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50 años de la doctrina Friedman contra la responsabilidad social de la empresa

Por Aleix Calveras

Milton Friedman Fuente: Wikimedia Commons

El pasado 13 de septiembre se cumplieron 50 años de la publicación del famosísimo artículo “The social responsibility of business is to increase its profits”, de Milton Friedman, profesor de la Universidad de Chicago, premio Nobel en el año 1976, y gran divulgador de la ideología del libre mercado (ver aquí una reciente reseña de su figura). El artículo sin duda ha marcado una época y ha sido un referente mediático para los defensores de la maximización del valor de mercado de la empresa como único criterio a seguir por los directivos, doctrina que ha dominado el panorama empresarial durante décadas, hasta no hace mucho. Recientemente, propuestas de otra índole abundan; por ejemplo, la Business Roundtable 2019 (integrada por muchas de las principales empresas del mundo) reclama cambiar de postulado, del valor para el accionista (‘shareholder value’) al valor para todos los stakeholders, incluyendo por lo tanto también a los trabajadores, comunidades en las que opera la empresa, medioambiente, etc. (ver aquí).

En cualquier caso, y aunque tanto la ideología pro libre mercado de Friedman como el momento histórico en el que se escribió el artículo, plena guerra fría entre los EEUU y la URSS, influyeron sin duda en su tono (casi cualquier mención a lo ‘social’ junto a empresa le recuerda a Friedman al socialismo-comunismo y a la falta de libertad), su argumentación es más refinada y elaborada de lo que a menudo se recoge en las muchas críticas que el artículo ha recibido a lo largo de los años. Por ello, y aprovechando su 50 aniversario, parece interesante el ejercicio de recordar la doctrina Friedman contra la responsabilidad social de la empresa (RSE) del artículo, señalando también sus carencias y el porqué, por lo tanto, su crítica total a la RSE sería incorrecta.

La doctrina Friedman

¿Cuál es la doctrina de Friedman? Como inciso: uso el término doctrina pues, de hecho, el título completo del artículo incluye en su inicio “A Friedman doctrine” (ver aquí). Así, la doctrina Friedman indica que, en las (grandes) empresas en las que existe separación entre los propietarios y sus directivos, éstos últimos son los empleados de los primeros y deben, por lo tanto, tener como único objetivo el maximizar la rentabilidad de la empresa (su valor de mercado en bolsa, si cotiza), que es lo que interesa a los accionistas-propietarios. Ello, añade Friedman, debe suceder en un contexto en competencia y cumpliendo con las reglas de juego establecidas (“so long as it stays within the rules of the game, which is to say, engages in open and free competition without deception or fraud”; así termina su artículo).

Hay que resaltar que Friedman justifica su doctrina no en una defensa estrecha de los intereses de los accionistas y propietarios de las empresas, sino en que con ella de hecho se favorecería el bien común. Su marco teórico descansa en las virtudes sociales de los mercados y en como su buen funcionamiento sería beneficioso para todos; sin embargo, mientras la teoría económica efectivamente nos muestra sus virtudes, también expone sus límites, la existencia de los fallos del mercado. Los mercados no funcionan bien cuando no hay suficiente competencia (hay agentes con poder de mercado), cuando existen costes externos (contaminación), bienes públicos (deforestación) e información asimétrica (respecto a la calidad y seguridad de los productos, por ejemplo). Asimismo, nada asegura que el nivel de desigualdad resultado del funcionamiento del mercado coincida con el nivel de desigualdad deseado socialmente.

La respuesta de las sociedades a la presencia de los fallos de mercado ha sido tradicionalmente la regulación gubernamental (la fijación de estándares tecnológicos como por ejemplo normativa laboral y medioambiental, impuestos pigouvianos, etc.). Obviamente, y aunque en todo el artículo minusvalora los fallos del mercado, Friedman no ignora su existencia. Ante ellos, su respuesta es efectivamente la regulación e intervención gubernamental resultado del proceso político intrínseco de sociedades democráticas como la estadounidense. Así, Friedman indica, debe existir una nítida distinción entre el proceso político que fija la regulación necesaria para corregir los fallos del mercado, (regulación que, en cualquier caso, debe ser mínima), y las decisiones empresariales que toman como dado el contexto regulatorio fijado por el proceso político.

