Por Enrique Llopis, José A. Sebastián, Ángel L. Velasco, Víctor M. Gómez-Blanco, Víctor M. Sierra [*]
En los últimos cincuenta años, los transcurridos desde la muerte de Franco, los investigadores sociales han ampliado enormemente nuestros conocimientos sobre la economía, la sociedad y la demografía de la España franquista. Sin embargo, persisten serias dudas sobre temas tan trascendentales como la evolución de la mortalidad de los menores de cinco años.
En 2001, en una sesión plenaria del VII Congreso de la Asociación Española de Historia Económica, dedicada a la economía en el primer franquismo, casi todos sus ponentes aportaron evidencias que reforzaban la tesis de que España obtuvo muy malos resultados económicos, financieros, sociales y educativos en esa etapa, especialmente en la década de 1940. La ponencia de David Reher fue la excepción. Empleando las estadísticas oficiales y la bibliografía disponible, Reher presentó un balance muy optimista del desempeño de la población española en dicho período: de 1940 a 1950 la esperanza de vida al nacer habría crecido doce años, el mayor incremento intercensal jamás alcanzado, gracias principalmente a la drástica reducción de la mortalidad infantil —la de los menores de un año—, que habría caído casi un 33 % entre 1930-1934 y 1945-1949; y, añadimos nosotros, a la de la tempranojuvenil —de uno a cuatro años—, que habría disminuido, en igual período, casi un 58 %. Por tanto, este desplome de la mortalidad en la temprana infancia habría ocurrido en la larga posguerra, en medio de graves adversidades económicas y sociales, imprimiendo un ímpetu a la transición demográfica española rayano en lo milagroso.
Las dos preguntas que se hicieron entonces muchos de los presentes siguen sin ser respondidas: 1) ¿pudo realmente la población española lograr esos asombrosos resultados en los años cuarenta?; y, 2) ¿pudieron ser tan enormemente dispares en España las trayectorias de los indicadores económicos y sociales, por un lado, y la de los demográficos, por otro, en dicha década? Estos interrogantes nos han llevado a investigar si las estadísticas oficiales de hechos vitales permiten medir adecuadamente el riesgo de deceso de los menores de cinco años entre 1940 y 1959. Aunque los especialistas han identificado algunos de sus defectos (Arbelo, 1962: 137-147; Gómez Redondo, 1992: 15-16, 55, 112-115, 125, 130 y 176-179; Pérez Moreda, Reher y Sanz, 2015: 150-152), esas estadísticas se han seguido utilizando para calcular los cocientes de mortalidad de los distintos grupos de edad en la temprana infancia (Gómez Redondo, 1992; Reher, 2003; Pérez Moreda, Reher y Sanz, 2015).
Las estadísticas y sus inconsistencias
Para evaluar su verosimilitud y coherencia, hemos analizado y comparado tales cocientes con los correspondientes a otros 13 países de Europa occidental —Dinamarca, Finlandia, Noruega, Suecia, Escocia, Inglaterra y Gales, Irlanda del Norte, República de Irlanda, Bélgica, Países Bajos, Austria, Suiza e Italia—, que poseen mejores estadísticas de hechos vitales que el nuestro, y con los de las 17 Comunidades Autónomas españolas en 1925-1974 o en 1941-1974 —en España, los óbitos neonatales sólo se contabilizaron ininterrumpidamente desde 1941—.
Los Gráficos 1 y 2 muestran los cocientes de mortalidad postneonatal —de 1 a 11 meses—y tempranojuvenil —de 1 a 4 años—[1] en los 14 países y períodos citados.
Gráfico 1. Cocientes de mortalidad postneonatal en 13 países de Europa occidental, 1925-1974, y en España, 1941-1974 (en ‰)

Gráfico 2. Cocientes de mortalidad tempranojuvenil en 14 países de Europa occidental, 1925-1974 (en ‰)

Pese a que el subregistro de defunciones de la población menor de 1 año y de 1 a 4 años era, muy probablemente, mayor en España que en los otros 13 países de la muestra, los cocientes de mortalidad postneonatal y tempranojuvenil de aquélla se situaron casi siempre por encima de los de éstos en los dos cuartos centrales del siglo XX. Así, de 1941 a 1959, el promedio de la probabilidad de deceso de 1 a 11 meses fue del 14,2 ‰ en los países de Europa septentrional, del 22,4 ‰ en los de Europa noroccidental, del 21,5 ‰ en los de Europa central, del 42,6 ‰ en Italia y del 51,3 ‰ en España. Por su parte, el de la de 1 a 4 años, entre 1940 y 1959, fue del 9,6, del 10,8, del 12,6, del 27,2 y del 29,0 ‰, respectivamente.
Los Gráficos 3 y 4 recogen, por otro lado, los cocientes de mortalidad en el primer día y en el primer mes de vida de los niños en los 14 países de la muestra entre 1925 y 1974 o entre 1941 y 1974.
Gráfico 3. Cocientes de mortalidad en el primer día de vida en 14 países de Europa occidental, 1925-1974 (en ‰)

Gráfico 4. Cocientes de mortalidad neonatal en 13 países de Europa occidental, 1925-1974, y en España, 1941-1974 (en ‰)

