- Nada es Gratis - https://nadaesgratis.es -

Riesgo de pobreza y exclusión social en la infancia: ¿cambiamos la sociedad o las dinámicas familiares?

Por Marisa Estarlich Estarlich, Marisa Rebagliato Ruso, Mario Murcia Hinarejos, y Llúcia González (Unidad Mixta de Investigación en Epidemiología, Ambiente y Salud FISABIO-Universitat Jaume I-Universitat de València y Ciber de Epidemiología y Salud Pública)

Las autoras/autores del estudio son: Llúcia González, Marisa Estarlich, Mario Murcia, Florencia Barreto, Loreto Santa-Marina, Sandra Simó, Isabel Larrañaga, Estefanía Ruiz-Palomino, Jesús Ibarluzea y Marisa Rebagliato.


Tan sólo un mes antes de que se iniciara la pandemia que nos ha puesto patas arriba, Philip Alston, Relator Especial de la ONU, pasó 12 días en España recorriendo núcleos de población vulnerable. Manifestó la vergonzosa situación de pobreza y exclusión social que sufría un 26,1% de la población general y un 29,5% de la población infantil (Informe del Relator Especial sobre la extrema pobreza y los derechos humanos, 2020). Otras fuentes señalan que, de cada cuatro personas, una de ellas está en riesgo de pobreza y/o exclusión social, aumentando en la infancia, que en este caso pasaría a ser uno de cada tres (El estado de la pobreza. Seguimiento del indicador de riesgo de pobreza y exclusión social en España 2008-2018. Resumen ejecutivo., 2019). Estos porcentajes se habían reducido en los últimos años, pero, la irrupción del COVID-19 ha frenado este descenso, y se prevé que invierta su tendencia (EAPN Comunitat Valenciana and Xarxa per la Inclusió Social).

Pero, ¿qué es la pobreza y la exclusión social? A nivel institucional, la Comisión Europea (Comunicación de la Comisión al Consejo, al Parlamento Europeo, al Comité Económico y Social Europeo y al Comité de las Regiones, 2003) define la pobreza como no contar con suficientes recursos para vivir con dignidad; y la exclusión social engloba a las personas a las que no se les permite participar en la sociedad a causa de sus características.

Ahora que conocemos el problema ¿cómo podríamos medirlo? En la Unión Europea, desde 2010 – fecha en la que se inició la Estrategia EU2020(El estado de la pobreza. Seguimiento del indicador de riesgo de pobreza y exclusión social en España 2009-2015, 2016)- lo mide mediante el indicador AROPE (At Risk of Poverty or Social Exclusion). Este cuenta con tres subindicadores que consideran el Riesgo de Pobreza, la Baja Intensidad de Trabajo por Hogar y la Privación Material Severa. Cumplir con cualquiera de los tres subindicadores implica ser considerado automáticamente como AROPE (ver Tabla 1), es decir, en riesgo de pobreza o exclusión social.

Tabla 1: Indicadores AROPE(El estado de la pobreza. Seguimiento del indicador de riesgo de pobreza y exclusión social en España 2009-2016, 2017)


AROPE Cumplir cualquiera de los siguientes indicadores:
Riesgo de pobreza Tener una renta < 60% de la renta mediana nacional por unidad de consumo(Instituto Nacional de Estadística)
(se computan todos los ingresos, incluidos las transferencias sociales)
Baja intensidad de empleo Tener una intensidad de empleo < 20% (se computan todos los adultos en edad de trabajar y se excluyen a los estudiantes <25 años)
Privación material Que no se puedan permitir 2 (ligera), 3 (moderada) o 4 o más (severa) elementos de la siguiente lista:
- No tener retrasos en el alquiler o hipoteca
- Mantener la vivienda a una temperatura adecuada
- Ir de vacaciones al menos una semana al año.
- Comer carne, pollo o pescado al menos cada dos días
- Afrontar gastos imprevistos
- Teléfono
- Televisión
- Lavadora
- Coche

En el ámbito de las ciencias de la salud, para evaluar las desigualdades sociales y sus efectos se han utilizado determinantes como el nivel educativo, la clase social, o la renta(Dahlgren and Whitehead, 2010). Así, la población con menor nivel educativo es más tendente al tabaquismo, el sedentarismo, o una dieta poco equilibrada (“Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social - Portal Estadístico del SNS - Encuesta Nacional de Salud de España 2017,”) . También se ha observado que una mayor vulnerabilidad social se relaciona con una menor esperanza de vida, con peor salud mental, mayor mortalidad infantil, y peor percepción de la salud (Detollenaere et al., 2018).

Si los efectos son dañinos en la población adulta, en la población infantil, que está en crecimiento y desarrollo, los efectos pueden llegar a ser más importantes todavía. Los/as niños/as están marcados por períodos críticos de desarrollo, y no adquirir ciertas habilidades en un momento puede tener repercusiones de por vida (Flores et al., 2014). De este modo, se ha detectado que los hogares menos favorecidos tienen hijos/as con más problemas de salud física y mayores dificultades evolutivas (Poulain et al., 2020).

