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Las mujeres en la investigación económica


Hace unas semanas tuve la fortuna de ser invitado a la quinta edición del workshop Political Economy: Theory Meets Empirics, que esta vez tuvo lugar en el King’s College London. El tema al que estaba dedicada la reunión de este año era el estudio del género y la heterogeneidad. El encuentro fue un éxito además de resultar inusual: dos tercios de los ponentes y los participantes eran mujeres. Algo probable por el tema tratado, pero inusual en la profesión y no siempre garantizado.

Y es que, como sabrán, la situación de la mujer dentro de la economía académica es lamentable. Mientras que en otras disciplinas tan estereotipadamente masculinas como la física o las matemáticas se han hecho grandes progresos en las dos últimas décadas en lo referente en la participación femenina, la mejora en economía ha sido ínfima. Las razones son complejas y van desde el enfoque con el que se presenta la ciencia económica en la enseñanza secundaria (Javier Ferri nos habló de ello en esta y esta entrada) a las prácticas cotidianas de los economistas académicos en seminarios, docencia, supervisión de doctorandos, procesos de contratación y evaluación por pares. Sea como fuere, el resultado es una severa y persistente infrarrepresentación de la mujer en la profesión. Por ejemplo, solo el 17% de los catedráticos en Reino Unido son mujeres (la cifra es similar en España), exactamente el mismo porcentaje de mujeres que participaron en el primer congreso de la Royal Economic Society… ¡en 1890!

Por eso, entre los artículos presentados en el encuentro, quisiera hablarles hoy de dos que analizaron la situación de las investigadoras en economía y que me parecieron extremadamente interesantes. Juntos, estos trabajos nos ofrecen un buen retrato, no solo de cómo se encuentra la profesión en cuestiones de género, sino también de las tendencias al respecto que por seguro existen en otros ámbitos profesionales que impliquen capacidad de sacrificio, evaluación constante, networking y trabajo en equipo.

El primero fue un trabajo presentado por Anja Prummer y coautorado con Lorenzo Ductor y Sanjeev Goyal titulado “Gender and collaboration in economic research”. Utilizando todos los artículos indexados en EconLit, la mayor base de datos sobre publicaciones científicas en el ámbito de la economía, desde 1970 a 2011, los autores estudian la evolución en la proporción de mujeres que publican en la disciplina, así como las características de sus redes de coautoría. Su primera observación es un aumento en la fracción de mujeres economistas (al menos las activas en investigación), del 8% al 30%. Este fenómeno se ha visto acompañado de una reducción en el diferencial de producción (número de artículos publicados por investigador), aunque sólo hasta 1990. Desde entonces, el diferencial no se ha movido, incluso controlando por la experiencia de los investigadores y sus campos de investigación (que pueden tener un impacto al albergar más o menos mujeres).

Para entender este fenómeno, los autores estudian las redes de colaboradores de los economistas. La investigación puede ser un trabajo muy solitario. Eso no es bueno, no solo porque es mucho menos divertido, sino también porque se tiene menos acceso a ideas nuevas y no se disfruta de la sana disciplina -tanto intelectual como organizativa- que impone el trabajar con colegas de profesión, especialmente de forma repetida, lo que hace que los incentivos a no defraudar a tus coautores aumenten.

Sin embargo, los resultados muestran que las mujeres tienden a tejer redes de coautoría más reducidas y menos variadas, pero también más estrechas, que las de sus colegas hombres. Eso explicaría el menor output per cápita de las investigadoras. Además, las diferencias de género en las características de estas redes no se han reducido, sino que se han ampliado a pesar del mencionado aumento de la proporción de mujeres en la profesión. La pregunta es por qué. La explicación más convincente, según el trabajo, no son la discriminación ni la homofilia, sino las diferencias en actitudes hacia el riesgo producidas por las diferentes recompensas que hombres y mujeres reciben por un mismo desempeño. Por ejemplo, un trabajo de Heather Sarson muestra que los artículos coautorados perjudican las posibilidades de promoción de las académicas, pero no de los académicos hombres. Si eso es así, escribir un trabajo coautorado es una opción más arriesgada para una mujer que para un hombre. Eso explicaría por qué se observa que las mujeres tienden a colaborar con investigadores más mayores y experimentados y además a repetir con ellos en vez de buscar coautores nuevos. Esa diferente actitud hacia el riesgo también explica que los hombres estén en las colas de la distribución de output.