Y entonces, los directivos deben de maximizar la rentabilidad de la empresa, ignorando los posibles fallos del mercado. Los directivos deben olvidarse de corregir posibles fallos del mercado (de ellos se encarga el proceso político); de no ser así, se arrogarían la tarea propia del proceso político en un sistema democrático, gastarían dinero que no es suyo (de los accionistas), no sabrían cómo hacerlo (¿cómo sabrán cómo deben luchar contra la inflación los directivos de las empresas? es uno de los ejemplos de Friedman) y, por todo ello, el resultado final de esta intromisión y desvío del objetivo de los directivos sería empeorar el bienestar social.

Contra Friedman

La doctrina de Friedman es pues más sofisticada de lo que muchos de sus críticos reconocen. Las múltiples críticas al artículo y su doctrina a lo largo de los años han sido diversas, desde distintos enfoques y con contrapropuestas de variada índole. Se le contrapone a menudo al enfoque ‘shareholder value’ (valor para los accionistas) defendido por el artículo el enfoque stakeholder, es decir, que la empresa debe ir más allá que la maximización de su rentabilidad, preocupándose también por el bienestar de los demás stakeholders (grupos de interesados). Asimismo, la evidencia del enorme impacto medioambiental de la actividad económica y empresarial (por ej. en lo que concierne al cambio climático), así como el incremento reciente de la desigualdad en muchos países, son aducidos como razones claras del fracaso de la doctrina de Friedman. Aunque, como he dicho, las críticas y contrapropuestas son múltiples y variadas, aquí voy a limitarme a explicar lo que, dentro del mismo marco teórico de Friedman (con la típica empresa capitalista en mente), son los 2 factores principales que invalidan a mi entender su doctrina y, por lo tanto, justifican la validez y potencial recorrido de la RSE.

El primer factor es la clara existencia de límites en la capacidad de la regulación gubernamental para corregir los fallos del mercado. Las razones de tales límites son variadas; una de ellas se debe al papel de las empresas y sus directivos intentando influir y ajustar la regulación gubernamental en su propio beneficio, aún a costa del bienestar social (lo que se denomina ‘captura del regulador’). Así, la nítida separación que exige Friedman entre el proceso político y los mercados no existe por el papel de las propias empresas. Por esto, es un sinsentido pretender que las empresas deban centrarse en maximizar su rentabilidad tomando como dada la regulación que supuestamente se debe de encargar de corregir los fallos de mercado existentes. De hecho, ante la realidad del activismo empresarial en lo que es la definición de las regulaciones gubernamentales, con el consiguiente impacto en el bienestar social, se ha hecho evidente que la RSE necesita a la RPE, la responsabilidad política empresarial. Ello significa que la exigencia de responsabilidad social a las empresas debe incluir transparencia en lo que respecta al lobbying regulatorio que llevan a cabo: es bien posible que el impacto de éste en términos de bienestar social (por la forma en que definen la regulación de la industria) sea mayor que las actuaciones puramente empresariales dentro de lo que sería la RSE (Lyon et al., 2018).

El segundo factor que invalidaría la doctrina Friedman sería la no-separabilidad entre la actividad productiva de la empresa y la corrección de los efectos negativos de ésta (derivada de la existencia de fallos de mercado). Por ejemplo, contaminar un río y luego limpiar la contaminación es muy probablemente más costoso que no contaminar en primer lugar. Otro ejemplo sería el de Wal Mart y la venta de armas de fuego en los EEUU, y el consiguiente impacto que éstas tienen (crímenes, muertes). Mientras la opción preferida por Friedman sería en este caso que los ciudadanos-accionistas preocupados por los efectos sociales de la venta de armas, o bien participaran como ciudadanos en el proceso político para prohibir su venta, o bien donaran su dinero para paliar los efectos de su venta y mal uso, la realidad es que ni el cambio político es posible (en buena medida por el lobbying empresarial existente), ni la filantropía a organizaciones caritativas es en este caso la mejor forma de evitar o corregir los daños sociales de la libre venta de armas de fuego.

