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La confianza tampoco es gratis

Por Jordi Gual

El capitalismo no funciona bien sin confianza. Esta es la tesis central del libro “Confiar no tiene precio. La confianza en el capitalismo y las po10líticas públicas” que acabo de publicar en Debate. En las relaciones comerciales, por lo general los intereses de las partes son sólo parcialmente opuestos y hay ámbitos en los que interesa cooperar. Por ello, las transacciones económicas no pueden prescindir de la confianza, tanto entre las partes implicadas como en las instituciones que garantizan las condiciones de la transacción. En primer lugar, las relaciones económicas no pueden automatizarse infaliblemente. Es más, si se intenta diseñar un sistema de este tipo, como en el mundo de las criptomonedas, se atraen actores de poca confiabilidad y el sistema se colapsa. Además, los contratos siempre van a ser incompletos y en la práctica se han de atender situaciones no anticipadas de toda índole. La confianza entre las partes permite solventar imprevistos y facilita las transacciones y la cooperación. La existencia de confianza evita la litigiosidad y promueve los acuerdos, así como su continuidad.

¿Por qué no confiamos más en los demás?

¿Si la confianza juega un papel tan central en la economía de libre mercado, cómo puede ser que no tenga una mayor presencia en nuestras sociedades? ¿Por qué cuesta tanto que se desarrolle? Una explicación es que la confianza no tiene precio, no se compra ni se vende en ningún mercado, pero sí que tiene un coste para las partes implicadas. Quien confía en otro asume un riesgo. Tiene unas expectativas que pueden no cumplirse, sea con intencionalidad de la persona en la que se confió, o de manera involuntaria. Asimismo, quien es receptor de la confianza la acepta sin contrapartida económica, pero asume un coste, como mínimo moral, por el compromiso en el que incurre. Se ve obligado a cumplir lo que ha prometido más o menos explícitamente.

Para que haya confianza, por tanto, es necesario que las personas sean benevolentes. Que les importen los demás y estén dispuestas a asumir los costes de otorgar y aceptar la confianza. Este altruismo es, por otro lado, inherente al ser humano. Las personas somos generosas en mayor o menor grado, en un delicado equilibrio con el natural amor propio y la preocupación por la familia y las amistades más cercanas.

Obtenemos, por tanto, beneficios personales de la confianza, pero nos cuesta confiar y ser depositarios de la confianza, por miedo a ser decepcionados o a decepcionar. Sin embargo, si dejamos que la confianza sea parte consustancial de una relación, los beneficios que generamos van más allá de los que obtenemos nosotros mismos puesto que la confianza se viraliza. Cuando confiamos en alguien y nos responde positivamente, nos atreveremos más fácilmente a confiar en otros. Y lo mismo sucede para quien recibe la confianza. Quien la acepta y satisface las expectativas en él depositadas, contribuye a que la actitud de confianza en los demás se extienda en la sociedad, en lo que constituye un círculo virtuoso. Ocurre justo lo contrario si nuestras interacciones nos decepcionan. Entonces, nos aislamos y desconfiamos.

Las sociedades en las que predomina la confianza en los demás son sociedades en las que es más fácil la cooperación con terceros, más allá de los clanes familiares y de amigos. La toma de decisiones orientada al bien del conjunto de la comunidad es más fácil. Son sociedades en las que el individualismo inherente a las economías de libre mercado se compensa con el altruismo y el sentido de comunidad.

Para que haya confianza entre las personas es necesario también que se compartan unos valores cívicos y morales. Es decir, que haya un grado significativo de acuerdo sobre las normas de comportamiento social que son correctas, puesto que la confianza exige juzgar el comportamiento de los demás en condiciones de incertidumbre. Es necesario, especialmente, tener un sentido compartido de lo que es justo, ya que esto determina la evaluación que hacemos de actos que en ocasiones nos pueden sorprender o decepcionar. Cuando no existen estas pautas de referencia es mucho más fácil que surja el desacuerdo y cunda la desconfianza.

