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La economía del cambio climático y los desacuerdos sobre la medición de sus consecuencias

por Humberto Llavador

Del 6 al 17 de noviembre se celebra una nueva conferencia de las Naciones Unidas sobre el cambio climático (la COP23); una conferencia que estaba planeada que tuviese lugar en las islas Fiji, por su carácter simbólico dado el riesgo que corren de desaparecer si se produce una subida del nivel del mar, pero que finalmente se realiza en Bonn por razones de logística. Como en ediciones anteriores, la COP23 servirá para dar prominencia al cambio climático en los medios de comunicación , a pesar de que todo indica que esta conferencia será fundamentalmente técnica, buscando desarrollar la hoja de ruta establecida en los Acuerdos de París. (En esta gráfica del CSTPR se pueden observar los picos en el número de artículos de periódico dedicados al cambio climático correspondientes a la COP15 en Copenhague 2009 y a la COP21 en París 2015, así como la brusca caída en 2010). Me parece pues un buen momento para ofrecer una pincelada sobre el cambio climático y  comentar un tema de la economía del cambio climático que me preocupa especialmente y del que se está escribiendo bastante recientemente: la estimación de los daños derivados de aumentos en la temperatura media del planeta.

Desde 1958 el Observatorio de Mauna Loa en Hawai viene midiendo de manera continua la concentración CO2 en la atmósfera y representándolas en la que se conoce como la Curva de Keeling, en honor a Charles David Keeling de UC-San Diego, que fue el primero en realizar este tipo de medidas de forma regular. La Curva de Keeling (Figura 1) muestra la tendencia ascendente de la concentración de CO2 así como las variaciones estacionales. La barrera de los 400ppm (partes por millón) se sobrepasó en mayo de 2013, y en mayo de 2017 se ha alcanzado la máxima concentración, por encima de los 410 ppm. (Todas las figuras provienen de la Scripps Institution of Oceanography de UC-San Diego [aquí]).

Figura 1: Curva de Keeling (1958-2017)

Por otro lado, se ha estado perforando el hielo de la Antártica para, utilizando las burbujas de aire capturadas en los ice-cores (muestras de hielo), ampliar la serie hasta tiempos prehistóricos. Retrocediendo algo en el tiempo, desde 1700 hasta la actualidad vemos que hemos pasado de unos 280ppm, que se suele utilizar como el nivel pre-industrial de referencia, a estar por encima de los 400ppm (Figura 2).

Figura 2. Concentración de CO2 1700-2017

Perforando unos tres quilómetros hemos podido retroceder hasta hace 800.000 años, aunque es posible que pronto se pueda retroceder muchísimo más, ya que un equipo de Princeton ha alcanzado hielo de hace 2,7 millones de años. [Aquí] el anuncio en Science en agosto, y [aquí] un Web Focus de Nature con mucha información sobre los ice-cores.

La Figura 3 representa todos los datos que tenemos hasta la fecha. He marcado el nivel pre-industrial (280ppm), el nivel actual (400ppm)  y, con una flecha, el último período glacial, hace unos 20.000 años. En la figura destaca, sobre todo, la línea vertical que representa el nivel de concentración de CO2 durante el siglo XX (prácticamente en el 0 del eje horizontal). Destaca no sólo por las cotas que alcanza, sino también por la velocidad a la que se ha producido este aumento en la concentración.

Figura 3. Concentración de CO2  en los últimos 800.000 años

Los ice-cores también permiten obtener mediciones de temperatura (a partir de la densidad del hielo) que se pueden combinar con la concentración de CO2 (Figura 4).  Vemos que la tierra ha tendido a estar más fría y que vivimos en un período templado. De la línea vertical para los últimos 150 años podemos esperar un aumento considerable en la temperatura media del planeta. Esto es el calentamiento global o, más adecuadamente, el cambio climático, ya que la temperatura no tiene por qué aumentar en todo momento y en todas las partes del planeta. Obviamente, el argumento científico es mucho más sofisticado que la mera correlación a la que me refiero aquí, pero no es el momento de entrar en estos detalles y, en mi opinión, las Figuras 3 y 4 son suficientes para que, al menos, consideremos el cambio climático como un tema serio y urgente. De hecho, una de las principales conclusiones del último Emissions Gap Report de las Naciones Unidas (Noviembre 2017)  es la necesidad urgente de acelerar las acciones para que se puedan alcanzar los objetivos del Acuerdo de París. Y eso que estos objetivos sólo suponen un tercio del esfuerzo que se necesita para mantener el aumento en la temperatura por debajo de los 2oC.

Figura 4. Concentración de CO2  y cambios en la temperatura en los últimos 450.000 años.

Quizás es innecesario argumentar que el cambio climático requiere de una perspectiva global, y no sólo por el carácter de bien común de la atmósfera. Véase como muestra el mapa de la Figura 5, que representa los 16 flujos netos más importantes de emisiones entre países

Figura 5: Los 16 flujos netos de emisiones de mayor volumen (IPCC, AR5).

