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¿Por qué mentimos tan poco?

Por Guillem Riambau

Muy a menudo la gente se pregunta por qué los humanos mentimos tanto. En cambio, los economistas a veces nos preguntamos por qué mentimos tan poco.

En la jerga de los economistas, mentir es lo mismo que falsear información privada, es decir, información que solo conocemos nosotros. Así, cuando una directora de finanzas presenta las cuentas a Hacienda, cuando un vendedor de coches cuenta las maravillas del último modelo o cuando la dentista recomienda una operación compleja, en todos esos casos hay un agente (la directora, el vendedor, la dentista) que le transmite información privada a un segundo agente (Hacienda, el posible comprador, el paciente) para que este tome una decisión. Durante mucho tiempo, los economistas han asumido que, si la mentira conduce a una ganancia material y no hay posibilidad de que los cacen, tienen que mentir.

No obstante, desde la década de 1990, muchos psicólogos, sociólogos y economistas han cuestionado este dogma. Uno tras otro, sus estudios han mostrado que las predicciones clásicas fallan irremediablemente; eso es lo que se ha visto en experimentos en los que mentir reporta beneficio y a la vez la probabilidad de ser cazado mintiendo es nula; pues bien, aun así, el resultado es que mucha gente se niega en redondo a mentir; no toda, pero sí mucha.

Una de las pruebas más comunes es el llamado experimento del dado bajo la taza (die-under-the-cup en inglés). Consiste en pedirles a los participantes que lancen un dado y digan qué número ha salido; entonces se les da ese número de euros. La clave es que el juego transcurre en una habitación en la que los participantes están solos, o bien, si se hace el experimento online, juegan en su casa. De esta forma, los participantes tienen todos los incentivos para decir que han sacado un seis: maximizarán así su ganancia y no es posible demostrar que el dado marcaba menos de un seis. El experimentador nunca ve el dado, por lo que no se puede saber quién miente, pero, como se conoce la probabilidad de que salga cada número, si el número de participantes es lo bastante elevado, se estima estadísticamente la proporción de participantes que han mentido.

Este tipo de experimento se ha llevado a cabo en todo el mundo y, por regla general, los resultados muestran que menos de la mitad de la gente miente, según un reciente metaestudio; los participantes que dicen la verdad lo hacen a pesar de que salen perdiendo. Este mismo estudio concluye que hay dos motivos preponderantes por los que la gente se niega a mentir; el primero es el coste intrínseco de la mentira: muchas personas se sienten mal y culpables si no dicen la verdad, aunque nadie pueda acusarlas, y por ello no lo hacen; el segundo motivo es el coste social: aunque nadie pueda demostrar que una persona en concreto haya mentido, el participante sabe que, si dice que ha sacado un seis, hay cierta probabilidad (superior a cero) de que el investigador sospeche que ha mentido. La suma del coste intrínseco y del social son suficientes para que la proporción de personas que prefieren no mentir sea elevada.

Junto con dos alumnos de tercer año de carrera de Yale-NUS College (Singapur) nos preguntamos cómo cambiaría el comportamiento de los participantes si los beneficios del engaño se los quedara una ONG que ellos mismos hubieran elegido (esta implicación personal es importante). ¿Serían más proclives a mentir porque esa acción reprobable se compensaría por la donación a una buena causa? ¿O, por el contrario, serían más reacios a mentir porque el beneficio altruista no compensaría el sentimiento de culpa? A fin de responder estas preguntas, se hizo el experimento con 500 estudiantes de la National University of Singapore. A 100 de ellos (seleccionados de forma aleatoria) les hicimos jugar al dado bajo la taza normal, es decir, el dinero se lo quedaba cada participante. A otros 100 les dijimos, antes de lanzar el dado, que el dinero iría a la ONG que cada uno escogiera. Una vez lanzado el dado, se hacía la donación online ante ellos (para garantizar que no se falseaba la donación). Los premios eran de uno a seis dólares, acorde al número que el participante decía haber sacado, más cinco dólares por haber participado en el experimento. Para contextualizar estas cantidades, con seis dólares se puede comer una cena más que decente en cualquier sitio de Singapur.