La confianza en el capitalismo

La confianza en el capitalismo ha disminuido en las economías avanzadas a lo largo de las últimas décadas. Y ello, a pesar de que el libre mercado ha mostrado ser un sistema muy eficiente generando bienestar, incluso en numerosos regímenes autocráticos.

A la economía de libre mercado se le achacan diversas carencias. Por un lado, una elevada inestabilidad, que ha ido en aumento en los últimos tiempos con acontecimientos como la gran crisis financiera del 2008, los largos periodos de tipos de interés negativos y el fuerte rebrote inflacionario de 2021-23. En segundo lugar, también se le imputa la generación de desigualdades de renta, dado que el sistema, si bien es capaz de absorber y canalizar el impacto de los cambios tecnológicos y la globalización, no impide que estos procesos provoquen serios desequilibrios en la distribución de la riqueza en la sociedad. Finalmente, también se acusa al sistema de problemas medioambientales como el cambio climático, y de crisis sociales, como la carestía de la vivienda. En puridad, se atribuyen al capitalismo y a la maximización del beneficio por parte de las empresas problemas que son el resultado de la incorrecta regulación por parte de las autoridades de los fallos de mercado y las externalidades. Sin embargo, el impacto reputacional en el capitalismo es evidente.

En “Confiar no tiene precio” propongo que la desconfianza frente al sistema de libre mercado ha aumentado por dos razones: la pérdida de confianza en los liderazgos políticos y la propia erosión de la confianza en los demás.

El grado de desconfianza en los liderazgos públicos no es igual en las diversas economías avanzadas. Es mayor ahí donde las políticas públicas han sido menos efectivas y en los países con un peor comportamiento de los dirigentes políticos. En el libro muestro que las políticas públicas no han satisfecho las expectativas de la población. En muchas ocasiones se ha tratado de políticas muy acomodaticias, orientadas al corto plazo, bajo una presión social y política que ha conducido a políticas monetarias y fiscales muy laxas. En algunos países, además, se han patrimonializado las instituciones del estado y se han usado las políticas con un objetivo de clientelismo político. En este tipo de sociedades el malestar social y la desconfianza han aumentado a pesar de disponer de un amplio estado del bienestar. En cuanto al comportamiento de los dirigentes políticos, el factor determinante ha sido la falta de respuesta a lo que los ciudadanos exigen de los depositarios del poder público. Se espera que sean honestos, profesionales y que no utilicen el poder en beneficio propio o de su formación política. Asimismo, se exige una clara rendición de cuentas y un comportamiento no discriminatorio, que no favorezca por razones políticas a determinadas personas o colectivos. La desconfianza en los poderes públicos tiende a ser naturalmente mayor en aquellos países con más carencias en estos ámbitos.

Finalmente, se ha erosionado también la confianza entre las personas y esta, como hemos visto, es clave para que el capitalismo funcione bien. ¿Por qué se ha quebrado la confianza en los demás? En “Confiar no tiene precio” argumento que el individualismo moral, el marco de valores del capitalismo, constituye, por definición, un conjunto de principios muy restringido, basado en la tolerancia y el respeto de estilos de vida muy diferentes. Ese marco se enfrenta a dos grandes retos que es incapaz de atender adecuadamente. Por un lado, los enormes cambios culturales asociados a la globalización y los flujos migratorios, que comportan la convivencia de grupos sociales con esquemas de valores muy distintos, lo que puede dificultar la generación de confianza en la sociedad. Y, por otro, los profundos cambios económicos, asociados a la globalización y las tecnologías de la información, que transforman la naturaleza de los puestos de trabajo y afectan de manera radical a la dignidad y la identidad de las personas.

El gran reto en las economías avanzadas, tanto para los líderes públicos como para la sociedad civil, es trabajar en la regeneración de la confianza, entre los ciudadanos y en las instituciones, como palanca para conseguir que la economía de libre mercado funcione de manera más armónica, generando bienestar para toda la población y mejorando así su legitimación social.