El segundo artículo del que les quiero hablar, titulado “Are the Referees and Editors in Economics Gender Neutral?", fue presentado por Patricia Funk e incluye como autores a Nagore Iriberri, David Card y Stefano DellaVigna. El estudio profundiza desde una perspectiva de género el reciente análisis realizado por estos dos últimos economistas sobre las decisiones editoriales de cuatro revistas académicas muy importantes (Journal of the European Economic Association, Quarterly Journal of Economics, Review of Economic Studies y Review of Economics and Statistics). Como es aun preliminar, disculparán que solo les esboce las conclusiones de este interesante estudio que mezcla el análisis econométrico con una encuesta realizada a un importante grupo de economistas. El primer resultado concierne a la distribución de artículos según el género de los coautores y las tasas de aceptación de los mismos según el género de quienes los evalúan. Las noticias son, en apariencia, buenas: controlando por el campo de estudio y otros factores, no existen diferencias de género significativas ni en la asignación de trabajos ni en la “dureza” de los evaluadores. Eso sin embargo no concuerda con las expectativas de los encuestados, que estimaron que las mujeres evaluadoras aceptan entre un 30 y un 40% de los artículos que reciben, cuando en realidad, tanto hombres como mujeres aceptan menos del 10% (en cambio, la estimación para los hombres sí era acertada). El dato causó un comprensible y notable revuelo entre las asistentes al workshop.

Pero el resultado más llamativo fue que existe una diferencia estadísticamente significativa entre el número de citas que reciben los artículos publicados por mujeres y los publicados por hombres. Los primeros reciben más, lo que indicaría una mayor calidad; como mínimo una mayor influencia en la profesión. Pero recuerden que los trabajos producidos por mujeres son aceptados en las mismas tasas que los producidos por hombres. Estas observaciones sugieren que los estándares a los que se enfrentan las mujeres a la hora de publicar en economía son más altos, algo que consiguen compensar escribiendo artículos de mayor calidad. Desgraciadamente, este resultado va en la misma dirección que el trabajo de Erin Hengel que observa que los artículos producidos por mujeres superan a los de los hombres en claridad y facilidad de lectura. Esta mayor exigencia explicaría también el menor output de las investigadoras: Necesitan más tiempo y más trabajo para pulir sus artículos y que estos disfruten de la misma probabilidad de aceptación que los de sus colegas.

Como economista hombre, creo que mi deber es llamar la atención sobre algo que debería ser evidente para todo aquel que tenga ojos en la cara: nuestra profesión no es amable con las mujeres. Ojalá no tenga que volver a escuchar más preguntas impertinentes en seminarios y conferencias, de esas que ponen en duda la integridad del investigador, y que casi siempre están dirigidas a mujeres. Ojalá no tenga que encontrarme con más estudiantes de doctorado reducidas a un paño de lágrimas por la agresividad de un director cafre. Ojalá no tenga que escuchar nunca más que el artículo de tal o cual investigadora es bueno solo porque su coautor famoso fue quien tuvo la idea genial o hizo todo el trabajo. Desgraciadamente, no puedo tirar la primera piedra porque yo también he pecado. Pero son estas actitudes cotidianas las que agregadas día a día, desprecio a desprecio, generan los resultados descritos en los artículos que les he comentado. En nuestras manos está, colegas economistas, terminar con ellas y avanzar hacia una autentica igualdad de oportunidades en nuestra profesión.