Fuimos un poco más allá e hicimos otros tres grupos de cien personas, cada uno con un reparto distinto de las ganancias entre participante y la ONG elegida por este: 90 %-10 % en el primer grupo, 50%-50% en el segundo y 10%-90% en el tercero. Queríamos averiguar si se producía algún tipo de discontinuidad o si la transición entre los dos grupos extremos (todo para el participante y todo para la ONG) es continua; pensamos que el resultado nos ayudaría a entender si que haya algo de ganancia personal, aunque sea ínfima, cambia significativamente el comportamiento respecto a la actitud cuando solo ganan otros; o si la presencia de un ínfima ganancia para la ONG modifica significativamente el comportamiento respecto a la situación en la que todo lo gana el participante.

Los resultados se muestran en la figura 1. En ella se representa para cada grupo la frecuencia con la que se dice que ha salido cada número. Si nadie mintiera, la distribución sería relativamente uniforme (cada número del uno al seis se diría que ha salido el 16,6 % de las veces). Si todo el mundo mintiese, solo tendríamos la columna del seis, que acumularía una frecuencia del 100 %. Lo que encontramos es que en todos los grupos hay gente honrada (asumimos que nadie miente a la baja, así que el uno tiene que ser verdad) y que en todos los grupos hay gente que miente. La figura no deja lugar a dudas: los participantes mienten más cuanto mayor es la parte de las ganancias que atesoran. En el grupo en el que toda la ganancia se revertía en la ONG (grupo e), el 24,5% de los participantes dicen que han sacado un seis (el 50% más de lo esperado). Esa frecuencia crece paulatinamente a medida que aumenta la fracción de las ganancias que va para el participante, hasta llegar al 32,4% de personas que dicen haber sacado un seis en el grupo en que se quedan con todo el dinero (grupo a), lo cual es el doble de lo esperado si nadie mintiera. Es importante destacar que el comportamiento del grupo en el que se lo quedan todo es muy similar al de otro estudio casi exacto llevado a cabo en Singapur solo dos años antes, así como similar a cientos de experimentos de dado bajo la taza que se han hecho en todo el mundo. Eso indica que nuestro estudio no tuvo variaciones desconocidas del comportamiento.

Figura 1: Frecuencia de las personas que dicen haber sacado cada número en los distintos grupos del experimento.

¿Qué nos dicen esos resultados? Que parece más fácil mentir para uno mismo que para otros, por muy loable que sea el fin, y eso se mantiene aun cuando la persona solo se beneficia parcialmente de la mentira. Hay estudios previos (aquí y aquí) que muestran que, cuando las ganancias se dividen a partes iguales entre el participante y otro participante anónimo, se tiende más a mentir que cuando las ganancias son solo para uno mismo. Sin embargo, nosotros observamos que la proporción de mentiras es mayor cuando las ganancias son exclusivamente para uno mismo. Cabe preguntarse a qué se debe esta discrepancia. Una razón puede ser que hay poca gente que quiera dar dinero “sucio” (obtenido mediante engaño) a una causa noble, como una ONG, pero esa objeción ética no se produce si el dinero es para otro participante. Eso explicaría también por qué hay menos gente que miente en el grupo en el que todas las ganancias se entregaban a una ONG que en cualquier otro. También podría ser que una contribución de pocos dólares se vea como baladí para una ONG (no vale la pena mentir por tan poco), pero bienvenidos sean si van para un compañero aunque no se sepa quién es (le servirá para disfrutar una buena cena gratis).

De todos modos, el resultado más interesante lo obtuvimos gracias a un breve cuestionario que pasamos al final del experimento, después de darles el dinero o, si era el caso, hacer la donación. Una de las preguntas era si habían mentido y encontramos que, a mayor frecuencia de mentiras, menor frecuencia de personas que admiten no haber dicho la verdad. En otras palabras: los más reacios a admitir que habían engañado (solo el 3 % de ellos) eran los que se quedaban todo el dinero para sí. Por el contrario, calculamos que, aproximadamente, uno de cada cuatro participantes que habían mentido lo admitieron en todos los otros grupos. Esto nos hace suponer que se adjudica algún tipo de perdón social a la mentira cuando con ella se beneficia, aunque sea con muy poco, a una ONG.

Aunque hay estudios (aquí, aquí y aquí) que muestran qué rasgos sociodemográficos pueden explicar la inclinación a mentir, nosotros no identificamos que el sexo, la edad, el grado de estudios o la religión predijeran el comportamiento (tampoco los encontraron otros: aquí, aquí y aquí). Nos quedan algunos interrogantes abiertos, como, por ejemplo, confirmar si estos resultados se repiten en otros países y culturas, o bien si, por lo contrario, son específicos de Singapur. ¿Alguien se anima?