Así, cuando tal separación entre la actividad productiva de la empresa y la corrección de los daños de ésta no existe (o es costosa), podría ser la propia empresa la que actuara de forma socialmente responsable evitando o modificando la actividad productiva nociva (la venta de armas). La empresa, pues, al contar con esta ventaja comparativa para hacer frente al fallo del mercado, actuaría en delegación de la voluntad filantrópica de los distintos stakeholders de la empresa (Benabou y Tirole, 2010); entre ellos los consumidores que prefieren comprar productos de empresas responsables (y a menudo están dispuestos a pagar un sobreprecio por ellos), pero también en delegación de la voluntad filantrópica de los accionistas. Tal y como indican Hart y Zingales (2017), muchos accionistas no tienen como único objetivo ganar dinero (tal y como afirmó Friedman), sino que cuentan también con preferencias pro-sociales y prefieren que su empresa evite o minimice determinados costes externos (por ej. medioambientales) en su actividad, incluso a costa de su rentabilidad.

Hart y Zingales (2017), al igual que Friedman, confieren a los accionistas la propiedad de la empresa y, por ello, sus directivos, al ser empleados de la empresa, deben tener como objetivo maximizar no la rentabilidad sino el bienestar de los accionistas. Y, como hemos dicho, los ciudadanos en su papel de accionistas también pueden presentar preferencias pro-sociales (al igual que lo hacen en su papel de consumidores) y no preocuparse solamente de la cantidad de dinero que ganan. Por ello, Hart y Zingales (2017) proponen el establecimiento de mecanismos de gobernanza empresarial mediante los cuáles los accionistas puedan transmitir a los directivos de su empresa sus preferencias sociales (por ejemplo mediante votación) y consecuentemente ésta adopte medidas con un impacto social positivo, aunque puedan suponer una pérdida de rentabilidad, por ejemplo, que Wal Mart no venda armas de fuego (ver aquí la reciente transcripción de una conferencia de Hart donde entra en detalle en el análisis de dichos mecanismos de gobernanza; Hart, 2020).

En resumen

La doctrina Friedman anti-RSE, con la maximización del valor para el accionista como único criterio para el directivo de la empresa, se ha visto cuestionada, no solamente por la abundante evidencia del negativo impacto de la actividad empresarial en múltiples ámbitos sociales (medioambiente, desigualdad), sino también en lo que concierne a su arquitectura teórica, incluso dentro del mismo marco en el que Friedman desarrolló su doctrina. Así, comparto el optimismo de Benabou y Tirole (2010) en lo que concierne al desarrollo de la RSE y su potencial y creo que cada vez está más claro que la doctrina Friedman anti-RSE es (debe ser) una visión del pasado. Paul Krugman, economista de izquierdas, también premio Nobel, escribía hace unos años en un artículo glosando su figura: “Milton Friedman fue de hecho un hombre muy grande, un hombre de valentía intelectual que fue uno de los pensadores económicos más importantes de todos los tiempos, y posiblemente el más brillante comunicador de las ideas económicas a los ciudadanos en general que jamás haya existido. Pero hay buenas razones para sostener que el friedmanismo, al final, fue demasiado lejos, como doctrina y en sus aplicaciones prácticas.” (Krugman, 2008). Dentro de estas aplicaciones prácticas que fueron demasiado lejos estaría, sin duda, su doctrina anti-RSE.


Referencias

Benabou, R., y Tirole, J. (2010): Individual and Corporate Social Responsibility, Economica 77, 1–19

Business Roundtable 2019: https://www.businessroundtable.org/business-roundtable-redefines-the-purpose-of-a-corporation-to-promote-an-economy-that-serves-all-americans

Friedman, M. (1970): A Friedman doctrine‐- The Social Responsibility Of Business Is to Increase Its Profits, NYTimes Magazine

https://www.nytimes.com/1970/09/13/archives/a-friedman-doctrine-the-social-responsibility-of-business-is-to.html

https://graphics8.nytimes.com/packages/pdf/business/miltonfriedman1970.pdf

Hart, O. y Zingales, L. (2017): Companies Should Maximize Shareholder Welfare Not Market Value, Journal of Law, Finance, and Accounting, 2: 247–274

Hart, O., 2020, Shareholders Don’t Always Want to Maximize Shareholder Value, September 14, 2020; Stigler Center’s 2020 Political Economy of Finance conference: https://promarket.org/2020/09/14/shareholders-dont-always-want-to-maximize-shareholder-value/

Krugman, P., 2008, ¿Quién era Milton Friedman?, El Pais, 19 de octubre de 2008. https://elpais.com/diario/2008/10/19/negocio/1224422070_850215.html

Lyon T., et al. (2019): CSR Needs CPR: Corporate Sustainability and Politics, California Management Review Volume: 60 issue: 4, page(s): 5-24