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Turismo sostenible

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Pasada la pandemia covid-19, la actividad turística se ha recuperado en España y, con ella, el debate sobre su sostenibilidad. El artículo “¿Existe el turismo sostenible? Así se replantea la industria su modelo de negocio” (El País, 10 junio 2023) es un buen ejemplo de dónde se pretende poner el foco desde la industria: la sostenibilidad medioambiental y la gestión que de ella realizan de forma voluntaria las empresas. Aunque ocupa numerosas páginas en la prensa, al menos la de las regiones turísticas, la vertiente más social de la sostenibilidad turística, en buena medida ligada a las consecuencias de la masificación o saturación de los destinos, es obviada o relegada en los planteamientos de la industria.

Actualmente, el marco mediante el que las empresas pretenden mejorar de modo voluntario su gestión medioambiental, tal y como nos muestra el citado artículo de prensa, es el de la economía circular: las empresas hoteleras consiguen minimizar su huella ecológica reduciendo el consumo de recursos hídricos y energéticos, y siguen una política de descarbonización, contribuyendo así a la sostenibilidad medioambiental y a la lucha contra el cambio climático. Se resalta también el impacto que tales medidas de economía circular tendrán en su propia cuenta de resultados debido a la valoración positiva que de ella harán los clientes, con una conciencia ecológica supuestamente cada día mayor. Esta es, por ejemplo, la línea que sigue en las Islas Baleares la Fundación Impulsa, el ‘think tank’ empresarial que lleva años promoviendo la economía circular aplicada al turismo como la panacea para la sostenibilidad de las islas.

La propuesta de la economía circular tiene méritos indiscutibles, pero no es una panacea. Tampoco sirve para alcanzar la sostenibilidad medioambiental, tal y como nos explica el artículo “The limits of sustainable economy”, publicado en la Harvard Business Review (cuyas ideas principales resumí aquí). Y es que la sostenibilidad ambiental debe abordar también el problema del exceso de consumo existente en nuestras sociedades, un problema que la economía circular no solventará por sí sola.

Al centrarnos en la economía circular, se obvia una de las cuestiones clave que debería formar parte del debate público sobre la sostenibilidad del turismo: la masificación o saturación turística (o overtourism en la terminología en inglés). La Organización Mundial del Turismo (OMT) define al turismo sostenible como aquel “que tiene plenamente en cuenta las repercusiones actuales y futuras, económicas, sociales y medioambientales para satisfacer las necesidades de los visitantes, de la industria, del entorno y de las comunidades anfitrionas”. Así, la sostenibilidad turística debe considerar los aspectos económicos y sociales de la industria, entre ellos, claro está, el empleo que genera, su calidad y sus condiciones laborales. También la posible masificación turística, por su potencial impacto en las comunidades anfitrionas, en los visitantes y en la misma industria.

¿Qué se entiende por masificación turística? Aunque las definiciones varían, el fenómeno está obviamente asociado con el número de turistas, el tipo y el período de su visita y la capacidad de carga de un destino (obviamente, el nivel de análisis de la masificación tiene que llevarse a cabo a nivel de destino: no es la misma la realidad de Ibiza que la de Asturias). Así, la masificación turística tendría que ver con aquellas situaciones en las que los locales y los mismos visitantes sienten que hay un número excesivo de estos últimos y que por ello la calidad de vida en la zona o la calidad de la experiencia del viaje se ha deteriorado de manera significativa. Los desafíos asociados con la masificación estarían por lo tanto relacionados con una percepción negativa de los residentes, una experiencia turística degradada, infraestructuras sobrecargadas, daños a la naturaleza o amenazas a la cultura y el patrimonio (Peeters et al., 2018).

La masificación turística es, en su esencia, un ejemplo de congestión, de sobreconsumo (o sobreexplotación) de recursos comunes: desde playas y otros entornos naturales a carreteras y el entorno urbano. Su impacto en la sostenibilidad turística (además de en su vertiente medioambiental) es potencialmente doble: (i) en las comunidades anfitrionas del turismo; y (ii) en el mismo negocio turístico. Respecto a lo primero, como ejemplos típicos (aunque sin duda controvertidos y objeto de debate) estarían los fenómenos de la gentrificación y la turistificación de los barrios, y el posible impacto en los precios de las viviendas derivado de una excesiva expansión del alquiler turístico (véase aquí y aquí para análisis de los casos de Madrid y Barcelona). Respecto a lo segundo, en esta anterior entrada, expliqué mediante el caso del turismo de cruceros en Palma una posible vía por la que la masificación turística puede ser negativa para la industria en su conjunto incluso en términos puramente de negocio: por su impacto negativo en la experiencia turística, en particular la de aquellos turistas con una mayor disponibilidad a pagar y que pueden terminar siendo expulsados.

Por todo ello, al debatir sobre sostenibilidad turística, resulta ineludible tratar el tema de la masificación del destino. A pesar de que la Nobel de economía Elinor Ostrom nos mostró la posibilidad de crear instituciones con las que llevar a cabo de forma privada la gestión de los recursos comunes, parece claro que afrontar la masificación turística y su sostenibilidad requiere una actuación colectiva mediante regulaciones y políticas gubernamentales, como por ejemplo límites, cuotas, e impuestos o tasas turísticas à la Pigou (tal y como se apuntaba hace tiempo aquí). De algunas de estas cuestiones escribiré en próximas entradas.