Pero, ¿cómo se mide la posición social de los/as mismos/as? La literatura científica ha resuelto en medir los determinantes de los/as niños/as “tomando prestados” los de sus madres y padres. En este contexto, el entorno familiar, sus características y su carácter interactivo resultan fundamentales para entender cómo funcionan las desigualdades en salud en la infancia (Pearce et al., 2019).

En nuestro trabajo “Poverty, social exclusion, and mental health: the role of the family context in children aged 7-11 years INMA mother-and-child cohort study (González et al., 2021)” evaluamos las consecuencias del riesgo de pobreza y/o exclusión social en la salud mental infantil, analizando el papel que juega el entorno familiar y social más cercano que rodea a niños/as de 7-11 años en dos áreas con dos niveles de riqueza muy diferentes: Gipuzkoa y Valencia.

Los resultados más destacables de esta publicación son cuatro:

1. Se pone evidencia de forma clara que el indicador AROPE se relacionó con más problemas de salud mental tanto de tipo internalizante (como ansiedad, depresión, problemas somáticos) como externalizante (problemas de conducta y agresividad).

2. El indicador AROPE interactuaba con el entorno físico y social (recursos comunitarios como la existencia de parques, el contacto con el pediatra o el apoyo social de la familia) para problemas internalizantes, de modo que para aquellos hogares con mejor calidad de contexto, el indicador AROPE no se relacionaba con los problemas internalizantes, pero para aquellos con calidad de contexto medio o bajo se observó un gradiente (a peor calidad de contexto, el AROPE generaba más problemas internalizantes) (ver Figura 1).

Figura 1: Relación del indicador AROPE en problemas internalizantes en función de la calidad de contexto físico y social.

3. Comprobamos si el estrés parental y el perfil parental (que incluye conceptos como la percepción que tienen las madres y padres de su rol en la crianza de su hijo/a o los conocimientos que tienen sobre el desarrollo evolutivo) mediaban en la salud mental infantil. Es decir, estudiamos si el estrés y el perfil parental eran mecanismos que pueden explicar la relación entre AROPE y la salud mental infantil. En nuestro caso, la relación entre AROPE y los problemas internalizantes fue mediada en un32% por el estrés parental y en un 35% por el perfil parental. Estos porcentajes equivalieron al 49% y 48% para problemas externalizantes. Esto significa que si pudiéramos controlar/ajustar estos factores de riesgo mediadores, podríamos reducir la relación entre AROPE y la salud mental en los porcentajes indicados.

4. En cuarto lugar, se comprobó si estrés y perfil parental mediaban la relación entre AROPE y salud mental de forma conjunta. Se observó una mediación del 42% para problemas internalizantes y un 62% para externalizantes.

Estos resultados pueden parecer muy interesantes pero, ¿cuál es la conclusión principal? Podríamos resumirla en una frase: mayor riesgo de pobreza y exclusión social se relaciona con más problemas de salud mental en la infancia de forma directa, pero de forma indirecta, este problema se relaciona con el contexto físico y social, el estrés familiar y el perfil parental.

Y una vez llegamos a esta conclusión, ¿cómo podemos hacer que nuestros niños/as crezcan con la mejor salud mental posible? Al igual que existen dos tipos de vías en nuestro trabajo (directa e indirecta), también existen dos grupos de medidas que se podrían llevar a cabo.

Las medidas directas conllevarían una serie de cambios estructuralesa nivel social que atajarían los problemas que producen la pobreza y la exclusión social. De este modo, resulta fundamental optimizar el servicio de búsqueda de empleo para reducir las tasas de desempleo, mejorar el sistema educativo, evitando el sistema dual que segrega a los que tienen más recursos de los que no los tienen, incrementar el salario mínimo interprofesional para poder garantizar una vida digna a los trabajadores, y así dejar de ser “trabajadores pobres”, ofrecer programas de ayudas sociales o mejorar el acceso al Ingreso Mínimo Vital, rebajar el coste de los suministros energéticos, para eliminar la pobreza energética. Estas son sólo algunas propuestas que no sólo mejorarían la salud mental infantil, sino también la adulta, y que atajaría otros muchos problemas de salud física. Sin embargo, estos cambios profundos y estructurales pueden no ser factibles a corto plazo, por lo que para rebajar los problemas de salud mental podemos poner en marcha otras medidas indirectas.

Entre ellas, la que mayor arraigo y evidencia presenta en la literatura científica es la aplicación de programas de parentalidad positiva (Barreto et al., 2018). En este tipo de programas se realiza un acompañamiento de las familias en su andanza de ser madres/padres. De este modo, se les brinda apoyo social, se abre un espacio para el diálogo y se recomiendan dinámicas parentales para mejorar la crianza. Se ofrecen pautas para la gestión de estrés, se fomenta la cohesión social, y ayuda a los/as padres y madres a tener una visión más positiva y segura sobre sus capacidades parentales (Buchanan-Pascall et al., 2018).

Así que… ¿qué pensáis?... ¿cambiamos la sociedad, las dinámicas familiares, o ambas?