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La derogación (o no) de la reforma laboral del 2012 es todavía una cuestión de fe más que de razón

Por Cristina Lafuente (UC3M), Raul Santaeulalia-Llopis (UAB) and Ludo Visschers (EDI)

La propuesta de derogar la reforma del 2012 que flexibilizó el mercado laboral (p.ej. abaratando los despidos de contratos fijos[1]) se debe en gran parte a la alta tasa de temporalidad del mercado español (Figura 1); véanse al respecto las palabras de la ministra de trabajo, Yolanda Díaz, aquí.[2] Sin rebuscar mucho el argumento, la ministra, y otras voces que abogan por derogar la reforma, asumen que la flexibilidad del mercado laboral genera temporalidad lo que, desde su punto de vista, legitima la derogación. Sin embargo, ese argumento, aunque responde a una preocupación muy válida, no es necesariamente correcto. La evidencia que tenemos sobre el efecto que tienen semejantes reformas flexibilizadoras está muy bien resumido en Bentolila et al., 2020. En particular, el efecto del tamaño de las indemnizaciones por despido sobre la tasa de desempleo es ambiguo, también para el mercado dual. Además, más allá de la tasa de temporalidad, sería también informativo que la reforma se valorase en otras dimensiones incluyendo sus efectos sobre productividad, salarios, y desigualdad tanto permanente como transitoria (véanse los posts en NeG de Samuel Bentolila aquí y su secuencia).[3]

Desafortunadamente, la evidencia empírica sobre los efectos (negativos o positivos) que ha tenido específicamente la reforma laboral del 2012 sobre el empleo (y horas por trabajador) en la economía española es, a lo sumo, escasa.[4] Una razón que explica la escasez de evidencia sobre los efectos de la reforma es que (afortunadamente) hasta el 2020 no han existido recesiones que permitiesen comparar un antes y un después de la reforma laboral. En este sentido, el comportamiento del empleo y horas durante la Gran Recesión y el Covid-19 ofrece una primera ventana para evaluar (aunque de manera todavía muy imperfecta) los efectos de la reforma. En un reciente artículo a publicar en un volumen en honor a Juanjo Dolado en SERIES, la revista de la Asociación Española de Economía, investigamos y comparamos empíricamente el comportamiento del mercado dual durante la Gran Recesión y el Covid-19. El objetivo de nuestro artículo no es evaluar la reforma del 2012, sino ofrecer una primera descripción del comportamiento diferencial del mercado dual entre las dos últimas recesiones y establecer un primer contacto con los efectos potenciales de los ERTE. Sin embargo, en vista de nuestros resultados, creemos que el comportamiento del empleo y horas que documentamos para el Covid-19 es muy probable que venga determinado no solo por la introducción de los ERTE (y otras políticas destinadas a luchar contra el Covid-19) sino también por la todavía vigente reforma laboral del 2012. [5]

Figura 1: Evolución de la Tasa de Temporalidad y el Empleo en España

Notas: Elaborado a partir de los ficheros de flujos de la EPA.

El mercado dual en la Gran Recesión y el Covid-19. Las diferencias en el comportamiento de empleo y horas entre recesiones son bastante evidentes. En la Gran Recesión, la pérdida de horas agregadas se explica en gran medida por las pérdidas de empleo (las horas por trabajador no se ajustaron) e inicialmente esa pérdida la sufren principalmente los trabajadores temporales. Por el contrario, en las primeras etapas de la recesión del Covid-19, aproximadamente el sesenta por ciento de la caída en las horas agregadas se explica por los trabajadores fijos que no solo ajustan las horas por trabajador (más allá del promedio) sino que también se enfrentan a pérdidas de empleo significativas. En concreto, durante el Covid-19, a diferencia de recesiones anteriores: (1) los trabajadores fijos sufren pérdidas en el empleo que representan un tercio de las pérdidas totales de empleo en el segundo trimestre de 2020 (véase la Figura 2a); y (2) hay un ajuste sustancial a la baja en horas por trabajador que, al mismo tiempo, es mayor para los trabajadores fijos que para los temporales (véase la Figura 2b). Estas características persisten y, a un año y medio después del inicio del Covid-19, la mayor contribución relativa de los trabajadores fijos a la pérdida de horas agregadas persiste.

¿Qué explica nuestros resultados, la política económica o la naturaleza de la recesión? Nuestra evidencia sugiere que los resultados se deben más probablemente a la política económica que a la naturaleza de las recesiones. Nuestro argumento se basa en que mientras que la naturaleza de la recesión se manifiesta por su impacto heterogéneo entre sectores, nuestros resultados se mantienen dentro de cada sector. Esto pone más peso explicativo en las políticas económicas existentes durante el Covid-19 y no existentes durante la Gran Recesión. Dentro de estas medidas nos centramos en los ERTE.

Obviamente, identificar los efectos aislados de los ERTE es tremendamente problemático dada la simultaneidad con otras políticas. Para explorar el rol potencial de los ERTE simplemente rehacemos nuestro análisis eliminando de nuestra muestra de empleados aquellos que reportan estar bajo ERTE. Encontramos que los ERTE, además de prevenir pérdidas de empleo, ayudan a explicar una mitad de la caída de horas por trabajador; vean la Figura 2 (líneas punteadas). Al mismo tiempo, nuestro análisis muestra que las ERTE no sustentan un escenario en el que el único margen de ajuste sea en horas por trabajador. En particular, los trabajadores fijos sufren grandes pérdidas de empleo incluso con ERTE, lo que sugiere la presencia de un mercado más flexibilizado durante el Covid-19 que aquel al que se enfrentó la economía en la Gran Recesión, y esto apunta a la reforma del 2012.

