Género y uso del tiempo

Por Jose Ignacio Gimenez-Nadal

Pilar, cariño, hoy toca poner lavadoras con ropa de los niños, ¿a quién le toca? ¿Lo puedes hacer tú?, tengo que irme a trabajar. Y por favor, acuérdate de recoger a los niños del colegio. Este ejemplo puede representar una escena cotidiana para muchas familias en todo el mundo, y pone de manifiesto el diferente rol que los hombres y las mujeres pueden tener en la sociedad. Así, son las mujeres las que se hacen cargo de gran parte de las responsabilidades familiares (sin dejar a un lado sus responsabilidades laborales). Esto puede observarse en este artículo que acabo de publicar junto con el Catedrático de Análisis Económico José Alberto Molina. En dicho trabajo analizamos el tiempo dedicado por hombres y mujeres – y las diferencias de género – al trabajo de mercado, el trabajo doméstico (e.j., cocinar, limpiar, fregar, planchar…), y el cuidado de hijos, en 24 países.

Una característica común que se deriva de este análisis (véase la Figura 1) es que mientras los hombres dedican más tiempo al trabajo de mercado que las mujeres, ocurre lo contrario para el tiempo dedicado a la producción doméstica y el cuidado de hijos. Estos resultados son consistentes con estudios previos que han analizado estas brechas de género (véase Aguiar y Hurst, Gimenez-Nadal y Sevilla, o Robinson, por ejemplo). También documentamos que las brechas de género en estas tres actividades se han reducido a lo largo del tiempo, donde el incremento del nivel educativo de las mujeres ha sido un factor crucial para ello, aunque estas diferencias de género aún persisten.

Figura 1. La diferencia de género por país

Nota: Los valores positivos corresponden a que los hombres dedican más tiempo que las mujeres. Los valores negativos corresponden a que las mujeres dedican más tiempo que los hombres. Elaboración propia, datos obtenidos de Gimenez-Nadal y Molina (2022).

 

El análisis de las diferencias de género es muy importante desde el punto de vista económico, ya que la brecha de género en el tiempo dedicado al trabajo de mercado, a la producción doméstica y al cuidado de los hijos, es crucial para determinar la experiencia laboral y, por lo tanto, los ingresos. Aparte de las consecuencias de estas diferencias de género sobre futuras pensiones que puedan recibir (véanse diferentes entradas en el blog sobre pensiones aquí, aquí y aquí, entre otras). Así, reducir las brechas de género en salarios, ingresos y pensiones, estimulando el empleo femenino y la lucha contra la pobreza femenina, representa un área de prioridad.

Una vez que hemos encontrado estas diferencias de género, es importante analizar a qué se deben estas diferencias. Un primer factor en que se puede pensar es el nivel educativo de la persona. El nivel educativo de las personas se identifica con el “precio sombra” o “coste de oportunidad” del tiempo, que mide el coste implícito de una hora de no trabajo (por ejemplo, hacer trabajo no remunerado, cuidado de niños u ocio) en términos de salario-hora de esa persona. Sin embargo, las mujeres han superado a los hombres en términos de resultados educativos en las últimas décadas y, por lo tanto, las diferencias de género deberían ser justo las contrarias. Además, los padres con niveles educativos más altos dedican comparativamente más tiempo al cuidado de los niños que los padres con nivel educativo más bajo (Guryan, Hurst y Kearney). Toda esta evidencia indica que las diferencias en el nivel educativo de hombres y mujeres– y por ende el salario, al estar ambos relacionados (véase aquí) – no parece ser un factor que explique al cien por cien las diferencias de género que mostramos.

La presencia de niños impone restricciones sobre el tiempo dedicado al trabajo de mercado y a la producción doméstica para hombres y mujeres. Pero parece ser que es sobre todo a las mujeres a quienes imponen restricciones, ya que se ha demostrado que la presencia de niños menores de tres años en el hogar tiene un impacto negativo en la probabilidad de que las mujeres trabajen. En este sentido, la distribución desigual de las responsabilidades del hogar puede imponer una carga adicional a madres trabajadoras con niños pequeños y puede llevar a que las mujeres tengan comparativamente más dificultades para acceder a determinados puestos de trabajo, desarrollar su carrera o ascender a posiciones de toma de decisiones. Además, las mujeres pueden aceptar trabajos con condiciones laborales peores (es decir, salario más bajo o con menos horas de trabajo contratadas) para poder equilibrar sus responsabilidades laborales y domésticas.

Las normas de género también se han postulado como un factor relevante detrás de las brechas de género observadas en la asignación de tiempo (Burda, Hamermesh y Weil). Las normas de género se refieren a lo que los hombres y las mujeres “deben” y “no deben” hacer en la sociedad donde viven y son importantes en relación a la cantidad de tiempo dedicado al trabajo de mercado, la producción doméstica y el cuidado de hijos. Investigaciones previas (véase por ejemplo Campaña, Gimenez-Nadal y Molina para América Latina) han mostrado que, en aquellos países donde los roles de género reflejan una distribución más “tradicional” de trabajo, en el sentido de que las mujeres están a cargo de los niños y del hogar, y los hombres a cargo de ganar dinero, la distribución por género del trabajo de mercado, la producción doméstica y el cuidado de los niños es más desigual, ya que las mujeres tienden a especializarse en la producción doméstica y el cuidado de los niños, y los hombres lo hacen en el trabajo remunerado. Además, dos entradas de este blog (aquí y aquí) han utilizado la reciente crisis provocada por el COVID-19 para mostrar que las normas de género explican que sean en la mayoría de casos las mujeres quienes se encargan de la educación y del cuidado de los niños mientras permanecen cerrados los colegios.

Finalmente, los factores institucionales – políticas públicas – también están relacionados con las brechas de género que documentamos. Por ejemplo, los países europeos difieren en el presupuesto público asignado a la atención de los niños. Si bien en muchos países desarrollados los niños de tres a cinco años tienen tasas de matriculación en educación formal de casi el 100%, estas tasas no son tan altas para los niños menores de tres años. Si los padres no reciben educación formal para sus hijos menores de tres años, tendrán que gastar más tiempo en el cuidado de los niños, lo que afectará el tiempo que dedican tanto al trabajo de mercado como (especialmente) a la producción doméstica. Si optan por la educación privada, quizás tengan que dedicar más tiempo al trabajo de mercado para cubrir los costos financieros asociados. Así, las políticas relacionadas con el cuidado de los niños y/o las políticas de baja por maternidad/paternidad afectan a la división por género del trabajo de mercado y no remunerado.

En resumen, las diferencias en la carga de trabajo de mercado y dentro del hogar de hombres y mujeres seguían siendo considerables en la década del 2010, con consecuencias perjudiciales tanto para las mujeres como para las naciones. Las diferencias de género en el trabajo de mercado y en la producción doméstica están relacionadas con los roles de género, si bien es cierto que cambiar estos roles, que forman parte de la cultura de un país, puede resultar un proceso lento y costoso. Puede ser útil ampliar la duración y la generosidad de la baja parental – como ha pasado en España –ya que los hombres pueden estar más dispuestos a compartir las responsabilidades familiares, lo que redundaría en una reducción de las brechas de género tanto en el trabajo no remunerado y tiempo de cuidado de niños (ver aquí). Estas políticas deben diseñarse con cuidado, ya que bajas maternales muy largas pueden conducir a mayores brechas de género en el tiempo de trabajo de mercado, y la interrupción de la carrera laboral de las mujeres.