Por otra parte, es interesante observar que la distribución de las emisiones ofrece un dibujo muy distinto si consideramos como la producción o el consumo como fuente de emisiones (figura 6). El ranking de los países también cambia según midamos las emisiones totales, per capita o por output, que se conoce como carbon intensity (figura 7).

Figura 6: Emisiones según la producción o el consumo (IPCC, AR5).

Figura 7: Emisiones totales, per cápita y por output (World Resource Institute)

Los economistas del cambio climático coinciden en la seriedad del tema y la necesidad de un enfoque global. Hay diferencias de opinión en relación a la urgencia y, en particular, a la política adecuada de mitigación, es decir cuánto se han de reducir las emisiones y cuándo se han de producir estas reducciones. Esta discrepancia de opiniones se debe a la tasa de descuento temporal utilizada, la medición del bienestar y la valoración de los costes asociados a distintos aumentos de la temperatura.

Quizás en otra ocasión me anime a escribir sobre la tasa de descuento temporal o la ubicuidad del utilitarismo en los modelos económicos del cambio climático (temas sobre los que he escrito junto a John Roemer y Joaquim Silvestre en varios artículos [aquí] y [aquí], y en nuestro libro Sustainability for a Warming Planet). Pero hoy quiero hablar del preocupante desacuerdo entre, por una parte, los científicos del cambio climático y, por otra, los economistas del cambio climático en relación a los costes asociados a distintos aumentos en la temperatura, un tema que ha aparecido en varios artículos recientemente, de los que quisiera destacar dos  de ellos: The Economics of Climate Change de Geofrey Heal en el Journal of Economic Literature 2017; y Quantifying the economic risks of climate change de Diaz and Moore en Nature Climate Change 2017.

Mientras que los científicos consideran que aumentos de 3oC serían devastadores y producirían enormes costes para la sociedad, los economistas utilizan  en sus modelos integrados (IAMs) funciones de daños (damage cost functions) en las que un aumento de tres grados reduciría el PIB mundial en torno a un 2%, un efecto inferior a la última crisis financiera. Como se puede ver en la Figura 8, no es hasta aumentos de la temperatura superiores a 5-6oC que el cambio climático comienza a tener efectos apreciables sobre la economía mundial. Mientras que para los científicos del clima, un aumento de 6oC tendría consecuencias catastróficas con subidas del nivel del mar que amenazarían las principales ciudades del mundo (incluyendo Londres, New York, Shanghái, Tokio and Hong Kong),  migraciones de la población a gran escala y una alta probabilidad de alcanzar puntos de inflexión que alterarían cualitativamente el clima en la tierra, como son la ruptura de los procesos monzónicos, la pérdida del permafrost o el cambio en la circulación de las corrientes marinas, entre otros (Lento et al. 2007).

Figura 8: Funciones de daños de los tres principales IAMs (Diaz and Moore 2017).

Es muy probable que tanto los economistas como los científicos del clima estén equivocados, pero si tuviese que elegir, me uniría a Heal, Diaz y Moore en apostar que la infravaloración de los costes del cambio climático por los economistas es mucho más grave. Hay tres argumentos que apoyan esta postura. Primero, hace sólo un par de décadas que los economistas han empezado a cuantificar estos costes sistemáticamente. Además, en los últimos años, cuando esta cuantificación se ha convertido en una actividad más usual, las nuevas estimaciones siempre resultan en revisiones al alza. Segundo, las estimaciones no incluyen muchos de los aspectos asociados a cambios en la temperatura, como la pérdida de biodiversidad o los conflictos sociales derivados de migraciones masivas, y no incorporan los avances en la literatura científica sobre los impactos, la costes de adaptación y las vulnerabilidades asociados al cambio climático (éste es el punto de Diaz and Moore). Y tercero, cuando el bienestar viene medido exclusivamente por el consumo, como es predominante en los IAMs utilizados por los economistas, los costes de aumentos en la temperatura sólo afectan al bienestar mediante la reducción de la producción, por ejemplo como consecuencia de la disminución en la productividad del trabajo por la mayor frecuencia de olas de calor.

El problema es grave por dos motivos. Por una parte, estos modelos y sus funciones de daños se utilizan para la estimación del coste social del carbono (SCC), que a su vez es ampliamente utilizado en el diseño de políticas y análisis coste-beneficios por las administraciones públicas. Por otro lado, de cara a la elección de sendas de emisiones óptimas, es muy posible que no podamos tener estimaciones fiables de estos costes con la antelación necesaria, entre otras cosas porque el clima no ha variado lo suficiente durante la existencia de la humanidad. Quizás la economía del cambio climático debería aceptar la falsa precisión de las funciones de daños y adoptar sendas de emisiones factibles que resulten en aumentos de temperatura dentro de límites aceptables, y centrarse en los aspectos redistributivos, intra- e inter-generacionales, y en el diseño de mecanismos e instituciones que permitan reducir las emisiones de la manera más eficiente. Ah, y por supuesto, de cómo conseguir acuerdos internacionales que funcionen. Sobre esto ya ha escrito Antonio Cabrales en este blog [aquí].