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Vicios privados y (algunas) virtudes públicas

Por Juan J. Dolado 

En 2002 publiqué un artículo en EL PAIS con un título parecido. Se trataba de comentar un informe del Observatorio de Universidades (www.crue.org) de la Conferencia de Rectores (CRUE), sobre la pérdida de peso del gasto público en universidades que acontecía a finales del siglo pasado. En el año 2000, éste se situaba en el 0,84% del PIB en el año 2000, lejos de lo que dedicaban los EE UU a la educación superior (2,8% del PIB) y algo menos alejado de la media de la UE (1,4% del PIB).

La pregunta obvia que me hacía entonces era por qué la sociedad española no percibía el valor de la educación superior como lo hacen otros países desarrollados. Mi conclusión era que las bases del enorme crecimiento de la educación superior en España habían sido poco sólidas. En efecto, el crecimiento del número de universitarios en España (1,5 millones en 2000, igual al de Alemania con el doble de población) se había sustentado sobre la escasa rendición de cuentas y problemas de gobernanza de las universidades públicas (UPU), junto con la ingente apertura de nuevas universidades privadas (UPR) expendedoras de títulos de escasa calidad, aspectos ambos a los que el ciudadano se siente sorprendentemente ajeno.

A día de hoy las cosas han cambiado algo, pero no mucho. Mientras que la recuperación del gasto público en universidades tras la mejora económica de los últimos años se sitúa en el 0.9% del PIB, apenas 0.06 puntos porcentuales más que en 2000, lo que sí que ha variado es la aportación del gasto privado: se ha duplicado durante las dos últimas décadas, pasando del 0.21% al 0.43%. Ello se ha traducido en que el número de UPU se ha estabilizado (50) mientras que el número de UPR ha pasado de 18 en 2000 a 37 en 2019 (Madrid alcanza el cenit con 13 privadas frente a 6 publicas). Las UPR privadas acogen en sus aulas a 283 mil alumnos mientras que 1.31 millones estudian en las UPU. Dado que el gasto privado representa casi la mitad del público y que el número de alumnos en las UPR representa una quinta parte que el de las UPU, ello se traduce en algo más del doble de gasto por alumno en las primeras. Por tanto, la pregunta pertinente que me hago ahora es si este mayor gasto por alumno se ha traducido en una mayor calidad de las UPR en España.

Por desconocimiento de otras áreas, me centraré principalmente en las universidades que ofrecen grados de Economía/ADE o dobles grados que incluyan estas disciplinas. Basta con echar una ojeada a los rankings más populares de calidad universitaria (con todos sus defectos) en el ámbito de las Ciencias Sociales para observar que las UPR brillan por su ausencia (no considero las escuelas de negocios sin universidades, que es otro tema a analizar) [1]. Es cierto que solo un pequeño grupo de departamentos de Economía de las UPU, generalmente jóvenes, acaparan los primeros puestos en estas clasificaciones, como también aparecen destacadas en las comparaciones internacionales. También es cierto que en Europa hay muy pocas UPR de prestigio. Alguna, como es el caso de la Bocconi italiana, la conozco bien, dada mi experiencia durante 5 años como profesor del European University Institute (EUI) en Florencia. El sueño de cualquier estudiante italiano que quiera cursar grados en Economía o ADE es ser admitido en esta ilustre institución privada. Fundada en 1902 por Ferdinando Bocconi propietario de los almacenes Bocconi, en Milan (actualmente La Rinascente) y posteriormente apoyada por los grandes grupos empresariales del sector industrial (los Agnelli, etc.), se ha convertido en la  fábrica de las élites italianas, al modo en que la ENA o Ecole Polytechnique lo han hecho en Francia, esta vez vía la educación pública.

¿Por qué no existe una Bocconi española? Ha habido algún intento, como el de un conocida UPR madrileña relacionada con una famosa asociación bancaria en nuestro país, que acabó en un sonoro fracaso. La rebelión de un grupo de insiders procedentes alguna poderosa UPU en Madrid (bien conectados con la cúpula de la banca) a ceder sus privilegios ante el posible fichaje de una nueva hornada de profesores e investigadores internacionalmente reconocidos llevó dicho intento al traste. No pudo ser, pero al menos permanecieron en sus facultades los investigadores más jóvenes y activos fichados con anterioridad para allanar el camino a la atracción de seniors.  No hay bien que por mal no venga. Al resto de las UPR, con la honrosa excepción de alguna escuela de negocios con universidad propia, ni se les ve ni se les espera. Por no hacer, ni siquiera acuden a los job markets de doctores en Economía que tradicionalmente se celebran por estas fechas -- organizados por la European Economic Association (EEA) y a la American Economic Association (AEA)—con el fin de captar nuevo talento. Conocidos son los fraudes de algunas UPR en la expedición de títulos de doctor, problemas que también han asolado a ciertas UPU, sin que dichos escándalos hayan afectado un ápice a sus equipos dirigentes. Por tanto, hay ovejas negras tanto en el ámbito público como en el privado, pero las virtudes son más numerosas en el primero que en el segundo. Por ello, a no ser que ocurra por afinidad ideológica, resulta difícil de entender que muchos gobiernos autonómicos se vean en el derecho de crear nuevas UPR aunque sean de calidad muy discutible e incluso, en algún caso, destinen una buena parte de la financiación en educación superior a consolidar alguna de estas nuevas pseudo-universidades.

En resumen, la paradoja está en la resistencia de las élites españolas a apoyar una educación universitaria de calidad para sus hijos, y ello pese a estar dispuestas a afrontar tasas de matrícula muy superiores a las de la UPU. Generalmente, se aduce que la atención al alumno es más personalizada (menores ratios de alumnos por profesor) que en las UPU, donde las clases están más masificadas (aunque cada vez menos). Es un argumento débil pues ello exige la contratación de profesorado inestable y no muy preparado para dar docencia a grupos pequeños. Además, el progreso tecnológico en el campo educativo se mueve hacia la docencia telemática para grandes clases, al menos en las asignaturas troncales de los primeros cursos de grado, impartidos por instructores de reconocido prestigio simultáneamente a varias clases, a través de grandes pantallas o incluso por internet, como ocurre en las grandes universidades del mundo [2]. No obstante, cabe señalar que algunas UPR ofrecen medios materiales a los estudiantes muy por encima de los que proporciona el sistema público (particularmente en las que ofrecen grados en Arquitectura, Medicina, Ingenierías o Ciencias Audiovisuales), pero ello no debe ocultar que muchos de estos centros se nutren mayoritariamente de estudiantes procedentes de familias acomodadas cuyas notas de selectividad no les permiten acceder a las UPU.

Todo ello indica que la clase acomodada y las elites empresariales españolas están dispuestas a pagar más por recibir un servicio mejor y que, en el actual sistema, prefiere mandar a sus hijos a un college (en la terminología anglosajona son aquellos centros donde se enseña lo básico, pero no se investiga) que hacerlo a una UPU de prestigio o a un centro de formación profesional superior que no logran alzar el vuelo con las ataduras del sistema. Parece que basta con las redes y contactos, aunque los alumnos sufran una educación bastante anticuada y, en bastantes casos, con fuerte carga ideológica. Acababa mi artículo en EL PAIS con una analogía relacionada con el sistema sanitario. Si uno quiere una buena habitación y trato personalizado, mejor ir a la sanidad privada. Ahora bien, cuando el problema de salud es serio, casi nadie duda en acudir al sistema público.

 

Notas

[1] https://www.fbbva.es/wp-content/uploads/2019/04/Informe-U-Ranking-FBBVA-Ivie-2019.pdf

[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Coursera