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Historia Económica de China

Estos pasados días los he disfrutado, casi sin interrupción, devorando el último libro de Richard von Glahn, The Economic History of China: From Antiquity to the Nineteenth Century, que acaba de salir publicado por Cambridge University Press y que voy a entusiásticamente recomendar a nuestros lectores interesados en el tema.

El libro de von Glahn es, quizás, el único manual en inglés que cubre de manera casi completa y desde el rigor de un buen conocedor del tema, la historia económica de China en la mayor parte de su evolución. Y es que investigar en historia económica de China, como hace von Glahn, es particularmente complejo.

Primero, por las barreras lingüísticas. Como un mínimo absoluto uno ha de poder manejarse en inglés (para bien o para mal, la lengua universal de la academia estos días) tanto oral como escrito (y muchos lectores de este blog conocerán en carne propia la diferencia entre escribir algo en inglés que se entienda y escribir algo que guste) y saber leer mandarín con fluidez. Pero si uno solo sabe estos dos lenguajes, es poco probable que pueda aportar mucho a la discusión. Buena parte de la historiografía de mayor calidad sobre la historia económica de China ha sido escrito durante muchas décadas por historiadores japoneses y en japonés. Esto fue debido tanto a la herencia cultural china en Japón como a los intereses político-comerciales y a las aventuras militares que han marcado las rocosas relaciones entre los dos grandes países asiáticos durante los últimos 150 años. Cuando los Europeos y Americanos veían a China como una tierra misteriosa y desconocida, los historiadores japoneses, liderados por Naitō Torajirō y luego por su discípulo Miyazaki Ichisada, ya imbuidos de los métodos historiográficos modernos importados de Alemania y con una fuerte inclinación marxista, dedicaban mucho tiempo al estudio de su gran vecino. Esta herencia se nota mucho, por ejemplo, en esta serie de entrevistas que enlacé recientemente.

Y si uno quiere realizar investigación con fuentes primarias, se encuentra con que los documentos relevantes escritos antes de 1949 están en su casi totalidad en chino clásico (y en Taiwan hasta mediados de los 70 del siglo XX). El chino clásico es quizás más diferente del chino contemporáneo que el español del latín. Incluso para un hablante nativo de mandarín son necesarios bastantes años de estudio antes de poder leer los clásicos de su literatura sin estar adaptados al lenguaje moderno. Y si todo esto pareciera poco, encima, buena parte de los documentos oficiales durante la última dinastía, Qing, están escritos en Manchú, un lenguaje de la familia tunguse y del que solo quedan un puñado de hablantes nativos (10 según la UNESCO).

El segundo obstáculo es el tamaño del país, tanto geográfico (un continente prácticamente), como histórico. Aunque algunas veces se exageren las continuidades en la historia china (como decía antes la dinastía Han y la China moderna tienen tanto o tan poco que ver según uno quiera pensar en ello como la república romana con la republica francesa actual) es indudable que uno ha de estar familiarizado con una cantidad ingente de material.

El tercer problema, aunque se nos olvide, es que China sigue siendo oficialmente marxista. Esto no tiene mayor consecuencia cuando lo que se trata es de construir rascacielos en Beijing: lo único relevante en este caso son los millones que le enchufas a los funcionarios de turno. Cuando hablas de historia, sobre todo si es económica, “con la iglesia hemos dado, Sancho”. El marxismo clásico se ve a si mismo como una teoría de la historia y, además, una teoría que enfatiza los aspectos económicos. Hablar, por tanto, sobre historia económica en China es meterse a discutir sobre las últimas hojas de parra con las que el partido comunista intenta disimular que en estos momentos no es nada más que una asociación para enriquecer a sus miembros, una especie de Convergencia Democrática de Cataluña en sus buenos tiempos pero a lo bestia. Y, encima, para empeorar las cosas, mientras que las ideas de Marx no dejaban de ser fructíferas para pensar en ciertos aspectos de la historia de Europa occidental (en otras entradas he discutido mi respeto por mucha de la historiografía marxista en Alemania, Francia y el Reino Unido), no encajan ni con calzador en la historia de China. Le guste o no le guste al partido, categorías como el feudalismo que lo mismo sirven para Francia en el siglo XII (no voy a entrar en ello; conozco a suficientes medievalistas para los cuales sacar este tema es como enseñar el capote a un Miura) no sirven para nada en China y el parche que se inventó Marx del modo asiático de producción no fue su momento de gloria intelectual (aquí). Un buen ejemplo de las nefastas consecuencias de tener que seguir este guión marxista es el tostón de 12 volúmenes publicados hace unos años por Jingji Ribao Chubanshe (中国经济通史) y que realmente ha sido una magnífica oportunidad perdida. Total, que si uno es Chino y trabaja en China sobre historia económica tiene que ir con pies de plomo o, mejor, dedicarse a series temporales, que la econometría nunca ha enfadado a ningún político aunque solo sea porque no la entienden.