Figura 2: Respuesta del Mercado Dual (Empleo y Horas por Trabajador) en la Gran Recesión y en el Covid-19

Notas: Elaborado a partir de los ficheros de flujos de la EPA. Desviaciones absolutas sobre las horas pronosticadas. Es decir, calculamos las tendencias temporales (con efectos estacionales) con datos hasta 2007Q4 y 2019Q4 respectivamente, para después calcular las desviaciones sobre la predicción en los siguientes trimestres. Las horas por trabajador son horas efectivas semanales. La línea sin ERTE excluye de la muestra trabajadores que contestan que trabajan 0 horas en la semana de referencia y que dicen estar acogidos a un ERTE.

Sin embargo, a pesar de una mayor flexibilización, la dualidad del mercado laboral está presente durante el Covid-19 y en la misma dirección que en la Gran Recesión: los trabajadores temporales muestran mayores pérdidas de empleo que los fijos en términos relativos, en desviaciones porcentuales de sus respectivas tendencias, por un factor de cinco. Curiosamente, encontramos que esta dualidad —o desigualdad—está sustentada en gran parte por los ERTE que benefician asimétricamente a los trabajadores fijos. De hecho, en la muestra restringida sin ERTE, el factor diferencial de pérdida de empleo entre fijos y temporales cae de cinco a dos; véase la Figura 2b. Además, el ajuste más flexible de las horas por trabajador no puede atribuirse completamente a los ERTE ya que las horas por trabajador también disminuyen sustancialmente para las personas sin ERTE; véase la Figura 2b. De hecho, con o sin los ERTEs encontramos similares caídas de horas entre trabajadores fijos y temporales. Otra vez, parte de la caída de horas por trabajador que documentamos para una economía con una muestra sin ERTE vuelve a apuntar a la reforma de 2012 que también aumentó la capacidad de renegociar a nivel de empresa los convenios colectivos con respecto a las horas trabajadas (Domenech et al. 2018)

En resumen, dada nuestra discusión sobre cómo puede estar afectando la reforma del 2012 al mercado dual durante el Covid-19, ¿qué aprendemos? O mejor dicho, ¿qué NO aprendemos? Pues no aprendemos lo que quizá sería más útil: Sin la reforma laboral que abarató los costes de despedir a trabajadores fijos, ¿a qué tasa de desempleo nos enfrentaríamos ahora?

— Por una parte, entendemos que sin la reforma del 2012 se habrían conservado más trabajos fijos, lo que reduciría las grandes pérdidas de empleo fijo que documentamos, al menos, en respuesta al shock inicial del Covid-19.

— Pero en ese caso, seguramente el mercado dual (el sector empresarial) hubiera respondido con más despidos (o no renovando los contratos) de trabajadores temporales. Si es así, ¿en cuánto?

— Al mismo tiempo, al dar más peso a los convenios a nivel de empresa la reforma permite la flexibilización de las horas por trabajador. Sin ese margen de maniobra que documentamos operativo durante el Covid-19, ¿cuánto más desempleo se hubiese generado?

La respuesta cuantitativa a estas preguntas (tanto sobre el margen intensivo como el margen extensivo del trabajo) ayudaría a entender por dónde se inclina la balanza de la reforma y así justificar (o no) su derogación.

Uno entendería que la respuesta a este tipo de preguntas que planteamos arriba (entre otras) deberían formar parte del debate sobre la derogación de la reforma. Aun teniendo herramientas para responderlas (entre otros, véase Bentolila et al., 2020), encontrar estas respuestas no es sencillo y sobre todo estando tan limitados empíricamente, al menos, en el contexto de la reforma laboral en España. Por ello, a falta de respuestas y evidencia convincentes sobre los efectos de esta política, el debate sobre si derogar la reforma o no se asemeja más a una cuestión de fe (o ideología) que de razón.


[1] La reforma del 2012 redujo la indemnización por despido de contratos fijos de 45 a 33 días. Además, se introdujo un nuevo contrato permanente para empresas de menos de 50 empleados, que no implican indemnización por despido durante un período de prueba extendido de un año. A su vez, la reforma del 2012 encareció la indemnización de los temporales (de 8 a 12 días) acortando la brecha entre contratos fijos y temporales. Otro aspecto importante de la reforma es que se dio más peso a los convenios a nivel de empresa aumentando la capacidad de renegociar a nivel de empresa los convenios colectivos en términos de las horas trabajadas por trabajador (Domenech et al. 2018).

[2] El debate político refleja la tensión entre el sector empresarial al que se le atribuye la búsqueda de marcos legales que faciliten despidos (así como contrataciones) y los trabajadores a los que se le atribuye la búsqueda de estabilidad en su puesto de trabajo.

[3] Además, la reforma del 2012 está lejos de ser perfecta. Por ejemplo, además de costes de despido bajos y prestaciones generosas por desempleo, puede que sea necesario condicionar las ayudas a la búsqueda activa de trabajo como apuntan Samuel Bentolila y Marcel Jensen aquí (véase también el post mas reciente de J. J. Ignacio Conde-Ruiz y Jesus Lahera aquí). En esta línea, una reforma como la del 2012 puede llegar a ser incluso contraproducente, como apunta Sara de la Rica (aquí) si, por ejemplo, la tasa a la que se encuentran nuevos trabajos es baja debido a falta de coordinación público-privada en la publicitación de ofertas de trabajo.

[4] Hay interesantes excepciones como este paper de Tania Fernández-Navia sobre el efecto en la movilidad y el desempleo del cambio en las prestaciones por desempleo de la reforma.

[5] Vean también los posts sobre los ERTEs por Samuel Bentolila y Juan F. Jimeno (aquí) y de J. J. Ignacio Conde-Ruiz, Manu García, Luis Puch y Jesús Ruiz (aquí).