Por Fidel Pérez Sebastián y Rafael Serrano-Quintero
La pandemia de COVID-19 acabó con millones de vidas, impuso cuarentenas en todo el mundo, detuvo las cadenas globales de valor durante un periodo de tiempo significativo y generó una de las mayores recesiones globales de los últimos años. Sin embargo, al igual que ocurre con la propagación de otras enfermedades infecciosas, su impacto en términos de vidas y actividad económica varió enormemente entre regiones e industrias.
En un artículo recientemente publicado en SERIEs, desarrollamos un marco para cuantificar hasta qué punto la estructura productiva y las conexiones económicas entre regiones y sectores influyeron en la expansión del virus durante la primera ola.
La idea de partida es sencilla (y a la vez incómoda): la difusión de una enfermedad infecciosa depende de las interacciones humanas, y esas interacciones están profundamente determinadas por la geografía económica: dónde vivimos, dónde trabajamos, con quién comerciamos y cuánto nos movemos. En esta línea, el trabajo se apoya en el argumento de que la densidad de la red económica importa para la dinámica epidémica (véase Fogli y Veldkamp, 2021).
El comercio como vector de contagio
Nuestro mecanismo principal de transmisión es el comercio en sentido amplio: el transporte de mercancías, el turismo y los desplazamientos ligados al trabajo. Durante la primera ola, muchos países restringieron la movilidad de personas, pero el transporte de mercancías nunca se detuvo por completo. Además, las restricciones no se aplicaron igual en todos los países ni al mismo tiempo.
Figura 1: Restricciones de movilidad durante la primera ola.
Restricciones a la movilidad interna

Restricciones a la movilidad internacional
Estas figuras ilustran las diferencias que existieron en las restricciones de viaje entre regiones y a lo largo del tiempo. Por ejemplo, Latvia nunca impuso restricciones al movimiento interno de personas, el Reino Unido no impuso restricciones a los viajes internacionales hasta el 8 de junio, y otros países impusieron restricciones muy temprano.
Con datos de Eurostat sobre llegadas a establecimientos de alojamiento turístico por regiones NUTS2 y con datos de muertes por COVID-19, el artículo aporta evidencia empírica consistente con el mecanismo: las llegadas turísticas pasadas se asocian de forma significativa y positiva con más muertes por COVID-19. El turismo, literalmente, importó el virus.
Un modelo espacial dentro de un SIR
Para cuantificar estos canales, construimos un modelo espacial de comercio con vínculos de cadenas de suministro e incorporamos ese bloque económico dentro de un modelo epidemiológico. En esencia, el comercio y la estructura sectorial determinan cuánto “contacto efectivo” hay dentro y entre regiones: regiones más densas y más conectadas comercian más y, por tanto, tienen más oportunidades de transmisión entre territorios.
El marco permite capturar la causalidad en dos direcciones: la epidemia reduce la oferta de trabajo (por enfermedad, mortalidad o por políticas) y eso cambia la producción y el comercio; a su vez, esos cambios alteran la red de contactos económicos que alimenta la transmisión.
La primera ola en Europa
Con el modelo cuantificado, simulamos diferentes escenarios centrados en la primera ola (del 25 de febrero al 15 de julio de 2020) para las regiones NUTS2 de la UE y el Reino Unido. La heterogeneidad regional es enorme: gran parte del Reino Unido se sitúa en los quintiles altos de mortalidad, de forma comparable al norte de Italia o el norte de España; Europa del Este aparece, en promedio, en los quintiles inferiores.
Figura 2: Muertes por COVID-19 por 100.000 habitantes: observado vs. contrafactual.
Distribución observada de muertes (acumuladas) por región.

Distribución predicha con las políticas más efectivas.
Resultados principales
- Los vínculos económicos importan. En promedio, alrededor del 10% de las muertes por COVID-19 durante la primera ola en Europa se asocian al “vector comercio” (movimiento de bienes, turismo y desplazamientos económicos).
- Las políticas salvaron millones de vidas. Sin respuesta de política, la primera ola habría provocado aproximadamente 4,52 millones de muertes adicionales en la UE y alrededor de 1,24 millones adicionales en el Reino Unido.
- Las externalidades entre países son enormes. En un contrafactual en el que la UE no implementa sus medidas anti-COVID, las muertes en el Reino Unido serían un 83% mayores. En sentido contrario, las políticas del Reino Unido habrían salvado más de 51.000 vidas en la UE. Ésto refleja cómo las interconexiones entre regiones importan para la difusión de la enfermedad.
¿Quién lo hizo mejor?
El trabajo identifica regiones especialmente eficaces en distintos momentos: Oberbayern (Alemania) destaca en los primeros 61 días, mientras que South Yorkshire (Reino Unido) aparece como el caso con control más sostenido posteriormente. Si todas las regiones hubieran disfrutado de las probabilidades de transmisión implícitas en esas experiencias, el modelo sugiere que podrían haberse evitado el 42% de las muertes del Reino Unido y el 37% de las muertes de la UE.
Como se deduce al comparar los mapas de la figura anterior, las ganancias potenciales varían mucho geográficamente: hay territorios donde la mejora marginal es limitada y otros donde el margen es enorme. Por ejemplo, las tres regiones europeas que hubieran salvado más vidas están en Polonia: Lódzkie, Lubelskie, y Podlaskie habrían salvados alrededor del 86% de las vidas perdidas por el COVID-19.
Para llevarse a casa
La conclusión general es que la integración económica regional condiciona la dinámica del contagio. En economías muy interconectadas, las políticas sanitarias tienen efectos que trascienden las fronteras administrativas. Si el comercio y los desplazamientos “exportan” infecciones, también la contención en un lugar beneficia a los demás. Para futuras pandemias, la coordinación internacional no es un lujo—es una necesidad epidemiológica.
Más allá del caso concreto de la COVID-19, el análisis deja una lección clara para el diseño de políticas frente a futuras pandemias: en economías profundamente interconectadas, la gestión sanitaria no puede pensarse de forma aislada. Las redes de comercio, turismo y cadenas de suministro hacen que las decisiones tomadas en una región afecten directamente al riesgo sanitario de muchas otras. Esto implica que las políticas de contención generan fuertes externalidades transfronterizas: contener el contagio en un territorio no solo protege a su población, sino que reduce la propagación del virus hacia el resto. Desde esta perspectiva, la coordinación internacional deja de ser un ideal normativo y pasa a ser una herramienta esencial de salud pública. Invertir en mecanismos de respuesta coordinada, compartir información, y actuar de forma temprana y conjunta puede ser tan importante como la capacidad hospitalaria o el desarrollo de vacunas para limitar el coste humano de futuras crisis sanitarias.



Hay 1 comentarios
Interesante, gracias.
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