Y, finalmente, China no ha sido una nación prospera hasta muy recientemente (e incluso hoy en día sigue siendo un país de ingreso medio) con los recursos para dedicar a mucha gente a pensar en la evolución de la agricultura en el siglo V o el sistema monetario en el siglo XVI. Sabemos menos de la edad de bronce china de lo que deberíamos sencillamente porque hemos buscado menos que en otras regiones.

A pesar de todas estas complicaciones, la historia económica de China vive en estos días una edad de oro, en especial gracias a la labor de la denominada Escuela de California, liderada por investigadores como Kenneth Pomeranz, R. Bin Wong y el mismo Richard von Glahn (este es el paper que yo doy en clase como introducción a la misma). Con tesis innovadoras y controvertidas, la Escuela de California ha reabierto como pensamos, por ejemplo, sobre la revolución comercial del final de la dinastía Ming-principios de la dinastía Qing o sobre el papel de las restricciones medioambientales y de recursos a los que China se enfrentó con dureza a partir del siglo XVII (este es el libro, ya un clásico, de Pomeranz al respecto). Y aunque muchas de estas tesis tengan que modificarse con nueva evidencia, gracias a la Escuela de California dar hoy clase de historia económica global es algo muy distinto que hace 15 años y, como alguien que se dedica a tal quehacer, creo que algo mucho más entretenido.

The Economic History of China: From Antiquity to the Nineteenth Century recoge la labor de muchos años de von Glahn de trabajo en el área y lo hace de manera sucinta en solo 479 páginas (muchas de las cuales están ocupadas por una excelente bibliografía y cuidadosas notas). La brevedad tiene, claro, dos efectos opuestos. Por un lado el libro es fácil de leer y ayudará a muchos lectores con menos conocimientos previos y a los cuales solo mirar a los múltiples volúmenes de la Cambridge History of China les harían entrar sudores fríos. Por otra parte, a los que ya sepan algo de los temas tratados, a menudos los argumentos se le quedan cortos y no les hubiesen importando otras 300 o 400 páginas. Pero, bueno, yo soy de esa gente que cuando acaba Die Meistersinger siempre se queja que a la opera le faltan otras dos horas más de música. Igualmente es una pena que el libro no entre en el siglo XX, aunque entiendo que esto requeriría un tremendo esfuerzo.

Von Glahn, en alguna ocasión, enfatiza también las diferencias de su análisis con la teoría económica del crecimiento. En este caso creo que no tiene razón: quizás sí que los modelos que les explicamos a los estudiantes de grado sean excesivamente sencillos (y es algo que debería de cambiar), buena parte de la investigación moderna se centra en temas como el papel del estado en crear las instituciones adecuadas para el crecimiento, el imperio de la ley y otras aspectos relacionados. Sin embargo, esta crítica no deja de ser una queja menor: no todo van a ser vino y rosas.

Finalmente, solo un pequeño recordatorio. El libro está dedicado a la memoria de Kenneth Sokoloff. Yo no tuve la suerte de tratar lo suficiente con Kenneth antes de su demasiada temprana muerte, pero en las veces que interactúe con él siempre me trató de manera exquisita y me ayudó en un par de ocasiones con gran generosidad. También querría pues, modestísimamente, cerrar recordardo a Kenneth y lamentarme de no tener acceso a todos los libros y papers que podría haber escrito ese grandísimo historiador si ese cáncer cruel no se lo hubiese llevado de manera tan injusta.