Si diésemos por buenas las estadísticas oficiales de nuestro país, tendríamos que admitir que España constituía, al menos hasta los años sesenta, el paraíso de los recién nacidos, con un riesgo de deceso en las primeras 24 horas muy inferior al de cualquier otro territorio del occidente europeo. Concretamente, de 1946 a 1959, el promedio de dicho riesgo de fallecimiento osciló en el resto de Europa occidental entre el 14,9 ‰ de Austria y el 5,4 ‰ de Suecia, situándose en España en un exiguo 4,1 ‰. Es completamente inverosímil que nuestro país disfrutase, al respecto, en esa época, de semejante posición privilegiada.
De 1946 a 1959, siete de los catorce países de la muestra superaban el promedio español de probabilidades de óbito de menores de un mes (20,2 ‰): Austria (32,2 ‰), Italia (29,3 ‰), Bélgica (25,6 ‰), la República de Irlanda (23,9 ‰), Irlanda del Norte (22,3 ‰), Escocia (22,2 ‰) y Suiza (20,8 ‰). Tampoco resulta creíble, en absoluto, esta posición tan favorable en el espejo europeo en el ámbito de la mortalidad neonatal.
En suma, resulta inverosímil que, en las décadas de 1940 y 1950, España, en la muestra citada, fuese líder en mortalidad postneonatal y tempranojuvenil, ocupase una posición intermedia en mortalidad neonatal y tuviese, con gran diferencia, la menor mortalidad en el primer día de vida. Asimismo, es muy improbable que la mortalidad neonatal repuntase en nuestro país en los años sesenta y que la del primer día de vida fuese mucho más elevada después de 1960 que antes de ese año (véanse los Gráficos 3 y 4).
El análisis de los niveles y trayectorias de los cocientes de mortalidad en la temprana infancia de las Comunidades Autónomas también aporta evidencias que revelan su infravaloración, especialmente hasta finales del decenio de 1950, en muchas de ellas.
Cabe afirmar, por tanto, que las estadísticas españolas de hechos vitales en torno al parto y en el primer mes de vida no permiten medir adecuadamente la mortalidad a 0 días y a 0 meses, sobre todo durante el primer franquismo. Y si la mortalidad neonatal está mal computada, la infantil tiene que ser revisada y corregida.
Causas de las deficiencias del registro y de las estadísticas de hechos vitales
Las oficinas del Registro Civil y los servicios estadísticos —que debían tratar, agregar, supervisar y publicar la información suministrada por las primeras— funcionaron en España de forma deficiente hasta, cuando menos, mediados de los años setenta. Ello responde a numerosos factores, desde la aguda escasez de medios humanos y materiales de tales servicios, pasando por el inadecuado concepto legal vigente de nacido vivo, hasta la apatía e ignorancia de buena parte de la población, y su renuencia a comunicar a instituciones civiles hechos vitales solemnizados mediante ceremonias religiosas que constituían, desde hacía siglos, las únicas susceptibles de validarlos socialmente.
Durante los años cuarenta y cincuenta, se añadió un nuevo factor: los dirigentes franquistas necesitaban presentar algún indicador económico o social con un balance positivo, y la mortalidad en la temprana infancia, en especial si se mostraban tolerantes con las familias que obviaban inscribir en el Registro Civil el deceso de algunos de sus descendientes, con las que hacían pasar el óbito de un niño al poco del alumbramiento por un nacido muerto y con los municipios que no enviaban las estadísticas de criaturas abortivas —que incluían las fallecidas en las primeras 24 horas—, era casi el único que cumplía tal exigencia. En aquella larga posguerra, ello coincidía con el interés de las familias más humildes, absortas en la dura lucha diaria por sobrevivir, de evitar engorrosos trámites administrativos cuando moría un hijo de corta edad. Es muy probable que esta confluencia de intereses propiciase un aumento del subregistro de decesos de niños pequeños durante el primer franquismo.
Los especialistas han subrayado que la calidad del registro de hechos vitales en torno al parto mejoró sustancialmente con la Ley de Registro Civil de 8 de junio de 1957 y su desarrollo normativo, al facilitar la distinción entre nacidos vivos y muertos. Efectivamente, la fuerte elevación de la mortalidad a 0 días y el repunte de la correspondiente a 0 meses observados a comienzos de la década de 1960 no pueden tener otra explicación que el notable descenso del subregistro de esos hechos vitales. Realmente, es inverosímil que la mortalidad en cualquier tramo de la temprana infancia creciese en el decenio de 1960, cuando la situación económica y sanitaria de nuestro país estaba mejorando con rotundidad.
En definitiva, el análisis de las estadísticas oficiales de óbitos de menores de cinco años invita a realizar dos ejercicios: 1) contrastar la hipótesis de descenso significativo de la infravaloración de los cocientes de mortalidad a 0 días y a 0 meses desde 1960; y, 2) estimar los riesgos de deceso en el primer día y en el primer mes de vida entre 1941 y 1974, y analizar los cambios que las nuevas series corregidas, en su caso, entrañen en la cronología y en las velocidades de decrecimiento de las mortalidades de los menores de un día, un mes y un año. A ello dedicaremos la segunda parte de esta entrada.
[1] Hemos calculado del siguiente modo los cocientes anuales de mortalidad tempranojuvenil: [(defunciones de 1 a 4 años/(nacidos* (1-cociente de mortalidad infantil en tanto por uno))]*1000.
[*] Esta entrada (partes I y II) se basa en el libro Llopis, E., Sebastián, J. A., Velasco, A. L., Gómez-Blanco, V. M., y Sierra, V. M. (2026): La mortalidad en la temprana infancia en España, 1939-1974. ¿Milagro en el primer franquismo?, Granada, Comares. Su publicación es parte del proyecto PID2023-149820NB-I00, financiado por MCIN/AEI/10.13039/501100011033/ y por FEDER Una manera de hacer Europa, UE.