la sobreexplotación pesquera porque en ese caso hay que dejar que la población de peces se regenere y tenemos buenos datos sobre cuánto debemos esperar. De ahí que haya cuotas y prohibición de pescar en ciertos momentos. La regeneración de los recursos hídricos, por el contrario, depende del clima y ese juega en nuestra contra. Tenemos ríos cuyo caudal depende de la lluvia y acuíferos que están siendo sobreexplotados. La contaminación por nitratos hace que muchos acuíferos, además, sean inviables para el consumo humano, lo que agrava aún más los problemas derivados de la sequía. Secar los acuíferos tiene consecuencias tan negativas que se podrían comparar a las del fracking. Solo se me ocurre que debemos pensar en la gestión del agua para su uso en agricultura intensiva como si fuera petróleo. Quizá haya que pensar en un impuesto al modo del carbón tax-dividend.

No, no me olvido de la ganadería

La razón por la que el jamón de bellota es tan caro es porque los cerdos corretean por los encinares y buscan su comida. Esa carne ejercitada y alimentada con bellota es el secreto del buen jamón. Pero la producción está limitada por el tamaño del encinar. Si juntamos los cerdos y no les dejamos pasear, hay que darles de comer. Si no se mueven, enferman más fácilmente y hay que medicarles. El caso límite es una macrogranja. Estas fábricas contaminan los entornos por el exceso de purines y dan una carne de peor calidad. No solo eso, sino que no sirven para atraer población al medio rural. ¿Quién quiere vivir al lado de una fábrica? Obviamente, la alternativa a la macrogranja no puede ser la cría extensiva tradicional. Pero existen alternativas de tamaño intermedio que son las que hay que fomentar y de las que hablaremos en otro post.

La tormenta perfecta

Actualmente en la UE, el sector agropecuario es responsable del 13% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Los hogares son responsables del 24%, la producción de energía del 19% y transporte del 10%. Las nuevas regulaciones de la UE pretenden impulsar la adaptación al cambio climático. Todo esto tiene una traducción clara de aumento de costes, que es tanto más onerosa en las pequeñas explotaciones. Esto, además, sucede en un momento de crisis energética. La tormenta perfecta.

Las protestas que estamos viendo son una mezcla de dos cosas. Por un lado, una genuina resistencia a dejar de usar una tecnología, a pesar de saber las tremendas externalidades negativas que tiene. Por otro lado, una queja razonable de los pequeños productores por la falta de competencia en el sector. Hay que separar con cuidado ambas para poder atajar la situación y centrar las energías en los cambios necesarios en el sector con una distribución justa de sus costes.

Trade-offs

La tecnología intensiva ha traído riqueza al campo. También ha permitido tener una oferta agropecuaria variada y a precios razonables. Las externalidades de este modelo de producción son enormes y de muy largo plazo. La cuestión no es cómo evitar los costes que nos impone el daño medioambiental que producen, porque no podemos. Es un error creer que la tecnología intensiva, tal y como se practica, va a seguir teniendo costes asumibles. Va a ser lo contrario. La producción agropecuaria no sobrevive a la destrucción de los ecosistemas. Por tanto, se impone pensar en cómo reformar este sector esencial.


*Agradezco a Jorge Bielsa Callau su clase acelerada sobre la evolución del regadío y la gestión del agua en España.