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Quid Pro Quo: tú me ayudas, yo lucho

El continuado aumento de la desigualdad en décadas recientes ha despertado un intenso interés entre los economistas y el público en general por entender los determinantes de la distribución de la renta. El estudio de la evolución histórica de los niveles de desigualdad nos ofrece información valiosa sobre las causas de esta tendencia. En este blog, Fran Beltrán ha escrito sobre esta línea de investigación ya en varias ocasiones (por ejemplo aquí y aquí). Hoy quisiera fijarme en uno de los factores que han destacado autores como Thomas Piketty o Walter Scheidel (aquí reseñado) como determinante de la desigualdad: la guerra. Según sus argumentos, los conflictos armados causan una compresión en la distribución de la renta debido a a) la destrucción de capital físico, que suele estar en posesión de los estratos mas ricos; y b) el aumento de impuestos, ya sea para financiar el esfuerzo bélico (como nos contó David aquí) o como contraprestación por el esfuerzo en combate de las clases bajas. Sobre esto último vengo a hablarles hoy.

Abro antes un paréntesis egocéntrico para mencionar que, en opinión de este humilde comentarista, en estos argumentos pesa demasiado la experiencia de las dos guerras mundiales, que además de ser más destructivas que casi ninguna otra anterior (les rivalizaría la Rebelión de Taiping), fueron guerras de masas; en algunos casos, como en Reino Unido durante la I Guerra Mundial, hasta el 10% de la población fue llamada a filas. Es posible encontrar ejemplos históricos de otros conflictos que tuvieron el efecto opuesto, es decir, el de aumentar las disparidades en la distribución de la renta. Dejaré de lado esta cuestión hasta una futura entrega porque sí que es cierto que solo disponemos de datos fiables y continuados sobre desigualdad desde principios del siglo XX y que es a partir de entonces donde podemos estudiar mejor la relación entre guerra y distribución de la renta.

Para entender que las personas elijan luchar por su país debemos entender qué puede motivarlas a optar por semejante riesgo. Una de las razones es el patriotismo. En un artículo de próxima aparición en el Journal of the European Economic Association, Philippe Aghion, Xavier Jaravel, Torsten Persson, y Dorothée Rouzet muestran que los países europeos expuestos a amenazas militares externas realizaron programas masivos de escolarización en educación primaria, programas que suministraban valores patrióticos y reforzaban la identidad nacional de las nuevas generaciones con el objetivo de mejorar el desempeño en el campo de batalla de estos futuros soldados. Cuando este mecanismo no funcionaba o no era factible, las clases bajas no mostraban entusiasmo por dejarse la vida combatiendo por su país. Famoso es el caso de la Semana Trágica de Barcelona en 1909, cuando las madres y esposas de los soldados llamados a embarcarse para luchar en Marruecos protestaron al grito de “¡Que vayan los ricos!”. En casos como este, las elites se veían obligadas a elegir entre la represión o un aumento de impuestos sobre ellas mismas para satisfacer las demandas de justicia redistributiva.

En un fascinante artículo, Kenneth Scheve y David Stasavage exploraron de forma empírica esta idea. Estudiaron el efecto de la movilización militar masiva sobre el impuesto de herencias en una muestra de países occidentales entre 1816 y el 2000. Además de la disponibilidad de datos, esta forma impositiva es especialmente útil para estudiar el impacto de la guerra en la desigualdad por varios motivos. Primero, porque la carga de todo esfuerzo bélico cae desproporcionadamente sobre los jóvenes, por lo que es natural que se reclame una subida del impuesto sobre sucesiones en justa contrapartida. Esta subida también puede considerarse justa porque las personas más ricas y de mayor edad tienden a poseer inversiones en empresas que se benefician del conflicto (armamentísticas, de automoción, etc.). Por último, no es necesario un impuesto progresivo para financiar un conflicto, con lo que se minimiza la posible influencia de la otra explicación para un aumento de la redistribución asociado a la guerra; de hecho, los monarcas absolutistas emplearon impuestos regresivos casi en exclusiva para sufragar sus aventuras militares.

Los resultados de este trabajo se resumen muy bien en el siguiente gráfico, que nos muestra la evolución histórica del tipo máximo del impuesto de sucesiones en Gran Bretaña y Holanda, dos países que partían de niveles de imposición muy similares pero que experimentaron cambios muy diferentes en el impuesto durante el siglo XX. La movilización militar en el primero, como ya hemos indicado, fue enorme durante las dos conflagraciones mundiales, mientras que en el segundo fue muy limitada.

¿Pero son incompatibles estos dos mecanismos? ¿Es el patriotismo incompatible con los incentivos económicos a la hora de motivar a la población para que combata? Bruno Caprettini, Fabio Schmidt-Fischbach y Hans-Joachim Voth acaban de publicar un trabajo que establece una clara causalidad entre el estado del bienestar y el esfuerzo militar de un país en una guerra moderna. Para ello se centran en el “New Deal”, que hizo aumentar de forma espectacular el gasto social en Estados Unidos a partir de 1933, y en concreto en las ayudas gubernamentales a los granjeros y agricultores afectados por las severas sequias, conocidas como el Dust Bowl, que afectaron al Medio Oeste norteamericano entre 1934 y 1940. Lo que encuentran estos autores es que el esfuerzo ciudadano durante la II Guerra Mundial fue mayor en aquellas áreas donde las ayudas estatales fueron más generosas como consecuencia de las sequias. Para ello utilizan tres medidas: La compra de bonos de guerra, las tasas de soldados voluntarios (la conscripción no se implementó hasta finales de 1942), y el número de medallas militares por cada 1000 soldados. Los resultados para cada una de estas variables se resumen en la siguiente figura.

El lector o lectora puede argumentar que es posible que el deterioro en la economía de las regiones afectadas por la sequía hizo que enrolarse en el ejercito resultara más atractivo para los jóvenes residentes en ellas. Sin embargo, eso no explicaría por qué la compra de bonos fue también mayor en esas áreas. Como prueba de robustez, los autores también muestran que la incidencia de sequias -por supuesto exógena- anteriores a 1933, y por tanto anteriores al programa de ayudas, no predice la intensidad de apoyo al esfuerzo bélico, mientras que la incidencia del Dust Bowl sí lo hacen. En resumen, los resultados parecen demostrar que la reciprocidad funciona a la hora de convencer a los ciudadanos para que luchen por su país.

No puedo irme sin volver al hablar sobre el impuesto de herencias y sucesiones en estos tiempos de tan candente debate sobre si debe aumentarse o abolirse del todo. No puedo evitar pensar que la marcada y reciente tendencia descendente de este impuesto a nivel internacional se debe a que ya no luchamos guerras de masas, sino conflictos que se libran en los cielos mediante drones pilotados a distancia. Cuando la guerra se hace intensiva en capital, ya no es necesario convencer a nadie para que luche. Pero sobre cambios en la tecnología militar y la desigualdad prometo hablarles otro día.